Por Oscar Mendoza

Dedicado a los que se quedaron, a los que se fueron y a los que siguen trepados en el viaje.

Foto: Internet

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Una vez, cuando tenía 16 años –estamos hablando de hace una década– fui por pura casualidad a un toquín. Era una banda de covers. El lugar (único en su tipo) lo recuerdo bien porque durante los siguientes 2 años, y hasta terminar la preparatoria, fue el bar más concurrido de Uruapan en cuanto a tocadas y eventos musicales. Había otros sitios desde luego. Para metaleros, para chavorrucos y para juniors a los que les gustaba el happy punk y lo indie y a quienes generalmente no les vendían alcohol y sus eventos no pasaban de la media noche.

En cambio, en el “Zátiro” las cosas eran distintas. Los dueños se pasaban por alto el reglamento del Ayuntamiento y nos vendían alcohol a escondidas. Ahí se hacían tributos. A Nirvana, Los Doors, Metallica, Pink Floyd, Caifanes, Clásicos del Rock y un largo etcétera. También hubo concursos municipales y estatales. Una noche, por ejemplo, The Poliesters (banda de la que surgió gente como Axel Catalán y Negrø), visitó el lugar. Y así, bandas que ya fueron. Grupos de los que surgieron los actuales abanderados de la escena michoacana y de las que reniegan otros. El pasado es musical, aunque sea una bachata mal tocada.

Empiezo este texto recordando esos años porque me ha dado la melancolía. Pero de esa anecdótica y de antología. Como un viejo cassette grabado de la estación de radio; rotulado con lapicero y de colores. Aquel primer toquín me desvió al lado oscuro, y divertido de la existencia. Ya ni recuerdo de qué o quiénes eran. Tal vez ni conocía las canciones; solo sé y agradezco al amigo que me invitó y con el que empezamos a compartir gustos. Lo demás es historia.

Foto: Oscar Mendoza.

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“Mira wey, estos son Deep Purple. Tocan como Black Sabbath y Led Zeppelin pero más rápido.” Entonces los amigos se multiplicaron y de pronto ya teníamos un grupo. Todos de playeras con sus bandas favoritas porque fuimos víctimas de la mercadotecnia y comprábamos nuestras Monster 666. Yo tenía una con el Dark Side of The Moon (que no había escuchado completo nunca). Otra de Anthrax y una más de Sepultura. Luego la cambié por una de Pantera y me fui “haciendo metalero”. Pura mamada, porque en el fondo guardaba mis CD’s con lo mejor de la electrónica del 2005, que era lo que escuchaba cuando estaba solo y me aventaba mis tardes de Universal Estéreo con los éxitos ochenteros.

Nuestro grupo creció y se diversificó. La música seguía siendo la conexión entre todos, desde luego. Pero comenzamos a compartir más que solo grupos, canciones, revistas o el álbum más nuevo descargado en mp3. Y aunque a alguien no le gustara el ska o el reggae, caíamos a los salones de fiesta que improvisadamente servían de refugio.

Agualoca al por mayor. Marihuana. Chela quemada. Ingenieros de audio pendejos. Distorsión. Punk feroz en el que salíamos moreteados. Malos cantantes y cuerdas de guitarra rotas a cada rato. Parches, cables robados, tarolas sueltas. Sudor, converse rotos, morrales de tela, greñas mal teñidas, rastas en las que se detenía la ceniza de cigarro. Las peleas en el slam y la paz inmediata; o en su caso la pelea campal terminándose y a la vuelta. Los que no entraban al toquín y se armaban la peda afuera. Los que pedían cooperación para el cover y los extraños que se volvían amigos. Mi ropa entre el 3er semestre y la universidad apestaba a todo eso.

Vatos. Viene el Tri a la Feria. Wey, que hay un autobús a Morelia para ir a ver a Salón Victoria. No mames, nos encontramos a los de Rata Blanca saliendo de su hotel en el centro. Pinche Ojón, se compró el boleto para ver a Soda en Guadalajara. No mames cabrón, vimos a Bunbury y Nacho Vegas en la feria y ni íbamos a eso. Me hubiera gustado ver a los Caifanes cuando sí tocaban chido, pero igual caí al teatro del pueblo.

Foto: Oscar Mendoza.

