Por Daniel Salinas Basave

Oler a muerte. Sentirla cerca. Así como que te acaricia la mano. O se te queda viendo. Que te entumeces. Da calosfrío. El estómago se revuelve. El tufo de la pólvora se mete por la nariz. Cala hasta lagrimear. Estremece. Por más desgracias uno no se acostumbra. Cada vez que veo a un ejecutado o la foto, siento como si tuviera a mi lado la muerte.

Jesús Blancornelas

En aquellos años magros e ilusos, cuando correteábamos muertos y balaceras al son del 12-17 en la radiofrecuencia, yo soñaba aún con ser el nuevo Blancornelas mientras Natalio, el fotógrafo, se creía la reencarnación de Chalino Sánchez.

Chapoteábamos en fangos reporteriles cubriendo la nota policíaca para el periódico El Bordo en Tijuana, y aunque la vida no nos sonreía, nosotros ni por enterados nos dábamos. Como el viejo Tsuru en que perseguíamos patrullas no tenía ni siquiera casetera, Natalio escupía narcocorridos chinolas a grito pelado mientras yo pegaba la oreja al scanner intentando averiguar en dónde carajos había aparecido ahora el muerto nuestro de cada día. Los tiraderos de cadáveres eran repetitivos hasta el hartazgo. La mala noticia para nosotros era que nunca quedaban cerca, y el estado natural del Tsuru era traer el tanque vacío. La regla inquebrantable era que Natalio y yo acabáramos poniendo 30 o 50 pesos de nuestra bolsa para echar al menos un escupitajo de gasolina y alcanzar a llegar a los periféricos andurriales donde los muertos tenían a bien aparecer. Después cumplíamos con exigir el reembolso, aún a sabiendas que era más fácil encontrar icebergs en la Laguna Salada que poder sacarle un vale de combustible a la gerencia administrativa del periódico.

Lo peor de todo era que Natalio y yo disfrutábamos nuestro trabajo, o de otra forma no entiendo de dónde carajos nos brotaban la adrenalina y el entusiasmo para volarnos semáforos en rojo y forzar a tope el motor de nuestra carcacha sólo para llegar a tiempo a una escena criminal irremediablemente idéntica a la del día anterior. En aquellos años, cuando aún no llegaba la moda de las decapitaciones y los colgados de los puentes, los cadáveres aparecían, casi siempre, envueltos en cobijas o cubiertos de tape gris, tirados en baldíos alrededor del Bulevar 2000 o atrás de los parques industriales. Casi todos eran tipos de veintitantos que se pudrían en las planchas del Servicio Médico Forense sin que nadie los reclamara nunca. Por regla general la causa de muerte era asfixia o contusiones; las huellas de tortura eran frecuentes. Aunque las investigaciones ni siquiera se tomaban la molestia de avanzar o aclarar algo, el discurso de la autoridad los encasillaba dentro del vasto e ingrato universo del narcomenudeo. “No andaban vendiendo paletas”, solía responder el gobernador cuando se le preguntaba por el incremento en las ejecuciones. Las fotografías tomadas por Natalio eran siempre la misma, y aun en aquellos casos en que los ejecutados aparecían en posiciones más grotescas tampoco se podía hacer gran cosa, pues el código de ética del periódico no permitía publicar imágenes demasiado explícitas del gore “tarantinesco” que nos infestaba.

Cuando íbamos de regreso a la redacción después de fotografiar al muertito del día, Natalio improvisaba un corrido compuesto para la ocasión y justo es reconocer que el aguardentoso desafine “chalinesco” de mi compañero estaba a la altura de los trovadores más pesados de la sierra sinaloense. Tijuanense de nacimiento, Natalio se inventaba una noble estirpe cuyo árbol genealógico descendía de lo más escarpado de la sierra de Badiraguato. Aunque a Sinaloa sólo había ido de vacaciones un par de veces, a Mazatlán, se presentaba ante el mundo como un recién llegado de los ranchos que vieron nacer al Chapo Guzmán y a los Beltrán Leyva, exagerando hasta el barroquismo su imitación del acento serrano. Cuando no estaba cantando, sus peroratas atiborradas de “compa”, “plebe” y “verga” irrumpían como el tableteo entrecortado de una ametralladora.

