Por Hunter S. Thompson

EL BRAZO AZUL

Unos cuarenta minutos después de que saliéramos de San Francisco, la tripulación decidió tomar medidas con el problema del aseo 1b, cuya puerta permanecía cerrada desde el despegue. La jefa de azafatas llamó al copiloto, que salió de la cabina de vuelo y apareció a mi lado, en el pasillo, con una herramienta de aspecto extraño; una especie de linterna con cuchillas, o algún tipo de escoplo eléctrico.

El copiloto asintió con tranquilidad mientras escuchaba la apremiante y queda voz de la azafata:

–Puedo hablar con él –dijo, señalando el ocupado de la puerta con una larga uña roja–. Pero no consigo que salga.

El copiloto asintió esta vez con expresión pensativa. Estaba de espaldas a los pasajeros, ajustando la herramienta que llevaba en la mano.

–¿Identificación? –preguntó.

Ella comprobó la lista de pasajeros.

–Es el señor Ackerman –dijo–. Dirección… Apartado de correos 99, Kailua-Kona.

–La isla grande.

La azafata inclinó la cabeza, sin dejar de mirar la lista.

–Miembro del Red Carpet Club, viajero habitual, sin historial previo… Embarcó en San Francisco con un billete de ida a Honolulú, en primera clase. Un perfecto caballero… No ha reservado nada. Ni habitación de hotel ni el alquiler de un coche… –Ella se encogió de hombros–. Serio, tranquilo, muy educado…

–Sí, conozco a esa clase de hombres. –El copiloto miró la herramienta durante un momento y, a continuación, alzó una mano y llamó a la puerta con brío–. ¿Señor Ackerman? ¿Me oye?

No hubo respuesta, pero yo estaba tan cerca de la puerta que pude oír los sonidos del interior: primero, el ruido de la tapa del retrete al caer y después, el ruido del agua.

Yo no conocía al señor Ackerman, pero me acordaba de él porque lo había visto cuando embarcó. Parecía un hombre que hubiera sido tenista profesional en Hong Kong y hubiera pasado después a cosas más importantes. El Rolex de oro, la cadena de oro, la chaqueta de lino blanco y el pesado maletín de cuero con candados de combinación en todas las cremalleras… no eran típicos de un hombre que se encerraba en un cuarto de baño inmediatamente después de despegar y se quedaba dentro durante casi una hora.

Una hora es mucho tiempo, en cualquier vuelo. Esa clase de conducta despierta sospechas que, al final, no se pueden pasar por alto; sobre todo, si se está en el espacioso compartimento de primera clase de un 747, en un vuelo de cuatro horas con destino a Hawái. A la gente que paga tanto dinero no le agrada la idea de tener que hacer cola para entrar en el único cuarto de baño disponible porque en el otro ocurre algo evidentemente inquietante.

Yo era una de esas personas y, desde mi punto de vista, mi contrato social con United Airlines me daba al menos derecho a usar el minúsculo aseo con cerrojo en la puerta durante todo el tiempo que necesitara para asearme. Había pasado seis horas en la Red Carpet Room del aeropuerto de San Francisco, discutiendo con empleados, bebiendo mucho y esquivando oleadas de extraños recuerdos…

Cuando estábamos a medio camino entre Denver y San Francisco, decidimos cambiar de planes y seguir en un 747. Los dc-10 están bien para siestas y trayectos cortos, pero los 747 son mucho mejores para profesionales en viajes largos porque tienen un salón enorme, una especie de club con bar, sofás y mesas para jugar a las cartas al que sólo se puede acceder por la escalera de caracol del compartimento de primera. Implicaba el riesgo de perder el equipaje, y una espera interminable en el aeropuerto de San Francisco… pero yo necesitaba espacio para trabajar, para estirarme un poco y, quizá, para despatarrarme.

Mi plan nocturno consistía en echar un vistazo a todos mis documentos sobre Hawái. Debía leer memorandos, folletos e incluso libros (tenía El último viaje del capitán James Cook, de Hough; El diario de William Ellis y las Cartas desde Hawái de Mark Twain). Libros grandes y folletos largos: La isla de Hawái,Historia de la costa de Kona y Pu’uhonua O Honaunau, entre otros muchos.

