Por Martín Roldán Ruiz

Cuando era niño iba con los amigos de mi barrio de Breña a los Clásicos en el estadio Nacional de Lima, concretamente en la tribuna sur que era reservada para los hinchas de Alianza Lima o a la tribuna norte que aún no tenía a la barra que identifica a los de Universitario. A principios de los ochenta mi collera, mancha, pandilla o como quieran llamarla, se dividía entre los aliancistas y los de la U. Y si bien nos jodía perder y nos alegraba el ganar, el resultado no significaba más que una anécdota para la broma sana.

En cualquiera de las tribunas gritábamos los goles de Alianza Lima, aunque mis amigos de Universitario no lo podían hacer igual que nosotros cuando íbamos a la tribuna sur, porque ahí sí había una barra aliancista que ya llevaba muchos años alentando y podían ser insultados, o, quizás, golpeados si gritaban algún gol crema entre los hinchas blanquiazules. Por eso lamentaban no poder ir a la tribuna oriente donde se colocaba la antigua barra de Universitario, porque era una tribuna preferencial y costaba mucho más que las populares. Aparte que era mucho más difícil pedir a un adulto que nos hiciera entrar como si fuéramos un hijo o un sobrino. Por eso oscilábamos de una popular a otra de acuerdo con nuestra suerte.

Así transcurrían nuestros fines de semana tribuneros, hasta que un día cayó a vivir al barrio el negro Willis.

Siempre se ha identificado al Alianza Lima con los afroperuanos que le dieron gloria e identidad a su juego de estilística habilidad y contundencia goleadora. Nombres como Alejandro Villanueva, José María Lavalle, Adelfo Magallanes, Los Ronstaing, Felix Castillo, Huaqui Gómez Sánchez, Víctor Heredia, Perico León, Teófilo Cubillas, Caíco Gonzales Ganosa, entre muchos otros. En ese sentido la mayoría de población negra en el Perú se identificaba con el Alianza. Y aquél que no lo hacía, estaba considerado poco más que un marciano, un resentido con su color o un alienado. Estoy de acuerdo con que la pasión futbolística nadie la puede determinar, porque cada uno es dueño de sus preferencias. En ese sentido el negro Willis había decidido ser hincha de la U.

Pero en realidad no se llamaba así. Tenía por nombre Javier, sólo que alguien del barrio lo había bautizado de esa forma porque era flaco, alto y usaba un peinado afro similar al de Willis de la serie televisiva Blanco y Negro. Pocos meses antes había llegado de Pucallpa, una ciudad del oriente amazónico peruano, y era mayor que nosotros. A pesar de que era buena onda, le jodía que la mayoría de mocosos de mi barrio hincháramos el pecho por Alianza, a pesar de vivir a unas escazas seis cuadras de la sede de Universitario, el estadio Lolo Fernández.

Entonces comenzaron los problemas. Alianza por esos años llevaba ventaja en Clásicos ganados y en campeonatos logrados, pero él se empecinaba en demostrarnos que la U era mejor por una final de copa Libertadores que habían perdido en 1972 frente a Independiente de Avellaneda. Es decir más de diez años atrás. Un campeonato que ni mis amigos hinchas de ese equipo habían vivido y que a los aliancistas no nos importaba para nada. A pesar de eso comenzó a ir con nosotros al estadio.

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Aún recuerdo la primera vez que entró al Nacional, mejor dicho, la primera vez que entró a un estadio. Su asombro se traducía en la boca semiabierta y los ojos agrandados de la impresión. No sabía distinguir cuál tribuna era cuál ni ubicar el mejor lugar para ver el partido. Pero una vez que tomó confianza volvió a ser el mismo buena onda; pero, también, el mismo pedante de nada que creo es la característica de la mayoría de hinchas cremas. Esa tarde se jugaba uno de los antiguos tripletes, es decir, tres partidos en una sola tarde, cuyo plato de fondo era el partido más atractivo de la fecha. Pues bien el de fondo era Universitario con Deportivo Municipal, al cual nos quedamos después de ver el anterior en que Alianza Lima le ganó al Melgar de Arequipa. No es exageración decir que cuando dieron el pitazo final con un contundente 3 a 0 para nuestro equipo, casi la mitad de los espectadores se fueron del estadio. Esa vez habíamos ido a la tribuna Norte y la U no pudo ganarle al equipo edil. Pero para el negro Willis fue un partidazo. Para nosotros el más aburrido en meses.

Pero el problema mayor llegó cuando nos tocó el primer Clásico. Esa vez también fuimos a la tribuna norte. Recuerdo que a un costado la barra del Atlético Chalaco alentaba a su equipo que jugaba de preliminar. Cuando acabó y el Clásico se iba a iniciar veíamos con asombro a la barra de Alianza en tribuna sur que flameaba sus banderas, entonaba sus cánticos y sobre todo hacía sonar sus bombos en un contagiante ritmo marcial que era combinado con otro más alegre, el mismo ritmo afro de ese instrumento de percusión llamado Cajón Peruano. Igualmente la barra crema de oriente no se quedaba atrás, sólo que al estar en una tribuna preferencial no tenía la vistosidad y espectacularidad de la barra aliancista.