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Los meses y años pasaron. Se disolvió la banda de los compas. Porque uno se fue a estudiar al DF. Porque otro ya vendió la bataca y porque su papá estaba hasta la madre de que en lugar de ensayar se pusieran pedos. Un amigo tenía un salón de fiestas el cual nunca rentaba. Lo usábamos para que ensayara su banda. Para hacer carne asada y para bebernos lo que nos alcanzaba con lo que armábamos la vaca. Los festivales eran nuestros favoritos pero tampoco rechazábamos fiestas. Alguien celebró su cumpleaños en casa de un desconocido. Tenía la alberca vacía y la usamos para armar el slam y bailar surf. Esa fue mi primera vez tomando Tonayán con Squirt sin hielo; desde entonces no puedo pensar en las albercas vacías sin acordarme del sabor a licor de caña y las patadas musicalizadas con el Surfin Bird.

Si me detuviera a buscar la canciones, una por una, me terminaría el teclado. A veces eran horribles las interpretaciones de nuestros grupos favoritos. Y nos valía madre porque era emocionante. Sino, de ninguna manera brincaríamos con Roadhouse Blues o La Chispa Adecuada. A mi por ejemplo nunca me gustó el ska ni sus combinaciones extrañas. Pero nunca me quedaba sentado o quieto cuando de echar desmadre se trataba. Quizá hasta compré uno o dos demos y los perdí entre mis cosas. Incluso mi celular llegó a tener, entre mis canciones, algo de Los Fabulosos Cadillacs o los Skautomatiks, a la fecha sigo sin tener idea de cómo conseguía esas grabaciones.

La música me llevó a caminos y lugares extraños. Desde conciertos gratuitos hasta lo sobrevalorado de pagar una preventa con convivencia incluida. Desde antros fresas en donde una cerveza te cuesta 50 pesos hasta cocheras en donde el máximo deber era cuidar tu vaso. Sobre los caminos aún no termino de decidirme. Comencé a reportear tocadas allá por el 2011 cuando The Strokes dictaban línea. En Morelia no había quien se salvara de esa influencia. De pronto me enredé en la covertura de esos eventos. Llegué a entrevistar a todas las banditas que tuvieron su onda. A las que desaparecieron, a las que hicieron otras cosas y a las que todavía se quedaron en el viaje. La música es, con su inocencia y máxima simpleza, la culpable de que yo escriba.

Foto: Oscar Mendoza.

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Dejé de ser reportero musical por dos cosas: no sabía nada de teoría, ni de composición ni de armonía. Bien pude haber sido juez de esos concursos musicales. La segunda causa es más honesta. Empecé a disfrutarla sin pedirle ni querer nada más. Ninguna cosa que estuviera más allá de ella. Ya no hago críticas ni reseñas porque mis amigos ya no tocan pero porque tampoco tengo nada qué decir de quien crea y difunde música. Ya depende de otras personas con más conocimientos, experiencias y capacidad para expresar en escrito lo que a mí me da satisfacción sonora.

Desde luego que mis amigos se dispersaron. Algunos siguen creyendo en el sueño de tener una banda. Otros se han convertido en el enemigo que juraban evitar en su adolescencia. Todos hemos cambiado por la música, y a su causa, cada quien le rinde honor como pueda y quiera. Otros, que no eran mis amigos, acabaron siéndolo gracias a la música. Y de todo porque después del rock uno acepta a la cumbia, al deep house, el synthpop, los samples, a los DJ sets y al jazz y el hip-hop como parte de un todo. Al menos quiero pensar de esa manera y no descubrir que hay nazis musicales entre nosotros. El metal, el rock, el blues y el post-punk siempre estarán pero en compañía y armonía con Bronco, Mi Banda el Mexicano, Los Tigres del Norte y hasta el Muertho de Tijuana, Sonido Gallo Negro, Nortec o Los Cadetes de Linares.

Mirando entre mis cosas siempre termino encontrándome con la música. Tengo amontonados libros, crónicas, cuentos y revistas en las que suena algo dentro de sus páginas. Sus protagonistas son fans de The Cure o se pusieron a llorar con David Bowie. Hay un especial dedicado a José Alfredo Jímenez y un ensayo sobre la guapachosidad de Rigo Tovar y Paquita la del Barrio. Regalos como la autobiográfia de Bernard Sumner sobre Joy División y New Order. O el epub que descargué sobre la música escrito por David Byrne y hasta los malos poemas que escribía Jim Morrison. También guardo algunos boletos, tazas, vasos cerveceros, ceniceros y calcomanías. En algún mueble he de tener una pila de especiales y revistas que dejaron de circular. Sigo disfrutando de las novelas con música, de los cuentos con epígrafes musicales o las crónicas y entrevistas que hacen mis autores favoritos. Leer sobre música me ha llevado a seguir guardándole respeto.