Mientras mi compañero berreaba sus composiciones, yo trataba de concentrarme en redactar mentalmente la entrada de mi nota como imaginaba que la redactaría Jesús Blancornelas si hubiera estado frente a ese despojo envuelto en cobijas. De mi cabeza iba surgiendo una prosa directa, con sobredosis de punto y seguido y cierto aire nostálgico de viejo detective. Trataba de encontrar el encabezado perfecto para mi redundante texto mientras imaginaba mi libro de narco escándalos y narco nexos en el aparador de los más vendidos del Sanborns, compartiendo escaparate con las últimas revelaciones de Ricardo Ravelo, Anabel Hernández y el mismísimo Julio Scherer, aunque al final del día todo quedara en una notita de cuatro párrafos refundida en las inexploradas profundidades de las páginas interiores.

Algunas veces fantaseaba con que el crimen organizado me amenazaba de muerte o que un comando de sicarios atentaba contra mi vida, lo que me catapultaba a la fama internacional. En los grandes congresos de la Sociedad Interamericana de Prensa o la Fundación Nuevo Periodismo se hablaba de mí como un nuevo prócer de la libertad de expresión mientras yo me transformaba en un Blancornelas-Rushdie eternamente vigilado por un escuadrón de militares. El problema era que hasta entonces mis notitas de cuatro párrafos parecían no haber molestado a nadie ni habían contratado al primer sicario que se tomara la molestia de dispararme.

Pese a todo, el ánimo no decaía. Natalio y yo iniciábamos el día desayunando frente a la comandancia de la Ocho, en una herrumbrosa fonda siempre a reventar de policías y reporteros de nota roja, sopeando las notas de los tabloides en un mal café recalentado en microondas y servido en vasitos de cartón. Revisábamos el parte de novedades de cada subcomandancia, comentábamos el punto y chismeábamos con los colegas hablándonos en clave. ¿Qué 10-2 con el 10-15? ¿Estás 10-10? 10-4.

La clica reporteril policiaca siempre ha sido redundante e inmortal como sus notas. Esencia pura de mala hierba. Natalio y yo, que ya le pegábamos a la treintena por aquel entonces, éramos los jóvenes de un gremio en donde sobraban cincuentones veteranos, cuyo lenguaje, psicología y actitud ante la vida eran los de un policía. Los reporteros de la nota roja acaban mimetizados con su fuente hasta extremos risibles. Basta escucharlos para darse cuenta que no hay diferencias significativas entre los viejos policías y los viejos reporteros. El temario de sus charlas brinca de las armas a las trocas del año, guardando siempre un espacio para el box y las putas. Usan la misma jerga, cuentan las mismas anécdotas, inventan las mismas aventuras sexuales nunca consumadas y se quejan de las mismas injusticias y malquerencias de la vida, mientras van construyendo idénticos sueños de retiro y grandeza, intentando conjurar su alcoholismo, sabiendo en su fuero interno que su único destino posible será desayunar por la eternidad con los muertos del día.

Popular entre la tropa era Natalio, cuyas desafinadas composiciones improvisadas musicalizaban la lectura del parte y los periódicos. Mi compañero se daba a querer, pues le componía y cantaba corridos a comandantes, subcomandantes y espantapájaros rasos de crucero quienes no podían evitar sentirse legendarios y valentones cuando escuchaban su nombre cantado por aquella voz tan parecida a la de Chalino Sánchez.

Natalio era el mitómano mayor de una cofradía donde la exageración y la fábula eran moneda corriente. Podía describir santo y seña de la Hummer del año, aunque hasta entonces el único automóvil que había manejado en su vida era el viejo Tsuru del periódico. También peroraba las virtudes del Buchanan’s 18, aunque sus costumbres etílicas raramente iban más allá de la Tecate. Hablaba siempre de sus compas pesados de Badiraguato, de sus “jales” y de su “gente”, aunque todos sabíamos muy bien que jamás había visitado la sierra sinaloense y que su único “jale”, con un salario apenas superior al mínimo, rayaba en la esclavitud.

