Por Arturo J. Flores

Llegas sin previo aviso/ apareces por arte de magia/ saboreo el miedo/ me siento atemorizado/ pero sigo alimentando el fuego/ por la noche/ ven a mí/ sabes cómo deseo tu toque de maldad/ por la noche/ por favor libérame/ sabes que deseo tu toque de maldad…

Aunque la letra de Touch of Evil, uno de las canciones más populares de Judas Priest, incluida en el disco Painkiller de 1990, se refiere aparentemente al fenómeno de posesión demoníaca, basta ponerle un poco de atención para descubrir que encierra un significado mucho más profundo:

Arrastrándome con esta sensación de deseo/ posees mi alma hasta hacer mi cuerpo arder/ te estás apoderando de mí…

De acuerdo con lo que Rob Halford, el vocalista y principal escritor de la letra, le dijo a la revista Metal Hammer en una entrevista en 2004, la letra se relaciona más con un asunto de amor que con una cuestión diabólica, aunque de forma metafórica ambas guardan mucho en común.

De lo que no cabe duda, es la poderosa carga erótica que encierra el tema. Independientemente de las preferencias homosexuales de Halford, y el respeto que cualquier inclinación personal merezca, también resulta sencillo descubrir en la lírica del británico un exquisito toque vampírico.

¿Es, o no, en el fondo, el vampirismo el deseo compulsivo y depredador, por absorber la vida del otro? ¿Y es, o no, el acto sexual la expresión más pura de posesión, de invasión y absorción de la vida, el cuerpo y el alma del otro?

El rock and roll, por definición, posee a su vez una personalidad sexual descarada. Es difícil pensar en una banda, una estrella de rock, que no se presente como encarnación viva de lo cachondo.

Desde Led Zeppelin hasta Kiss, pasando por Mötley Crüe, Steve Vai y Muse, porqué no, cada una de esas agrupaciones han expresado, de diferentes maneras, un anhelo carnal para las mujeres, en forma de canciones. Y qué decir de Juliette Lewis, Tarja Turunen o Angela Gossow, de Arch Enemy, lo son para quienes nos gustan las chicas.

A su vez, las hordas de fanáticos que se arremolinan a los pies de los y las músicas en un concierto y encienden con sus gritos una hoguera que parece tragarse al mundo, no son sino vampiros en espera de beber la música, la presencia y la vida del rockstar. Hay quienes lo consiguen: Ian Curtis, Kurt Cobain y Rozz Williams son ejemplos no de vampiros, sino de personajes que fueron “vampirizados”, consumidos por el apetito sin fin de la fama, la fortuna y la vorágine de sensaciones dionisiacas que lleva por sentado el estilo de vida del rock and roll.

En la imagen de una estrella de rock que cometió suicidio encuentro la de una víctima de vampirización, a quien se le ha secado el alma de tanto brindarla a las multitudes. Cobain escribió en su carta póstuma: “Ya hace demasiado tiempo que no me emociono ni escuchando ni creando música, ni tampoco escribiéndola, ni siquiera haciendo Rock and Roll. Me siento increíblemente culpable. Por ejemplo, cuando se apagan las luces antes del concierto y se oyen los gritos del público, a mí no me afectan tal como afectaban a Freddy Mercury, a quien parecía encantarle que el público le amase y adorase. Lo cual admiro y envidio muchísimo. De hecho, no puedo engañar, a ninguno de ustedes. Simplemente no sería justo ni para ustedes ni para mí. Simular que me lo estoy pasando el 100 por ciento bien sería el peor crimen que me pudiese imaginar”.

Y después, se voló la cabeza.

Hablemos ahora de las groupies, personalidades fascinantes que han estado ahí desde la invención misma del rock and roll. Vampiras –que no vampiresas– por elección, depredadoras excelentes que se cuelan, en la ubicua tradición del Conde Drácula hasta cualquier camerino o reducto del backstage, con el objetivo de beberse a su músico favorito hasta las entrañas. No importa con cuántas chicas se haya acostado un guitarrista, al final se trata de la cantidad de vampiras que han absorbido su energía hasta que un día, se cansan de él, lo desechan y se mudan para alimentarse de otro. Entonces el rockstar se queda solo, condenado al olvido. Pocos lo pueden soportar. Se convierten en caricaturas de sí mismos, como Bret Michaels o Vince Neil, quienes de admirables efebos ochenteros pasaron a convertirse en obesos homenajes a la vergüenza.

No es como sostiene Gene Simmons, de Kiss, que se jacta de haber compartido las sábanas con tres mil groupies, sino que más bien, tres mil vampiras se han alimentado de él.

Cynthia Plaster Caster, una famosa groupie de los 60, realizaba moldes de yeso de los penes de célebres rockeros como Jimi Hendrix o Jello Biafra. Era capaz de cualquier cosa para engrosar su colección. Era una voraz mujer vampiro del rock.

De este huracán de ideas brotan los cuentos de mi libro Martini para Suicidas. En sus relatos, se mezcla el erotismo con la música, los Smashing Pumpkins con las felaciones, Motley Crue con las líneas de coca; las depredadoras que, como las Mantis Religiosas, decapitan a sus compañeros después del apareamiento, con las rolas de The Cure. Sexo, drogas y rock and roll, la Divina Trinidad del Olimpo del Exceso, de la mitología rockandrollera que sucede no únicamente sobre el escenario, sino detrás de él, debajo de él y alrededor del él. Sí, hay cuentos de fantasía, de ninfas, de hadas, de princesas corruptas y hasta de fantasmas fabricados con fluidos corporales, pero siempre con la imagen de la depredadora, de la vampira psíquica como constante.

Halford tenía razón: todo aquel que ha visto al demonio en los ojos del ser deseado, no puede resistirse a un toque de maldad.