Por José Salvador Ruiz

Dominico, “el Kótex” Aqueberro, llegó al cuartucho de Hotel Kennedy donde fue requerido: dos muertos; normal para el Centro de la ciudad. Los cuicos municipales, esos cretinos lambeculos, habían estropeado la escena del crimen tomándose selfies con el cuerpo desnudo de los tipos. Daba igual, los del SEMEFO estaban en huelga, nadie vendría.

—Murieron de cucharita, Kótex –dijo uno de los gendarmes.

—¡Que os den por culo! –les gritó y los corrió.

No era español, pero pretendía serlo. Le daba autoridad ante tanto acomplejado. Nació en Sonora, se crió en un orfanato donde adoptó el apellido del cura vasco que ofrecía misas y caricias en la capilla. Estudió el cuartucho. Estaba en el cuarto piso del hotel. Se asomó por la ventana y abajo se ofertaban cuerpos morenos apretujados por fajas que escondían la grasa y el miembro. La renta era semanal, por día o por hora en este hotel de cero estrellas, refugio de migrantes, ex presidiarios, obreros divorciados y prostitutas. Había ropa en uno de los cajones del buró. Artículos de higiene personal en el baño. Heroína, foco y una garrafa de Tonayán en el piso. Observó los cuerpos, uno de ellos tenía un tiro en la sien. El otro en la nuca. Asesinato y suicidio, teorizó. El revólver, una 38 especial, permanecía en la mano del hombre moreno, el del tiro en la sien. El otro tipo se cargaba una tez blanca, pelo claro, casi rubio y un tercer ojo en la nuca. Güero de rancho, pensó. Miró la sangre en el piso. Examinó la sangre sobre la cama. Había gato encerrado. Uno murió de pie y el otro en la cama, dijo en voz alta al ver un archipiélago de sangre que iniciaba cerca de la puerta y culminaba en la cama. Tocó los cuerpos, le pareció que el suicidado murió primero. Los nudillos del güero tenían raspones, pero el rostro del moreno no tenía sus huellas. Notó que la luz de la lámpara estaba encendida, pero también el foco que pendía del cielo del cuarto. Caminó hasta el espejo, se ajustó la corbata amarilla y se acomodó el saco bermejo. Le tiró un beso a su reflejo y le dijo: ¡Joder! Estás cabrón, Aqueberro.

Salió del cuarto y vio a los municipales colgando sus selfies en Facebook.

—A ver, par de gilipollas. ¿Quién prendió la luz del cuarto? –preguntó el Kótex.

—Así estaba, jefe. Por ésta –dijo uno de ellos besando sus dedos que hacían la señal de la cruz.

—Yo sólo creo en ésta –dijo el judicial tocándose el tiro del pantalón¾. A ver ‘jo’es de puta, entregadme las carteras de los muertitos.

Resignados le dieron las carteras.

—No tenían nada de dinero, jefe. La neta –se defendió uno.

Revisó el contenido. El moreno tenía fotos de su familia. Dos hijas y una morena de fuego. Era de Puebla, según su carnet de identidad. El güero de rancho era un tal Benito Camelo. Le pareció una broma chilanga. Caminó hacia abajo y tocó el timbre de la recepción. Observó la foto de una pareja junto a los casilleros. Se acercó una joven dependienta con lentes oscuros. Migraña, pretextó la joven apuntando hacia sus lentes. El Kótex le extendió la mano para presentarse. La joven lo saludó con desconfianza. El policía prolongó el saludo, luego se llevó su mano a la nariz y olisqueó. Pólvora, se dijo.

—La chica permaneció en silencio, el judicial la observó de pies a cabeza. La justicia es una zorra, tía –dijo esto mirando la foto donde la joven se besaba con el güero de rancho. La mujer retiró la foto. Pero a mí los ‘jo’e putas que golpean a las mujeres me dan asco –sentenció esto último con un escupitajo al suelo. La joven comprendió.

—Este hotel no deja mucha plata, ¿sabe?

—¿Quién habla de plata, nena?

—Estoy en mis días, dijo apenada.

—¡Hostia! No me llaman el Kótex por nada.


*Este relato forma parte del libro Hotel Kennedy (Editorial Artificios, 2016), agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.