Por Cecilia Ramírez Calixto

“Tal vez lo que me diferencia de las demás personas es que siempre demandé más de la puesta de sol. Más colores espectaculares cuando el sol golpea al horizonte. Ese es, tal vez, mi único pecado”. / Joe

Nymphomaniac (Vol. 1),  desde la pasiva secuencia de apertura hasta la inquietante escena final, una metáfora. Regresa Lars von Trier y lo hace burlándose de nuestro sentido del humor tan moralista y paradójicamente de nuestra expectativa perversa por el porno. Lo hace entregándonos un filme lleno de simbolismo y enigmáticos encadenamientos.

Al sonido apabullante de Führe Mich, Seligman (Stellan Skarsgård), el solitario “hombre feliz”, se encuentra con Joe (Charlottle Gainsbourg), mujer atormentada por su eterno sentimiento de culpa y ninfómana confesa. Juntos reconstruirán la historia que la ha llevado a su estado y nos harán recorrer el río por el que ha surcado la fabulosa ninfa.

Joe despierta a la sexualidad en su fase larvaria, mediante juegos sobre el agua y libros de anatomía y fisiología de su papá, con historias sobre la naturaleza en medio del autodescubrimiento de sensaciones placenteras. Más tarde, Jerôme (Shia LaBeouf) será el elegido, la presa que habrá de principiar la sucesión ad infinitum que la acarreará a su condición de ninfómana, suerte propiciada además, por su implacable poder de seducción, cual hija de Zeus.

En esta espiral de Fibonacci, se insertará un elemento esencial para la divina proporción del sexo, el amor. El amor que Joe le profesa a Jerôme representará la unidad que se distancia cada vez que parece alcanzarse y que puede tocarse sólo a través de la perfección y la belleza puesta en la naturaleza, el bosque, los árboles, el fresno, sus ramas y hojas.

Al morir el papá de Joe (Christian Slater), se termina un ciclo cuyo origen pudo haber sido él mismo, de ahí que Joe experimente la aparente pérdida de sentimientos a posteriori. Sin embargo, para lograr la transmutación completa, para concluir con su perenne e insaciable deseo, para romper el capullo y desplegar las alas, se requiere de aquello que ya no posee, el amor como completud de su razón dorada.

¿Cómo logrará la ninfa consumar su metamorfosis? Seguramente esa será una pregunta que se podrá resolver con el Vol. II, solo hasta entonces podremos vislumbrar la totalidad de la metáfora (un todo – por cierto – montado y fragmentado con permiso de su autor),    aunque tal vez no, ya ven como es von Trier.