Por Octavio Escalante

Los casinos tienen algo de circo y de palacio y te hacen sentir otro desde que entras en ellos. El olor de la alfombra, el griterío de las máquinas y el ajetreo de los clientes, las luces en el techo o las chicas cargando la charola llena de tragos, refrescos y café, con la fatiga en sus sonrisas relampagueantes, son un narcótico que al menos yo no encuentro sólo en apostar. La droga es la plancha donde se sustenta toda la idea de casino. Y como en las drogas, uno se adentra y se siente señor de su propio trance cuando todo está fresco y aún no le debes nada al mundo, porque acabas de despertar a una nueva incubadora.

He ido al casino, por lo general a acompañar a mi madre (que está hundida en el juego y el tabaco) y me he dado cuenta que hay una exégesis de las máquinas tragamonedas. Uno no puede sentarse frente a ellas sin terminar haciendo esta exégesis. Esa partícula divina que los hombres llevamos en nosotros y que históricamente ha degenerado en una superstición institucional, surge en el casino en una de sus formas más necias y chuscas. En la máquina de los dragones habrá alguien, muchos, que comiencen a idolatrar el sombrero del emperador, las campanas doradas o el yin yang de fuego. Nada por lo que se pueda culpar a una persona que está jugando parte de su quincena, o toda. Uno puede ver (porque ver también emociona en el casino) a los clientes tallando con sus dedos el cristal flexible de las máquinas, mientras recitan un mantra diverso, que va desde la invocación de ese sombrero de emperador, hasta la maldición del mismo como una suerte de nigromancia torcida, o el golpe de rabia porque las combinaciones no les favorecen, o la caricia enamorada y el chiqueo que deseamos de nuestras parejas.

Nunca faltará quien se acerque al jugador primerizo para aconsejarle sobre el temperamento de las tragamonedas. Se escucha con frecuencia que una máquina ya no dará esta tarde, o que te dará en un principio porque eres principiante y sólo de esa manera podrá engancharte, aplastarte en su mecanismo de emociones y colores, breves músicas pegajosas y la esperanza de ganarlo todo. Otros piensan que han encontrado una receta infalible para no perder, pero estos sujetos están tan metidos en ese ambiente que no pueden ver lo inocente de sus afirmaciones. Tiemblan como ancianos (algunos lo son) porque la fiebre de los nervios o el exceso de cocaína y café les está gritando que salgan de ahí, que no pueden aguantar mucho más con el culo aplastado en esas cómodas sillas, y que por más que jueguen ya no recuperarán lo que han perdido las ocho horas o los ocho meses anteriores.

Estos sujetos varían mucho de aspecto. Son todos o casi todos los sujetos imaginables. Algunos de ellos han adoptado la apariencia de aquellos otros a los que en un principio vieron con lástima. Pero el tiempo. Han sobrevivido tristemente a los sacudimientos de las tazas de café. Puedes identificar a un jugador enfermo cuando lo ves temblar frente a una máquina, pero aun más cuando nunca retira su dinero. Esta clase de jugadores cuelga entre la máquina y su mente una cortina de falacia: la falacia de estar ahí por las ganancias. Quieren jugar. Jugar en el casino, con los villanos que se colocan detrás de ellos para darles consejos acerca de cómo actuar ante los pareceres y el ánimo de los robots de la suerte.

Algunas liturgias obligan a los jugadores a levantarse y caminar un poco por la alfombra. Quizá suban por la escalera del palacio hacia el segundo piso, donde otra manada de personas se reúne frente a las mesas. Pero este repentino paseo por la sala del bingo puede ser mero engaño. Si el jugador está enganchado con las tragamonedas no dejará de pensar en la máquina que le ha ganado un duelo, no sólo dinero. Se entiende que en el casino se les adjudica personalidad a las máquinas, incluso caprichos, simpatías, exigencias y momentáneas generosidades. Este cliente está al tanto de eso y pretende engañarla, hacerla creer que se ha distraído de ella, pero volverá pronto, en menos de una hora, para invocar a los sombreros del emperador y los yin yang de fuego que le harán obtener toda la gloria para siempre.