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El soundtrack de nuestras vidas es variado. Cada quien tendrá sus éxitos, hidden tracks, remixes y covers. Como esas canciones que solo escuchas porque te recuerdan a tu mejor amigo aunque a ti ni te gusten. Un disco completo de Chac Mool para mí lleva el sabor de un vodka barato con refresco zuba. O Santana y el Oye como va con el que casi nos volcamos durante un viaje. Las curvas y la noche cayendo con Champagne Supernova y mi amiga subiéndole al autoestéreo. El Lobo Hombre en París mal tocado por la banda de mis amigos y cuando coreábamos –mal y sin tener puta idea de su significado– algo de Lacrimosa. Y mi papá llegando a casa justo cuando cantaba Bohemian Rahpsody. Entonces entre mi sorpresa y su complicidad, elevaba el volumen. Hasta Los Panchos o el el reloj no marques las horas pueden hacer que mi abuelo reviva con todo y sus malacopez y misoginia.

Si la música que escuchas no te hace recordar viejos tiempos, mejores y peores. Si no te saca una risa solitaria o una carcajada compartida. Si no ha sonado de fondo cuando estás cogiendo o acurrucado con tu amante. Si no la has bailado cuando nadie te ve o después de que todos duermen salvo tú y tu pareja. Si lo que escuchas no te ha llevado a viajar, aunque no te muevas de tu cama. Si tu música no te hace preguntarte el sentido de la vida o el sentido de tu propia existencia. Si lo que escuchas te convierte en arrogante, envidioso, solitario y amargado. Si la música que te gusta no te eriza la piel, te hace creer que cantas bien o tocas un instrumento. Si tu música, tus canciones favoritas, discos y artistas preferidos, no te hicieron conseguir dinero a como diera lugar para verlos y escuchar en vivo. Si lo que oyes y sintonizas en tu mp3, laptop, iPod, celular, grabadora o tornamesa no te ayuda a escapar –aunque sea un instante– de tu trabajo, tu rutina o tus tragedias. Si no escuchas algo para acompañar la tristeza, entonar la fiesta, bailar hasta sudar o terminar tu tesis. Si con la música no sientes todo eso y más, has ido con el volumen bajo.

Habemos quienes no podemos trabajar sin música. Yo no podría viajar sin unos audífonos o caminar sin un soundtrack de fondo. Incluso la música me ha hecho que viajar en bicicleta –se recomienda solo en lugares poco transitados y sin tráfico– sea un doble recorrido. Me ha hecho cómplice de parientes lejanos y amigo de desconocidos. A enamorarme una y otra vez y desencantarme de personas. Me ha convertido en un anecdotario y sus caminos de vez en cuando se vuelven tortuosos. Pero no importa porque la misma música se encarga de solucionarlos. La música, la que escuchábamos, la que ahora nos gusta y la que en el futuro amaremos, puede hacer todo lo anterior de la mejor e inesperada manera.

Nuestras vidas y relaciones están mezcladas con riffs, trompetas y beats. Entre acordes, estribillos y rimas hemos conducido la existencia generacional. Porque nos tocó y ya y porque así hemos crecido. Desde la grabadora, el estéreo, Ares, Limewire o iTunes, Spotify o el Soundcloud. Somos musicales y no podemos hacer nada para disimularlo. Y como prueba final apuesto a que todos tenemos una canción que nos gustaría escuchar antes de irnos.

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Foto: Oscar Mendoza

Porque va dedicada a los compas que se quedaron en el viaje. A los que no volvieron. A los viejos amoríos encapsulados en un disco. A esos ex colegas, compañeros y acompañantes momentáneos. A los reyes del rock, a las reinas del glam, los dueños del cuero y estoperoles, a los propietarios de un bar, a los que invierten sus quincenas en equipo e instrumentos y no han ido a la playa en años. A los que abandonaron el trip pero siguen asistiendo a tocadas. Porque las aman o las odian. Porque hacen documentales para preguntarse si la escena existe. A los que aparecen hablando tonterías y tiene algo de razón. Por su experiencia y aventarse al ruedo. A las leyendas negras y los mitos urbanos. A todos los que alguna vez movieron la cabeza, hicieron cuernitos con los dedos y terminaron apostándolo todo por el sueño. Si les salió chido y si no, de todas formas se la rifaron.

A todos les digo una cosa: sin la música, no seríamos más que simples humanos.