Por Rodrigo Durana

Martes por la tarde, me preparaba para empezar mi clase después de haber pasado lista, coloqué el proyector, apareció la primera diapositiva y empecé con la introducción de la clase; de pronto se escuchó un fuerte portazo, se trataba de la señorita directora y su par de esclavas, entró cruzando la parte de adelante del salón, no me saludó, se colocó frente al grupo y con una enorme sonrisa dijo: “Buenas tardes, alumnos, ¿cómo están?”, y los borregos: “¡Bieeeen!”.

—El motivo de mi visita es el siguiente: Resulta que en la escuela ha ocurrido una serie de incidentes que no me tienen muy contenta que digamos. Como sabrán, tenemos en la planta docente a gente muy preparada que son un orgullo no sólo para la facultad, sino para todo el gremio docente del estado. Sin embargo hay un grupo de profesores “barco” que seguramente no enseñan nada, que se la pasan huevoneando y al final pasan a todo el grupo con nueves y dieces… Ese es el caso de usted con el grupo de primer semestre y seguramente también con este grupo, profesor.

Volteó a mí, me miraba con ojos de rabia y odio, sentí que el jabalí movía la pata delantera como toro de lidia a punto de atacar, la pierna comenzó a temblarme, quise decir algo pero no pude siquiera balbucear.

—No digas nada, ¿crees que no sé quién anda pendejeando en esta escuela? ¿Crees que no sé que eres un huevón que sólo pone diapositivas y no da clase, y que seguro las bajas de internet?

Los alumnos me miraban y la miraban a ella, había silencio absoluto, pensé que tal vez ella ya sabía lo de Rocío y que en cualquier momento me lo espetaría en la cara, pensé que en cualquier momento escupiría el veneno de serpiente de Satanás o sacaría un sable de su espalda y me cortaría los testículos, pensé que me quería suicidar, pensé en arrodillarme, en ofrecer disculpas, no podía decir que todo un salón me había chantajeado, no podía decirle que Rocío era una hija de puta que me había arrancado el corazón, la dignidad y unos cuantos besos; pensé en las nalgas redondas de Rocío, en sus labios, en la curva que se hacía en su cintura en su cabello sobre mi rostro, en mi mano rodeando sus nalgas, en sus pezones pequeños y fríos, girl girl, girl, you gonna set me on fire, y sonreí. Cuando reaccioneé la señorita directora estaba viendo mi entrepierna y la enorme erección de carpa de circo que tenía bajo el pantalón, luego me miró y completamente desconcertada salió del salón. Apagué la luz, aunque ya no me quedara ni un sólo gramo de dignidad, no quería ver la cara de ningún alumno, y comencé a dar mi clase en Power Point.

Al otro día me levanté temprano, freí un par de huevos, me bañé espléndidamente, me puse una camisa limpia y los calcetines nuevos que me habían regalado en navidad. No quise ver si mi vocho encendía, tomé el transporte público rumbo a la escuela; había olvidado mis lentes en casa pero no importaba, me sujetaba del tubo, escuchaba el radio del microbús, una muchacha, nada fea, pasó junto a mí y me sonrió, mi corazón latió más de lo usual, tenía mucho tiempo que nadie me sonreía, un niño me jaló de la manga y me dio una pluma, “se le cayó”, le agradecí y puse la pluma nuevamente en mi mochila. Una viejita sentada junto a mí, me miraba y sonreía, como si yo le recordara a su nieto, a su sobrino, a algún vecino que se la cogió en su juventud o qué sé yo; el cielo era azul y una pequeña nube blanca con forma de corazón lo matizaba.

En el radio comenzaron los acordes de una canción que me parecía conocida, la guitarra, entró por mis oídos y me recorrió todo el cuerpo hasta las uñas de los pies, luego la armónica inflamó mi cerebro casi hasta estallar, después la voz del cantante; se trataba del grupo Maná: Cómo quisiera poder vivir sin aire… Pensé en las nalgas de Rocío. Me encantaría quererte un poco menos. Pensé en mi perrita Barbie temblando en mis brazos, en los policías de Chilpochula, pensé en las redes sociales, en Nirvana, en Tarantino, en el señor supervisor de la SEP. Pero no puedo, siento que muero, me estoy ahogando sin tu amor. Pensé en la oración: “Elvis sólo tiene valor histórico, pero nada más”. Una enorme corriente eléctrica me sacudió por completo. Cómo quisiera poder vivir sin agua. De pronto el universo que giraba alrededor mío se detuvo. Me encantaría lanzarte al olvido. Volteé y la viejita sentada a mi lado continuaba mirándome y sonreía. Una fuerza desconocida provino desde mi interior hasta mi puño, que con todo rigor chocaba contra el rostro de la anciana decrépita sumiéndose en su quijada, luego tomé en mis manos los pocos cabellos que le quedaban y los jalé con toda la fuerza de mi ser, estrellando su cara una y otra vez contra el tubo, mi mente se enfocó en la música; fuera de mi rango visual, como en borroso veía gente indignada, abrían sus bocas como si gritaran, pero yo no los escuchaba, Cómo quisiera poder vivir sin ti. Bajé del autobús y comencé a correr por la avenida, sin parar, me sentía libre, lleno de energía, era Rocky Balboa después de madrear al ruso en plena Unión Soviética, corría mientras mis lágrimas se fundían en mi sonrisa, era libre, corría, era feliz.


*Fragmento de la novela corta Buenas tardes, señorita…, agradecemos a la editorial Nitro/Press por todas las facilidades para su publicación.


Rodrigo Durana es profesor de la Escuela de Cine y de la Preparatoria Emiliano Zapata, ambas de la BUAP. Tiene publicados los libros de cuentos: El Güevo, oclusión ultracostumbrista (2007), El calzón de Margarita (2008) y de teatro: El Planeta de los Simios no es de Kubrick (2011). Aunque es director del grupo de teatro El Pez, es pésimo bailarín y conduce el programa de radio Ay, Guajo en Radio Buap.