Mientras mi madre se fuma el cigarrillo número veintidós yo mismo subo por la escalera palaciega que me conduce a la cámara de los papeles y las esferas numeradas. Me siento junto a una señora que tiene aspecto de muñeca vieja, ostentando su digna elegancia que ha pasado de moda. Cuando habla percibo una obscenidad en su tono pero no alcanzo a localizarla en sus palabras. Concluyo que es toda ella la que me provoca esa sensación y me alegra tenerla junto a mí. Roto el hielo después de unos minutos, puedo identificar también en su voz la obscenidad y la gracia que emana de su acento, definido por un tono nasal de gordura. Me dice que el casino es un puterío. Que voltee disimuladamente hacia la esquina izquierda noroeste de la sala y vea a la señora del pelo blanco platicando con el hombre de cuarenta. “Es su novio”, me comenta. “Y la esposa de él está de acuerdo”. Me empiezan a emocionar los cuchillazos con los que habla del casino. Lejos de dramatizarlos me provocan risa. En esos quince minutos me he enterado de seis relaciones, ambigüedades entre concubinatos y besuqueos periódicos. “Hay de todo”, me dice. “Y pagamos bien. Hay de todo. No es difícil imaginar que si no estuviera tan llena la sala más de una persona estaría encima de otra”. Aunque es una atmósfera general, el salir con alguien del casino no es tan sencillo. Debes de andar con cuidado, disimular. Pero, ¿cómo voy a poder disimular con personas como esta señora, que tiene el ojo filoso y no sale de aquí? Además, ¿qué capacidades de observación pueden provocar estos lugares, habilidades desconocidas para mí pero ya muy bien desarrolladas en los clientes, en esta doña, por ejemplo? ¿En qué se convertirá un pequeño desliz después de ser transformado con gozo por media docena de estas narradoras?

El negocio de las parejas clandestinas es apenas una cara del prisma. Por ese momento, después de la alegría de escuchar a la señora, me recargué más cómodamente en la silla y compré dos boletos del bingo. Ella había comprado diez y junto a ellos estaban otros diez, ya inservibles, pintarrajeados con la pluma. Yo soy un jugador que no invierte a ese nivel. Aunque las posibilidades de éxito aumenten comprando más boletos, prefiero mantener esa versión del bingo en que ganar es cuestión de buena suerte, de aura. Me emociona ver la cara y escuchar los gritos de los ganadores y de esos otros clientes que han estado a punto de llenar todas las casillas y de pronto les dejan caer un caldo de restos humanos en la cabeza.

Después de otros dos juegos salí de esa sala y me moví de nuevo cerca de mi madre, que llevaba no sé qué número de cigarro a su boca con una actitud que me hacía pensar que no iba tan mal con la máquina de los dragones. Pero esto importa poco en mi madre, porque pertenece a la clase de jugadores que actúan como si estuvieran ahí por las ganancias, y están por una perversión privada que los enamora y hiere a la vez. Se sienta y, después de acomodarse bien, encaja la tarjeta en la ranura y golpea los amplios botones de plástico que echan luces y hacen mover las imágenes. La máquina de los dragones, como muchas otras, simula una fiesta con tanta tonada fácil y fuegos.

Casino

Ilustración: Luis Enrique Anguiano “Jiki”

Sólo con asomarte a las superficies del casino ves sapos flotando sobre grandes hojas, empachados de tanto jugar. Pero el misterio de los pantanos radica en su agua sucia, que esconde a cocodrilos, renacuajos, lombrices y otros muchos pequeños monstruos que nadan por debajo. Con el tiempo he conocido especuladores, dealers, flacos usureros que cobran intereses imperdonables y a los que les va tan bien, rodeados de jugadores desesperados que apostarían puestas de sol y carruseles. Uno de ellos, de aspecto muy limpio y perfumado, me dice que ha comprado autos en el casino por menos de la mitad de su precio, a manera de empeño. “Hacemos tratos basados en el dinero y en el reloj”, decía. “Si son las 12 del día y alguien me empeña su camioneta, mañana a las 6 de la tarde tiene que pagarme o la pierde. Así me he hecho de muchos autos, que casi en la misma semana vendo. Pero no te recomiendo que vengas muy seguido. Yo he perdido más que dinero aquí”. Pensé que su advertencia era una soberbia de viejo lobo, un consejo que no se pide… pero noté en su cara un gesto de sincero dolor, que reflejaba las nalgas frondosas y comestibles de su ex esposa ojos de gato, las mejillas inocentes y la sonrisa de sus dos hijas, flores amarillas caminando por la cocina, y un perro fiel amarrado a la cadena del pasado dichoso.

