Por Pedro Méndez Estrada

El gordo que estaba a la puerta de la ferretería vio pasar al Gato, descompuesto, malilla.

—Ai te va una cacharpa pa que me subas este bulto de cemento allí arriba, a la casa azul donde están aplanando.

El Gato calculó el peso del bulto sobre su ahora esquelético cuerpo, menguado por la negra, pero la malilla le dio audacia y confió en su vieja fuerza. Volteó a ver al gordo y clavó en él con sus ojos claros una fría, inexpresiva mirada.

—Una cacharpa no, un billete –dijo como un apostador.

—Ja, ja, ja, ¡pinches jaipos! Ai te va pues y por adela –dijo el gordo bamboleando la panza con sus carcajadas y extendiéndole cincuenta pesos–, ai está pa tu cura y hasta pa una birria… me salistes más caro que una mudanza, pinche Gato.

Luego, volteando a ver a los dependientes de la ferretería, les decía:

—Es un buen perro este cabrón… es un buen perro este cabrón… –y se mesaba la barriga bamboleante.

El Gato clavó sus manos en el bulto de 70 kilogramos y sin pensar lo levantó. Todos sus huesos crujieron y, agachado bajo el peso, alzó los ojos para calcular la distancia de la empinada cuesta empedrada, en la colonia Libertad. Luego fijó su mirada en las botas destartaladas que usaba y fue dando paso tras paso, concentrado, como un profesional…, perilla un dos, un dos, perilla un dos, un dos, perilla un dos, un dos… uno: bota con la punta abierta y los dedos mugrosos asomándose con sus largas uñas ennegrecidas; dos: bota sin agujeta, con la lengüeta vuelta hacia afuera, rota en el lugar del callo del dedo chiquito; uno, uña como negro alfanje; dos: tobillo chorreado; uno, dedos; dos, callo; un, dos, un dos un dos… el sudor hediondo por la heroína humedecía su vieja suera de verde y amarillo envejecidos por el sol y su gastado tramo 501 negro… un dos un dos perilla… por fin, el sudor era refrescante, goteaba en la crecida barba rubia, sus ojos entrecerrados, el eco del gimnasio, fuerza, precisión, rápido Gato, cúbrete, ¡ahora métete!… abrió los ojos cuando las piernas no sintieron ya la resistencia de la cuesta y ahí estaba la mezcla batida, ahí estaba el albañil.

—¿Dónde se lo pongo maistro? –dijo el Gato sin bajar el bulto, con los ojos entrecerrados para evitar que el sudor ardiente cargado de toxinas entrara en ellos.

—Ahí mero bájalo mi güero –dijo el hombre canoso de la escalera moviendo la cabeza al ver el espectáculo de este otro hombre, consumido por la droga, gastando sus escasas fuerzas por unos pesos para la cura–, seguro que ya te lo ganaste –bajó de la escalera dejando la llana en el andamio para darle un puño de monedas con expresión paternal–, que Dios te bendiga mi güero.

De pronto pareció tomar una decisión, se le acercó más y le dijo:

—Ven acá tremendo, déjame orar por ti.

Puso su mano derecha sobre la cabeza sudorosa del Gato quien se mantuvo silencioso, mirando al piso.

—Padre eterno y Dios bueno –dijo el albañil volviendo su rostro al cielo con los ojos cerrados–, estoy delante de ti pero no por mi propia justicia, sino por tu bondad y misericordia, para pedirte por este varón al que tú ya conoces, por este  güero que creaste con amor y a quien le diste un nombre y una familia, un padre y una madre, quizás hermanos e hijos, yo no sé, Padre, tú eres quien lo sabe, como sabes que hoy se encuentra en grande necesidad. Te pido que entres en su corazón, que sanes sus muchas heridas, que restaures su cuerpo y su vida, que lo libres de estas cosas que lo han debilitado y le han hecho menos de lo que es, que le des un nuevo entendimiento de su vida y el propósito por el que tú lo creaste. Ámalo Padre, ámalo mucho, manifiéstate en su vida cada día hasta que él se convenza de ese amor infinito que eres tú. Ámalo y protégelo, Señor, porque muchas cosas terribles están sucediendo en los caminos por los que él transita, permítele cambiar su senda, endereza sus caminos torcidos. Yo te agradezco porque ya estás obrando y te bendigo Padre eterno y Dios bueno.

(…)

Órale, bien por el broder, pensó el Gato enjugando el sudor con las manos, y se fue caminando después de darle las gracias. ¿Cuánto será? Ya traigo como para una cura grande, dos chicas traen menos que una grande y valen lo mismo. Setena y siete pesos, voy con el Jimmy, está más cerca que la Jefa… pero ella me aliviana más… ya qué, me voy hasta allá, al cabo que ya sudé… Mientras caminaba se sintió contento. Era raro. ¿No sería por la oración del broder? Miró al cielo de reojo para ver si notaba algo o veía a alguien, pero no, todo en orden. Siguió caminando.

Una hora más tarde el Gato cruzaba la avenida Internacional entre los autos que a toda velocidad iban y venían de las playas, llevaba su preciada carga hacia el bordo. El temor se había instalado allí desde que aparecieron los primeros cuerpos de indigentes acribillados con letreros que decían Son una vergüenza para Tijuana, no merecen vivir, le están robando el oxígeno a la gente.