–No puedes venir aquí y escribir sobre la maratón –me había dicho mi amigo John Wilbur–. Hawái es mucho más que diez mil japos corriendo por Pearl Harbour. Olvídate de eso… Las islas están llenas de misterio. Pasa de Don Ho y de todas esas gilipolleces turísticas… Aquí hay mucho más de lo que la mayoría imagina.

Maravilloso, pensé yo. Wilbur es un genio. Una persona capaz de dejar a los Washington Redskins para mudarse a una casa en una playa de Honolulú debe de saber algo sobre la vida que yo no sé.

Por supuesto. Abraza el misterio. Abrázalo ya. Cualquier cosa capaz de crearse a sí misma por una erupción surgida de las entrañas del Pacífico es digna de verse.

Tras seis horas de fracaso y confusión etílica, conseguí dos asientos en el último 747 del día que volaba a Honolulú. Ahora sólo necesitaba un lugar donde afeitarme, cepillarme los dientes y, tal vez, mirarme en el espejo y preguntarme, como de costumbre, quién me devolvía la mirada.

No existe ningún argumento económico posible en lo tocante a algún sitio genuinamente privado, de ninguna clase, en un artefacto volador de diez millones de dólares. El riesgo es demasiado alto.

No, eso no tiene sentido. Mucha gente ha intentado prenderse fuego en esos cubículos de hojalata. Sargentos mayores obligados a licenciarse antes de tiempo; psicóticos y adictos medio locos que se encierran en un aseo, se atiborran de pastillas y tiran de la cadena para intentar perderse por el largo tubo azul del inodoro.

El copiloto golpeó la puerta con los nudillos.

–¡Señor Ackerman! ¿Se encuentra bien?

Tras un instante de duda, llamó de nuevo. Pero, esta vez, con más fuerza.

–¡Señor Ackerman! Le habla el capitán… ¿Está enfermo?

–¿Cómo? –respondió una voz desde el interior.

La azafata se acercó a la puerta y dijo:

–Esto es una emergencia médica, señor Ackerman. Si es necesario, podemos sacarlo de ahí en treinta segundos.

El hombre volvió a hablar, y la azafata dedicó una sonrisa triunfante al capitán Goodwrench.

–Estoy bien. Saldré dentro de un momento.

El copiloto retrocedió y miró la puerta. Se oyeron más sonidos procedentes del aseo, pero sólo de movimientos y de agua.

Para entonces, todo el pasaje de primera clase estaba al tanto del problema.

–¡Saquen a ese anormal de ahí! –gritó un viejo–. ¡Podría llevar una bomba!

–¡Oh, Dios mío! –exclamó una mujer–. ¡Se ha encerrado con algo!

El copiloto se estremeció, se giró hacia los pasajeros y apuntó al anciano, que se había puesto histérico, con la herramienta.

–¡Usted! –bramó–. ¡Cállese! Yo me ocuparé de esto.

La puerta se abrió de repente. El señor Ackerman salió al pasillo y sonrió a la jefa de azafatas.

–Siento que hayan tenido que esperar. Ya es todo suyo.

El hombre se alejó por el pasillo con la chaqueta doblada informalmente sobre el brazo, pero sin llegar a cubrirlo del todo. Yo seguía en mi asiento y vi que el brazo que intentaba ocultar a la azafata estaba de color azul brillante hasta el hombro. Aquello me puso nervioso. El señor Ackerman me había caído bien al principio; tenía aspecto de compartir mis gustos… pero ahora me pareció problemático, y le habría dado una patada en las pelotas sin motivo. De mi primera impresión ya no quedaba nada. El chiflado que se había encerrado en el aseo durante tanto tiempo que el brazo se le había puesto azul ya no era el gentil capitán de yate, envuelto en lino, que había embarcado en San Francisco.