En la U jugaban algunos morenos como Eduardo Rey Muñoz, Samuel Eugenio o Leo Rojas. Y en Alianza Lima estaban Gonzáles Ganoza, Guillermo la Rosa, José Velásquez, Tomás Farfán, Juan Illescas, Fredy Ravello, en suma casi todo el equipo que hacía honor al sobrenombre de Los Grones con que se conoce a Alianza Lima. Por eso cuando saltaron los blanquiazules a la cancha del Nacional toda la tribuna sur explotó en papel picado, contómetros, pirotecnia y banderolas; nosotros y algunos más de la tribuna norte, aplaudíamos y lanzábamos vivas por nuestro equipo. Hasta que el negro Willis alzó su voz por encima de nosotros y señalando con efusión a nuestros jugadores comenzó a gritar: ¡Cocodrilos! ¡Cocodrilos! ¡Cocodrilos! En referencia a esa subjetiva idea de que los negros se parecen a esos reptiles.

Uno de los nuestros, el chata Koki, negro como él, le increpó: “Oe, pero si tú también eres negro”. Willis, inmediatamente se remangó la manga del brazo y mostrando su piel respondió: “No, tú serás negro, yo soy marroncito”. Lo que despertó la carcajada de toda mi mancha, grones y cremas, y de algunos anónimos que estaban sentados cerca de nosotros y que se habían ganado con la desconcertante escena de ver a un negro insultando de cocodrilos a otros negros.

En fin, el partido se inició y desde un principio el Clásico fue parejo, hasta que los de Alianza fueron dominando ante el desconcierto de los jugadores cremas y la furia de sus hinchas que no entendían la imposibilidad de su equipo para detener a los grones. Sobre todo cuando llegó el primer gol de William Huapaya. Nosotros saltamos junto con otros hinchas, mientras mis amigos de la U, Percy, Harold y Cristian asumieron el gol como siempre lo habían hecho: un putamadre, un lamento y a seguir haciendo fuerza por su equipo. Pero el más afectado fue el negro Willis. Insultaba, mentaba la madre, pedía que patearan a las canillas, que metieran puñete “¿dónde está la garra crema?” decía. Y en eso una combinación entre Olaechea con el “chiquillo” Duarte, posibilitó que el “tanque” La Rosa la hundiera sin problemas en el arco de Acasuso, por segunda vez. El negro Willis estaba guinda de la cólera.

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Nosotros de hecho estábamos felices y comenzamos a seguir con las palmas los cánticos que llegaban a nosotros desde la tribuna del frente. ¡Qué espectáculo! Ya habíamos estado otras veces ahí, incluso habíamos propuesto ir a tribuna sur ese día, pero la respuesta de mis amigos cremas fue que no, que si descubrían que son de la U los podían hasta violar.

La cosa  es que el partido seguía y la U logró un gol que fue el despelote para mis amigos, se les dibujó otra vez la sonrisa que la tenían apagada hasta ese momento y renovaron su fe en que podían empatar y hasta voltear el marcador. El más entusiasta, obviamente, era el negro Willis, incluso reclamaba el ingreso de “piticlín” Palacios, un jugador que por ser flaco y esmirriado tenía una habilidad en el trato de balón más cerca del estilo de Alianza que el de la U.

Pero la inclusión de Palacios (bastante aplaudido al ingresar) no mejoró el juego de los cremas y fue un objetivo más de las puteadas e insultos de sus parciales, sobre todo de Willis. Más aún cuando Ravello puso el tercero.

Para nosotros fue la apoteosis pues ya faltaban pocos minutos para el pitazo final y el tercer gol consolidaba un dominio aliancista en la cancha. Pero, sobre todo, elevaba la fiesta que bajaba desde las gradas de la popular sur. La barra de oriente ya había claudicado con su aliento y arriado sus banderas y el estadio tenía una sola voz, la de nosotros. Entonces nuestra celebración de chibolos fue el punto que buscaba el negro Willis para desahogar su imposibilidad de golpear a los lejanos jugadores cremas que se movían desmotivados en la cancha. Violentamente se fue contra nosotros y me sacudió con fuerza de los pelos, pateó al chata Koki y empujó malamente al poluquín. Lalo y Frank se salvaron porque pudieron eludirlo a tiempo. Willis se había transformado y de todo lo buena onda que era nos asustó lo perversa de su mirada. Escuchamos que nos insultaba de chibolos de mierda y que si seguíamos jodiéndolo nos iba a pegar más fuerte.