Inmediatamente después de hablar con este tipo, que llevaba una camisa polo muy bien cuidada y rosa, otro sujeto se acerca a mí cuando me quedo solo y me dice: “No le hagas caso. Éste es una lacra aquí. Es licenciado. Pero es un licenciado corrupto. Mira con la gente que se junta”. Volteé y miré que el licenciado estaba charlando con dos tipos que eran el molde de con quien yo hablaba ahora. Fui al baño pensando en qué significaba la palabra licenciado para este sujeto. Oriné y me vi la cara en el espejo. Me eché agua. Pensé en todas las ocasiones y todos los diálogos y aventuras que pudo haber tenido mi madre con estos hombres, que por otra parte no eran nada excepcionales, eran idénticos a ti y a mí sólo que en ese momento estaban en el casino y dentro del casino uno puede darse el lujo de ser un estafador sin clase e intentar hacer reír a una mujer con sonrisa tan linda como la sonrisa de mi madre.

Viendo los periódicos recientemente he encontrado caras conocidas. Matones, consumidores de veneno para ratas y prostitutas que denigran la profesión. Caras familiares del casino, gente que se llena la boca con la palabra sicario pero que no son más que la extensión pútrida de un brazo que no conocen. No he temblado de miedo al verlos porque los he visto durante años en la calle, bebiendo, bisneando y vagando. Pero nunca los había visto en el periódico por un crimen. Nunca pasaban de robar maquillaje en el DAX o cobre en la colonia Indeco. ¿A qué va esto último? Bueno, no lo sé. Pero tal vez sea importante mencionarlo, de alguna manera que no logro encajar, cuando pienso en las glamorosas orillas doradas de las mesas, en las figuras impresas en las alfombras, en los olores y las bolsas de mano que cargan estas mujeres que entran al casino, incluyendo a mi madre, y las que me provocan un gusto genital por el sólo hecho de que están dentro, atravesadas por la malicia, viejas o jóvenes, mezclándose con todos los demás como en un gran pozole cultural, sin importarles cuántos tanques de gas se ha robado el que está detrás de ellas viéndolas golpear los botones y sacándoles sonrisas, conviviendo todos como dentro de un gran albergue en el que no importa qué técnicas utilices, siempre olerás los pedos de los demás y la peste a patas, pero no te provocarán náuseas dentro del casino, porque dentro del casino se comparte una misma impaciencia de hormigas en el culo, enfurecidas y con ganas de apostar.

En general la gente decimos muchas cosas, siempre, donde sea. Opiniones de todo tipo. Puntos de vista. Si el vox populi se volteara de dentro hacia fuera y quedaran expuestas en su esplendor las opiniones de la gente, las ganas de vomitar por ese espectáculo serían incontrolables y el mundo apestaría aun más. Cuando le platiqué a mi amigo Javier sobre el hábito adquirido por los casinos, me dijo que el motivo era por falta de orgasmos. Y eso incluía a mi madre y a todo el escuadrón de apostadores, edecanes de la Tecate, diputados, rockeros retirados, jóvenes de 19 años con toda la vida por delante y por detrás, que asisten al casino como antes se asistía al billar. No me convence para nada el argumento de mi amigo. Aunque debo confesar los gritos que he escuchado cuando veo a una señora mayor ganar el bingo y pienso que ojalá, cuando yo me case y tenga hijos y crezcan y se vayan de casa y tengan más hijos y los presuman y hagan fiestas y mi mujer y yo nos veamos a los ojos llenos y satisfechos, quisiera todavía agregarle un plus a esa vida senil, todas las tardes o al menos una vez a la semana, y hacerla gritar como esas señoras que le pegan al bingo y regresan a casa para restregarles las ganancias del vicio a sus parientes.

