Por Víctor H. Concilión

Jass it up, boys!

Consabida es la insistencia que tuvo Julio Cortázar por el jazz, la cercanía con este estilo de música fue verdaderamente primordial para comprender ciertos rasgos de su genuina personalidad.

Cortázar removió constantemente las fauces del género. Recordemos su relato El perseguidor (1959), en donde el personaje principal, Johnny Carter, figura como todo un jazzman mortificado por su existencia y los grandes vicios que acarrea la vida de un músico con virtudes creadoras escandalosas; un saxofonista drogadicto preocupado por las alternancias del tiempo personificando la viva imagen de Charlie Bird Parker, jazzista de inolvodable carga musical de los años cuarenta, y al cual Cortázar tenía por artista admirado.

En el relato, Carter es un manifiesto de artista perseguido por el impedimento. Es un músico sumido en el desconocimiento de su propia grandeza: se ve a sí mismo como un hombre común lapidado por la enunciación crítica de los demás, con un talento dentro del cauce de la normalidad pero visible a las maquinaciones fantásticas del universo del arte que a cada momento desarrolla la simpleza o mediocridad de lo superficial a la agudeza o profundidad de lo divino.

Carter es contradicción, y en la singularidad de la misma se encuentra el destino del músico encadenado por su propia motivación. Es alguien que no encuentra dificultad o profundidad en manipular el saxofón, no se detiene a pensar en la magnitud de su naturaleza al momento de tocar jazz, no piensa ni siente ni mucho menos relaciona su condición, simplemente reacciona a las motivaciones instintivas que es cuando toda la energía es sembrada en la atmósfera musical del instante. Ser un hombre de jazz no lo hace diferente, pero tampoco igual a los otros: es un hombre sin identidad cercano al héroe o al verdadero patetismo de un músico sin genio que solo representa la imagen de un holgazán sin motivación ni lucha que se deja llevar por sus alucinaciones en un grado máximo de romance pendenciero. “Esto lo estoy tocando mañana”, refiere misteriosamente en uno de su arraques frente a la mirada suspensa de un Miles ficcionalizado. Ese mañana es atemporal y por tanto sin explicación concreta. Es Carter.

También en su novela Rayuela el encuentro con lo sonoro es llevado a sus últimas consecuencias, en ella encontramos a personajes tan variados del contexto jazzístico como Bix Beiderbecke, Bessie Smith, John Coltrane, Fats Waller, Bunk Johnson o Miles Davis, por citar algunos.

El protagonista de Rayuela es Horacio Oliveira, el cual encuentra en el jazz una manifestación musical individual, no necesariamente vinculada a la unión pedestre de la bohemia, pues “Por más que le gustara el jazz a Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca”. El jazz es cuestión de estilos, es descubrimiento de íntima solidaridad ante lo instantáneo, de ese algo tan más allá de la cotidianidad que sorprende, tal vez la libertad artística asumida como perspectiva, no como derroche: detenernos a explorar su “desarrollo estilístico” y posesionarnos de sus cambios, pero también colocarnos ante su clima de cordialidad en un estado de completa calma. Creer el jazz a través de su carga de misterio es descubrir lo impenetrable a partir de la contemplación, es apreciar la gravedad del jazz en su sentido más potente y desinteresado; no intentar generalizar el sustento del género, sino generar una vista personal a través de la experiencia del oyente que somos.

En el Club, círculo de la cultura y el arte en general donde varios conocidos de Oliveira se encuentran está atestado de música: discos, voces, intérpretes, todo jazz; para el personaje de Cortázar es un fastidio. Oliveira encarna el sentimiento del jazz, se apega al nimbo íntimo de su composición, a diferencia de quienes en su época lo escuchaban solo por diversión, por salir  de la rutina.

Oliveira es un oyente que aprecia lo tangible y enigmático de la música, por lo tanto no se deja aconsejar a la ligera; no se sirve de nadie para sentirse elemental; siente que a los demás les falta lo que a él le sobra. Se sabe diferente, y demuestra cuánto lo es. Su mundo es otro, diferente al de los demás, y la música jazz se escucha distinta desde donde se encuentra. “Todo lo que hace Oliveira –señala Donald L.Chaw- responde a este afán de llegar a ver el mundo de otro modo (…) quitándose la máscara de su personalidad cotidiana excesivamente analítica y cerebral”.

Cuando Oliveira siente el efecto del jazz procura los ambientes más solicitados por su cuerpo, porque el jazz es sexual, deliberadamente contagioso, es excitante. Y él es un genio oyente disfrutando en su intimidad, descubriendo y describiendo la armonía atrayente, sensual, de esa música del diablo: “el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpita en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual”. El jazz se convierte para Oliveira en un hechizo impecable que transfigura su mente, lo convierte es semejante mártir de su trance y fluidez excesiva; es el jazz la descarga de sus miedos, doloridos fantasmas del encanto de ser diferente a los demás.

El perseguidor y Rayuela, dos textos que se sacuden con las sonoridades del jazz en un apartado ciertamente romántico e intelectual, poblado de atmósferas muchas veces sensibleras, pasajes oscuros, con detalles que se enfrascan en una sola idea del jazz como abstracción, pero de necesario acercamiento musical-literario para una madrugada sin sueño pero llena de vitalidad.