Inverosímil. Absolutamente increíble. Quienes lo hacían no los consideraban personas, pero al igual que los deportados, adictos y menesterosos que habitaban en las inmediaciones del bordo eran una masa en el olvido, esos crímenes estaban destinados a ser olvidados, por cuanto se cometían contra gente a la que nadie esperaba o que ya había sido dada por perdida.

(…)

Empezaba a declinar el sol, la sombra de los puentes se alargaba y los pasos peatonales sobre el bordo, bajo las escaleras, semejaban cuevas; de una de ellas se desprendió una figura bien conocida: alto, flaco y desgarbado, con el cabello en desorden y caminando como adolorido, fue directamente hacia el Gato, que bajaba a una de las cloacas y por costumbre barrió con la mirada el entorno antes de entrar, así vio venir al Ronco. Hizo una seña afirmativa con la cabeza para que se acercara y entró en la cloaca, por donde la ciudad descarga aguas negras al río, en su camino al mar.

—No’mbre loco, –dijo el Ronco al llegar, seguro de que iba a rozar de la cura– ya casi nadie le cae por esos cabrones –hizo una pausa y luego preguntó–:¿Qué?

Sin contestar, el Gato se acomodó en cuclillas para testear la negra. Solamente lo miró con expresión entendida y asintió.

(…)

—¿Cómo ves homie? –insistió el Ronco– otra vez peinaron en la mañana y dijeron: Avísenles que ni vengan porque se los va a llevar la verga. ¡Ya se han cargado a un chingo, Gato, tienen todo el mes matando de a puños! Y no son pinches locos, son los putos placas sin uniforme… ya te la sabes… como si no los haiga visto.

El Gato terminó de disolver la heroína en un cacharro que guardaba en una saliente de la cloaca. Mientras preparaba la erre para levantar la sustancia, casi se sentía ya bajo el influjo de la negra. Alzó lo ojos con una sonrisa que embozaba el hirsuto bigote rubio y repitió:

—Ya te la saaabes.

Al Ronco le temblaba todo el cuerpo en espera de que el Gato se curara y le pasara el cuete, pero en el momento en que se acercaba la aguja al brazo se oyeron cerca dos series cuatrapeadas de disparos. El Ronco se asomó, pero el Gato saltó hacia adentro del túnel, hasta el tubo de donde manaba el pestilente venero de aguas negras y allí se quedó quieto, jeringa en ristre.

Se escucharon dos tiros más, después, nada. Ni un murmullo, ningún pájaro, ni pasos ni voces, ni el alocado chillido de las gaviotas que en esa época del año menudean en el río y los basureros, poblando con su grito agudo la tarde y matizándola de melancolía, como llenándolo todo de paz. No. Ahora había un silencio de muerte. Era el silencio de una guerra abusiva e injusta emprendida por un Estado impotente; una guerra en la que sólo había armas de un lado, contra los más débiles, desheredados, una afanosa locura que pretendía ocultar o borrar la realidad de una ciudad enferma y miserable, limpiar la cara de Tijuana usando como medio el terror.

El Ronco no regresó. Afuera, la oscuridad iba llenando el río y encender la laira para encontrarse la vena podía ser un suicidio… qué tal si allí andaban esos cabrones, mejor un cuerazo, poquito, media curita, pero ya. El Gato se inyectó en el brazo, cerca del hombro, “por si se infecta…” así tardaba más en sentir el rash, pero saber que ya tenía carga en el cuerpo le ayudó a tranquilizarse… se quedó dormido.

Cuando despertó, ya destacaba bien clarito la luz de los reflectores de la línea.

—Pinche luz… orita no –dijo y acudieron a su mente recuerdos de las manifestaciones al otro lado que pedían Light in the border, en una tormentosa y reciente época durante la cual el Ku Klux Klan actuaba a través de agentes de la Patrulla Fronteriza en contra de los latinos que cruzaban por Tijuana y toda la línea hasta San Luis Río Colorado, especialmente mexicanos. Locutores de la radio como Metzger daban lectura a mensajes anónimos contra los grasientos y frijoleros amenazando con darles caza como a animales, lo que en verdad hicieron–. ¡Puta madre! –dijo en voz alta el Gato al darse cuenta de ello–: las mismas pinches chingaderas aquí y allá.

No se movió mucho, prendió la laira y se fletó en la vena… vino el ensueño… el dulce ensueño, los brazos de mamá, ahí estaba el rancho, los primos, la pobreza, Tijuana nuevecita y el gym, las luces de la arena, el auditorio, toda la clica, la morena Guadalupe, Lupita, qué te has hecho. Entre la bruma opiácea gozaba sus días de esplendor, cuando había estado tan cerca de los guantes de oro y de la Maguana, en ese entonces también de opulenta historia… así, curado, lo  abrazaba, se le colgaba del cuello, lo besaba… yo daría lo que fuera por un beso de ellaaunque solo uno fueraaunque solo uno fuera.


*Fragmento del libro El beso de la Maguana, novela corta editada por Ediciones Casa Ilus (Tijuana). Agradecemos las facilidades del autor para la publicación de este texto.