Nosotros no entendíamos nada y para evitar más bronca nos fuimos un par de gradas más abajo, seguidos por nuestros amigos cremas. A pesar del apretujamiento de gente nos pudimos acomodar. Los hinchas estaban de pie, sobre todo los aliancistas, siguiendo la celebración de la barra. Aplaudíamos y cantábamos con ellos. Pero, sobre todo, seguíamos el particular ritmo afroperuano que tenía el bombo de los aliancistas cuando les tocaba festejar. Tumtum tumtum tumtum, un ritmo heredado de esa tradición negra, de los antiguos jugadores que le dieron identidad a un club de obreros. Y que con los años lo fue consolidando como el Equipo del Pueblo en donde todos, negros, mestizos, chinos y blancos se identificaban con un estilo de juego salido del pueblo mismo.

Y, por encima de todo, se escuchaba ese rítmico tumtum que todos los que estábamos en la grada seguíamos con las palmas: chinos, blancos, mestizos y negro. Sí, negros como el chata Koki, blancos como poluquín, mestizos como Frank, Lalo y yo, quienes comenzamos a usar nuestros cuerpos como si fueran bombos, golpeando rítmicamente nuestros corazones con nuestros puños… y mirando hacia el punto donde el negro Willis nos observaba con bronca.

Poco a poco íbamos golpeando más fuerte sin dejar de mirarlo, y lo más sorprendente fue que otros hinchas nos comenzaron a imitar, haciendo más fuerte el sonido del bombo que llegaba desde sur. El negro Willis no cabía en su rabia y de seguro deseaba chaparnos para agarrarnos a puñetes, pero no estábamos a su alcance, lo que aumentaba su coraje. El Clásico no le era favorable y unos chibolos de mierda lo estaban haciendo volar de la ira. Hasta que un tío achorado con camiseta de la U, que al verlo con su peinado afro seguro lo pensaba aliancista, le gritó: “Baila negro, baila y mueve tu cucú”.

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Willis volteó a ver quién era el que había dicho eso y luego de unos segundos nos volvió a mirar. En el brillo de sus ojos no solo se notaba la rabia contra nosotros sino la humillación por lo que le habían dicho. No resistió más y, antes de que se le cayeran las lágrimas, salió rápido del estadio como perseguido por una culpa. Nosotros no lo seguimos, esperamos el pitazo final, participamos de la celebración de los grones y luego regresamos al barrio.

Pasarían muchos días para que lo volviéramos a ver, sobre todo yo, cuando de la nada me metió un rodillazo en el muslo que me hizo llorar. Era mayor y mucho más grande, por eso no pude responderle el golpe, aparte de que me había agarrado descuidado. Lo mismo hizo con mis otros amigos de Alianza. Luego solito se excluyó, dejo de frecuentarnos y comenzó a parar con los de otro barrio que eran de su edad.

Mucho después me enteré que había emigrado a Europa, pero antes de eso me lo encontré y pude conversar con él. En un momento de la conversación le recordé que por perder ese Clásico nos había pegado. Él me dijo que no lo había hecho porque la U había perdido esa tarde. “¿Entonces por qué fue?” le pregunté. Me dijo que siempre había odiado que lo compararan con los negros de Chincha o de Lima. “¿Y no es la misma cosa?”, le dije intrigado. “No”, dijo algo ofuscado, y me explicó que él era de Pucallpa, de la selva peruana, que no tiene nada que ver con Chincha o con Lima que están en la costa. Pero cada vez que había un cajón retumbando, al primero que miraban era a él.

—En el colegio, en las fiestas, en cualquier parte donde sonara ese ritmo de mierda, siempre  tenían que sacar a bailar al negrito, es decir a  mí.

—Te entiendo, pero qué teníamos que ver nosotros con eso.

—Los veía a ustedes, todos costeñitos, siguiendo con sus puños el ritmo de esos bombos de mierda, como si fueran unos negros más.

—Es que somos hinchas de Alianza y eso es parte de ser aliancista.

—Por eso nunca me gustó Alianza, porque era parte de aquello que odio realmente.

—Siempre  pensé que te había dolido el tres a uno.

—No, lo que me dolía no era el partido, pues en el fútbol se gana, se empata o se pierde.

—¿Entonces?

—Me dolió que uno de los que yo creía de mi bando, un hincha de la U, me confunda con aliancista y me diga lo que nunca pensé que ellos me iban a decir.

—¿Qué cosa?

—Baila, negro, y mueve tu cucú.


Martín Roldán Ruiz. Lima 1970. Periodista de profesión. En el año 2007 publicó de manera independiente la novela Generación cochebomba que ha sido bien considerada entre los lectores y la crítica. En 2013 publicó la segunda edición a través de Colmena Editores. En 2009 editorial Norma publicó su libro de cuentos Este amor no es para cobardes, que refleja la violencia de las barras de fútbol en el Perú, siendo él mismo miembro de la barra del Club Alianza Lima. Sus cuentos han aparecido en revistas literarias del Perú, España y Canadá. Ha sido considerado en las siguientes antologías: Bien Jugado, las patadas de una ilusión (Aguilar 2012), Disidentes (Altazor 2012) y en El cuento peruano 2001-2010 (PetroPerú 2013). Tiene un tercer libro de cuentos de próxima publicación cuyo título es Podemos ser héroes.