Por lo que a mí respecta, me concentraba en conjeturar narco hipótesis y narco teorías aderezadas con mantras criminológicos y citas de ejecuciones y balaceras más o menos célebres, disertando con voz de erudito sobre el calibre de las armas utilizadas y los paralelismos entre escenas criminales que a nadie absolutamente importaban. Cuando las ejecuciones se cometían en lugares céntricos a plena luz del día, o cuando el ejecutado era un policía o algún narco abogado con cierta celebridad, mi nota podía aspirar a salir del inframundo de las páginas interiores y colarse a la gran pasarela de la primera plana. Mi director editorial se sobaba las manos, pues sabía que nada vendía tan bien como una ejecución sabrosa en la portada. Natalio invariablemente componía un corrido y yo elaboraba un rompecabezas con citas criminalísticas y retazos de literatura policiaca, aunque ambos sabíamos bien que tanto el corrido como el rompecabezas se diluirían al caer la noche.

Los años pasaron y con ellos llegó irremediablemente el óxido a nuestras vidas. Me casé, nacieron dos hijas, me aluciné célebre y no tan muerto de hambre, pero el sueldo y el trabajo no variaban, aunque el entorno criminal se había tornado más dantesco. Las ejecuciones competían por lograr los más elevados estándares de saña, las autoridades cumplían con perorar que no se podían revelar detalles para no entorpecer las líneas de investigación y yo cumplía con aburrirme mortalmente. El periódico enflacaba como una anoréxica, las ventas de publicidad languidecían y los recortes de personal llegaban puntuales cada dos o tres meses. En la fila de solicitantes de empleo había mil y un veinteañeros ansiosos de comerse el mundo por un salario de hambre, mientras los reporteros veteranos íbamos sumando una incómoda antigüedad que la gerencia de Recursos Humanos quería evitar como la peste.

Uno de tantos recortes de nómina se llevó de frente a Natalio, cuya liquidación fue una bicoca. Se largó gritando que invertiría el finiquito en el lanzamiento de su disco y que cuando fuera famoso le rogaríamos por una foto o una entrevista exclusiva. Yo tuve que elegir entre una patada en el culo o ser ascendido al envidiado nivel de coeditor con mi sueldo de reportero, distinción que, por supuesto, acepté humildemente y sin chistar. De ser un cazador de contenidos pasé a ser un vil empacador. Mi nueva tarea consistía en amontonar cuantas notas fuera posible en un espacio cada vez más reducido. En la absurda jerarquía periodística, un coeditor es un jefecillo que está por encima del reportero, pero, en mi nueva labor, el gran logro del día era poder acomodar un encabezado que irremediablemente debía comenzar con verbo y cuyas palabras debían ser de preferencia cortas, pues el siempre magro espacio no era precisamente un amante del octosílabo.


*Fragmento del cuento “Dispárenme como a Blancornelas”, del libro con el mismo título, ganador del premio La Paz, publicado por Nitro/Press y el Instituto Sudcaliforniano de Cultura en 2016.

Daniel Salinas Basave fotoDaniel Salinas Basave (Monterrey, Nuevo León, 1974). Es autor de los libros Mitos del Bicentenario (ICBC, 2010); Réquiem por Gutenberg (ICBC, 2012); La Liturgia del Tigre Blanco (Océano, 2012); Cartografías absurdas de Daxdalia (Cecut, 2013) y Vientos de Santa Ana (Literatura Random House, 2016). Ha ganado, entre otros reconocimientos, el Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz por Bajo la luz de una estrella muerta; el premio Gilberto Owen de cuento por Días de whisky malo; el José Revueltas de ensayo por El lobo en su hora y el Malcolm Lowry por Cartógrafos de Nostromo. Fue enviado a la Zona Cero de Nueva York en 2001.