Casi todos los pasajeros se dieron por satisfechos al ver que el problema salía pacíficamente del servicio. Nada de armas, nada de dinamita pegada con cinta aislante al pecho, nada de incomprensibles consignas terroristas ni de amenazas de degollar a nadie. El anciano todavía sollozaba silenciosamente, sin mirar a Ackerman, cuando éste se dirigió a su asiento; pero los demás no parecían preocupados.

Sin embargo, el copiloto lo miró con una expresión de horror puro. Había visto el brazo azul, y también lo había visto la azafata, que ya no decía nada. Ackerman aún intentaba ocultar el brazo bajo la chaqueta de lino, de estilo safari. Nadie más lo había notado; o, si lo habían notado, no sabían lo que significaba.

Pero yo lo sabía, al igual que la azafata de ojos desorbitados.

El copiloto lanzó otra mirada fulminante a Ackerman, se estremeció con evidente disgusto, plegó la extraña herramienta y se alejó hacia la escalera de caracol que llevaba a la cubierta de vuelo. De camino, se detuvo a mi lado y susurró a Ackerman:

–Maldito canalla… Como te vuelva a ver en uno de mis vuelos, te vas a enterar.

Ackerman asintió con educación y se acomodó en su asiento, que estaba a la altura del mío, aunque al otro lado del pasillo. Yo me levanté a toda prisa y me dirigí al aseo con mis cosas de afeitar. Una vez allí, cerré la puerta y bajé cuidadosamente la tapa del retrete.

Sólo hay una forma de que un brazo se te ponga azul en un 747 que sobrevuela el Pacífico a once mil metros de altura. Pero la realidad es tan extraña y poco común que ni los viajeros más habituales han tenido que enfrentarse a ella… y, en cuanto a los pocos que la conocen, no es algo de lo que quieran hablar.

El potente desinfectante que la mayoría de las líneas aéreas usa en sus aseos es un compuesto químico de color intensamente azul, el Dejerm. Aquélla no era la primera vez que yo veía a un hombre entrando en el servicio de un avión y saliendo con el brazo azul; lo había visto con anterioridad, en un largo vuelo de Londres a Zaire, con destino al combate de Alí contra Foreman. Un corresponsal británico de Reuters había entrado en el aseo y, por algún motivo, se le había caído la llave del télex de Reuters en Kinsasa en el retrete de aluminio. Salió unos treinta minutos después, y se estuvo maldiciendo a sí mismo durante el resto del viaje.

Casi era medianoche cuando salí del aseo 1b y volví a mi asiento para recoger mi material de lectura. Las luces estaban apagadas, y el resto del pasaje dormía. Había llegado el momento de ir al salón de arriba y ponerse a trabajar. La maratón de Honolulú sólo iba a ser una parte de mi historia; el resto tendría que ser el propio Hawái, y eso era algo que ni siquiera me había planteado hasta entonces. Yo llevaba una miniatura de Wild Turkey en la bolsa, y sabía que había hielo de sobra en el bar, que a esas horas de la noche suele estar vacío.

Pero esta vez no lo estaba. Cuando llegué a lo alto de la escalera, vi que mi compañero de viaje, el señor Ackerman, dormía plácidamente en uno de los sofás, cerca de la barra. Se despertó cuando pasé a su lado, con intención de dirigirme a una de las mesas del fondo, y noté un destello de reconocimiento en su débil sonrisa.

Mientras pasaba asentí y dije:

–Espero que lo haya encontrado.

Él me miró.

–Sí. Por supuesto.

Para entonces, yo estaba dejando mis documentos en la enorme mesa de cartas, a tres metros de él. Ni sabía lo que había estado buscando ni lo quería saber. Él tenía sus problemas y yo, los míos: había imaginado que tendría el salón para mí solo, pero era evidente que el señor Ackerman pretendía pasar la noche en aquel lugar. Era el único sitio del avión donde su presencia no causaría revuelo. Y, como íbamos a estar juntos un buen rato, pensé que sería mejor que nos lleváramos bien.

Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez


*Fragmento del libro La maldición de Lono, editado por la editorial Sexto Piso, 2016. Agradecemos a la editorial por todas las facilidades para su publicación.