Por José Ángel Balmori

La nueva inquisición

Leí en el periódico que una mexicana de 13 años pronto será la psicóloga más joven del mundo, por noticias semejantes no dejo de leer los pasquines matutinos. Si el peso cae en picada me tiene sin cuidado (llevo cinco años con la misma bata de dormir y mi alimentación está basada en Coca Cola y salchichas), pero si me informan que hemos implantado un récord Guinness haciendo la quesadilla más grande del mundo, entonces tienen toda mi atención.

Nunca he tomado terapias de ningún tipo, vivo en la edad de hierro y una psicóloga de trece años me parece el síntoma más claro del aburrimiento de nuestra sociedad. Imagino las mejillas sonrojadas de la joven profesionista escuchando el testimonio de un hombre atormentado porque no puede dejar de meterse hámsteres por el culo. Debe de haber una línea de tiempo muy breve entre el ser humano que descubre la existencia de un hámster hasta el día en que decide metérselo por el culo; tal es, desde mi punto de vista, la línea argumental de la psicología. No quiero parecer petulante, pero los únicos niños genios que conocí alguna vez fuimos nosotros. Cuando digo “nosotros” me refiero a La nueva inquisición, no a ustedes y a mí. La nueva inquisición era una oscura secta fundada por niños a finales de los años setenta en el primer colegio privado de Tuxtepec, Oaxaca, un colegio católico cuyo nombre omitiré aquí debido a un juramento que hice hace casi 30 años a mis hermanos; de hecho, ya con escribir esto me estoy jugando el pellejo, mas estoy seguro de que el club comprenderá mis aspiraciones literarias y mi siempre inútil y agobiante necesidad de dejar registro de mi árida existencia en este valle de lágrimas. Hasta finales de los años ochenta La nueva inquisición era exclusiva para niños, pero cuando yo entré también ingresó una niña con cara de Basset Hound a la que apodaban la Frankimoco. Ella era uno de los más rígidos miembros, su colección de crucifijos daba para surtir o colmar un cementerio entero. Sólo se podía ser miembro vía la invitación y tenía uno que poseer un conocimiento excelso sobre el viejo y el nuevo testamento, así como del catálogo de santos, vírgenes, niños y demás sabandijas celestiales. Después se ponía uno de cabeza y recitaba en latín el Credo: Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem…; finalmente había que ser bautizado en las aguas del Papaloapan por el hermano supremo que generalmente era el cachirul de la generación. Teníamos un himno que coreábamos: “Somos La nueva inquisición, no nos detiene ningún mamón, somos La nueva inquisición, no nos detiene ningún mamón”. Y así hasta la náusea. No sabíamos cuántas generaciones atrás había sido creada, pero a los prosélitos nos parecía una melodía adictiva y novedosa.

Si ya estabas dentro de la organización tenías acceso a una serie de privilegios: la inmunidad entre la fauna escolar por delante; sesiones nocturnas en el club de golfito; un enorme catálogo de cartuchos de Nintendo y la muy volátil y ridícula sensación de sentirse superior al resto de los alumnos. Las sesiones se llevaban a cabo en casa de Rogelio, hijo de un excéntrico veterinario que cultivaba el pasatiempo de coleccionar fetos de animales con malformaciones y había acondicionado una pequeña recámara en su mansión para exhibir su escalofriante colección de deformidades; el cubil estaba tapizado totalmente de terciopelo azul. En aquel lugar nos reuníamos a tomar refrescos, a contar chistes acerca de Jesús o a jugar Nintendo. Cuando no estábamos ahí nos dedicábamos a robar cualquier cosa, aunque tal acción no era esencial en nuestras actividades: al menor descuido metíamos santos, cristos y vírgenes en nuestras mochilas. Tomábamos también cruces, rosarios y biblias, pero lo que más nos gustaba era robar esas estatuillas. Los domingos saliendo de misa nos enfilábamos al río y lanzábamos pieza por pieza del milagroso botín al agua: “San Francisco de Asís, ora por nosotros, santo niño de atocha, ora por nosotros”, y en ese orden los salvadores del espíritu de los hombres se alejaban naufragando a la deriva.

Un domingo nos quedamos ya sin nada que robar y regresamos a la primaria, brincamos la barda y nos colamos a la dirección para apropiarnos del lábaro patrio. Nos agrupamos en formación de honores a la bandera y marchamos todo cinco de mayo hasta el bulevar, ahí doblamos a la izquierda y llegamos hasta el puente que anuncia la entrada al siguiente pueblo; nos detuvimos en silencio para tomar un poco de aire y luego volvimos a reanudar la marcha: “Somos La nueva inquisición…”; avanzamos tres o cuatro kilómetros en línea recta y luego tiramos la bandera en un camino de terracería. El lunes siguiente nos citaron en la dirección de la escuela porque alguien nos había visto llevando la bandera y nos obligaron a buscarla en el mismo lugar en donde la habíamos dejado. Cuando regresamos al sitio, alguien se la había llevado. La situación no tenía remedio. Como resultado de este episodio ya no regresamos a la escuela y decidimos ir a nadar a Los Cocos. A la mierda la escuela, a la mierda La nueva inquisición, sí, pero más a la mierda la escuela.


*Este relato forma parte del libro Década Podrida, editado por la Editorial Moho. Agradecemos a los editores por las facilidades para su publicación.