He escuchado gritos que vienen del fondo del alma humana, gritos que apenas son gritos, gritos fantasmales, gritos de pájaro, de tucán, gritos de alguien que está comiendo un pastel y al mirar a su alrededor se da cuenta que está dentro de una gran boca apestosa, y entonces su propio grito lo despierta en una cama llena de sudor, gritos de alguien que ve al diablo y sólo emite un corto alarido, gritos de quien despierta en una fosa común después de que lo han dado por muerto, gritos de gente que grita con todo el cuerpo, gritos de orgasmos que yo le desearía a todas las mujeres del mundo, a las viejitas, a las reinas, a las indigentes, a mi madre, a mis futuras hijas, a las periodistas, a las adolescentes, a cualquiera que esté siendo televisada en vivo, a las más crueles y frías controladoras del planeta, a todas las policías de todas las calles, a las niñas. A todas. A los hombres también, que confunden los orgasmos con un poco de semen. Porque nadie debería pasar por este mundo sin gritar de esa manera al menos una vez. Esos gritos de la sala del bingo van propagándose por el casino en un murmullo de insectos. Llega a todos los jugadores la noticia del premio acumulado que acaba de descargarse en una eyaculación con signo de pesos. Una persona ha comprado una planilla y ahora está ahí, incrédula y desparramada, flácida como una fruta fresca que de un segundo a otro madura hasta pudrirse de euforia.

Mi madre no ha llegado a esa forma de orgasmo dentro del casino. Al menos no me he dado cuenta de ello. He escuchado sus gritos, sí, pero son preorgásmicos, no gritos de expansión, asombro y libertad sino tensiones anudadas por no ganar el paraíso de los dragones de fuego. Nunca he visto que saque un premio gordo. Aunque a veces lleva gran cantidad de dinero virtual acumulado, sé que no está dispuesta a dejar de jugar por unos billetes. Seguramente lo que necesita es ganar el bingo, si es que es cierta la hipótesis de mi amigo sobre las razones de la ludopatía. Pero no es fácil ganar el bingo. No es fácil nada en el casino. Lo único sencillo en el casino es tener esperanza, aunque el tamaño de tu esperanza se mida en las pantallas o las boletas tachonadas.

Supongo que ahora mismo mi madre está convocando a los espíritus de los dragones y los emperadores Ming para que el destino se acomode a su favor, mientras está sentada y bebe trémulas tazas de café. Yo ya no sé qué hacer. No sé si distraerme espiando a las parejas clandestinas, sacarle plática a los licenciados que me encuentre o sentarme en el comedor a pedir una orden de sopes. Ya no encontraré gracioso lo que me diga la señora de hace rato, sobre otras parejas recién descubiertas, porque estoy asqueado. Y la mirada que pretende ser inteligente de todos estos bribones me es igual de repulsiva que los chistes que le cuentan a mi madre. Los conozco a todos, en sentido figurado. Porque todos tienen la misma expresión en la cara, la expresión de sacrificarte a ti por un poco más de lo que anden buscando ellos. Por eso aparecen en los periódicos de vez en cuando, porque son despiadados, como cualquiera, pero están desprotegidos. Ya has de haber notado que estoy un poco cansado y desorbitado por tanto ruido y luces, falsos lujos hasta el tuétano.

Salgo del casino a tomar un poco de aire y veo la ciudad que se escurre hacia el Malecón, donde el sol la espera antes de irse. Y la ciudad es una piel irritada, granosa. Tal vez nadie lo vea, tal vez nadie esté lleno de asco, tal vez tengo este asco porque no he podido sacar a mi madre del pantano, y porque noto que ha reído mucho hoy con los chistes de estos lagartos que la rodean, pero el mismo ambiente del casino lo veo en esas tiendas, en todos esos templos de tabla roca y corcho. Y de la misma forma veo entrar y salir a la gente deslumbrada por los plásticos pintados de oro y las esperanzas, grandes o pequeñas, de sus plazas. ¿No tenemos otra idea de la buena fortuna? ¿Tiene que venir toda envuelta en celofán o estar rodeada de luces LED? Llega una música trágica –y no es violín ni es furia– desde unas bocinas que hacen bailar al doctor Simi, que muere de calor con una sonrisota de algodón en la cara. Espero que eso sea el último trago amargo del día, pero sé que siempre habrá más y que yo mismo, sin remedio, seré acreedor y proveedor de su espíritu. No es el casino. El casino es sólo uno de los filtros donde se acumula lo espeso del humo de cigarro, un humo que está flotando en el ambiente y yo flotando en él, nadando de muertito.