Por Héctor Villarreal

Familia devota

“El altar tiene tres años. Primero empezó la devoción por mi esposo, ya que había un altar en su trabajo, y ahí todos eran devotos”, explicó la señora G.P. a un reportero al que le abrió la puerta de su casa para mostrarle el lugar que tiene para culto a la Santa Muerte. En una de las fotografías publicadas se ve de medio cuerpo a la anfitriona cargando a la “Niña Blanca”. Junto con su marido, añade, quieren tener “más adelante” una Santa “de tamaño natural”. En otra foto, de un detalle del altar, se puede reconocer la fisonomía y peinado de fleco de ella. Es un retrato de cuerpo entero durante una de sus jornadas laborales: viste uniforme azul marino, botas militares, guantes y lleva una ametralladora M-16 colgada al hombro. Es policía.

Esto aparece en la revista Devoción a la Santa Muerte, en el número 9 de su “Colección de Oro”, Altares, que data de hace tres años. En la portada dice en letras grandes: “La fé [sic] y el agradecimiento se muestra en todo México”, y cita una decena de colonias del Distrito Federal donde “La niña blanca es venerada”. Una de estas es Magdalena Contreras y se refiere al altar en la casa de la oficial G.P., quien comenzó a “creer más” cuando una de sus compañeras de trabajo “estaba bien mala”, entonces “la Santa entró” a su casa “y a las tres horas ya no tenía nada”.

Doña G. comenta que sus hijos “creen en ella”. Su mamá no es devota, “pero sí la respeta mucho”. Y de parte de su esposo “sus sobrinos ya son devotos, y sus hermanos también se están convirtiendo”. En otra fotografía de un detalle del altar, entre las ofrendas, pueden verse los retratos de quienes puede suponerse que son su esposo y sus hijos. Él viste camisa azul y el flash relumbra sobre su placa de la Secretaría de Seguridad Pública del Gobierno del Distrito Federal. Es el oficial A.A.

Al día de hoy, la revista citada tira semanalmente 25 mil ejemplares que se distribuyen en todo el país. Y no es la única de su tipo.

El Evangelio de La Santa

Es como cualquiera otra misa católica. Sólo que al llegar a la homilía (sermón), el obispo  reflexiona sobre el Evangelio con referencia a La Santa. El templo es una casa adaptada para el culto en la calle de Nicolás Bravo, número 35, en la Colonia Morelos, más cerca de la Candelaria de los Patos que de Tepito. La asistencia dominical parece integrada por los vecinos del rumbo y no llegan a una centena. Son familias con niños pequeños, ancianas… nadie que parezca algún miembro de un cártel, un sicario o alguien por el estilo. Algunos llegan en carros más o menos viejos; ninguno de lujo.

Monseñor David Romo insiste en las bondades de La Santa, en los frutos positivos para quienes le piden: dinero, salud y tranquilidad. Da testimonio de una experiencia que tuvo recientemente. Fue de compras y a nadie más que a él le hicieron un descuento que no pidió, por lo que le alcanzó para tres cosas cuando había pensado que sólo sería para una. Esto lo atribuyó con toda seguridad a la voluntad de La Santa. Aseguró a los parroquianos que ella los puede ayudar a tener dinero, salud y tranquilidad, que nunca regresarán a su casa sin al menos un peso, que les va a conseguir aunque sea para el microbús. Con molestia deploró que en días recientes fueron derribaron altares de La Santa en Nuevo Laredo por parte de miembros de las fuerzas armadas.

El altar es pequeñito. Hay una cruz sobre la mesa de consagración, pero atrás no hay un Cristo, sino un San Miguel Arcángel. Y al lado, una guadalupana. A la derecha hay un corredor que da a las habitaciones de la casa y al fondo está el altar de la Santa Muerte adornado sólo con flores. Es la Iglesia Católica Apostólica Tradicional México-Estados Unidos, similar a la Romana y sin registro ante la Secretaría de Gobernación. Por no depender del Papa, su (autonombrado) obispo se da la libertad de incorporar en su liturgia una creencia popular como la de la Santa Muerte y de evangelizarla. Quienes no llegan con veladora de La Santa, pueden (o deben) pasar a comprarla con una señora que las vende junto a unas gallinas enjauladas o con una joven que atiende un mostrador con productos devocionarios. Monseñor Romo ora y va guiando a todos a “limpiarse” con la veladora para protegerse de cualquier hechizo. Al final riega con abundante agua bendita toda la parafernalia de La Santa que la gente lleva para proteger sus hogares.

La Santa está presente

“A la bio, a la bao, a la bim bom ba, La Santa, La Santa, ra, ra, ra”. Aplausos, mariachi, “se ve se siente…” Una pequeña verbena se realiza luego de rezar el rosario. Aunque había partido de fútbol de la Selección Nacional, tal vez fueron tres o cuatro mil personas las que se congregaron en la calle Alfarería, en la Colonia Morelos, como desde hace más de siete años se hace frente al número 12 cada noche de primero de mes. El altar (no parroquia, como equivocadamente dicen algunas fuentes periodísticas) forma parte de la fachada de la casa de la familia Romero, como si fuera un ventanal. Doña Queta, con micrófono en mano, es la responsable de guiar el rosario y las oraciones a La Santa durante casi una hora: “Santísima Muerte: creo en ti porque eres justa, lo mismo te llevas a un joven que a un viejo, a un rico que a un pobre”. Tomados de las manos y con la cabeza inclinada, todo lo que se le pide es para el bien: salud, trabajo, armonía en el hogar, protección contra el mal.

Es un acto sinceramente comunitario. El ambiente es cordial y respetuoso, eminentemente familiar y con mayoría de mujeres, aunque uno que otro asistente gusta fumar cigarros forjados por sí mismo que comparte con sus amigos, y no faltan quienes no pueden separarse del trapo con solvente.

Las imágenes de la Santa se han vuelto muy personales. No hay dos iguales. Cada quien le da un arreglo particular: una lleva alas como de ángel; otra, el manto cubierto de dólares; una más, con monedas doradas, por ejemplo. Las hay de todos tamaños y colores. Desde las que requieren un vehículo para ser transportadas, hasta las que llevan niñas pequeñas en sus mochilas. Otros gustan mostrar sus tatuajes en el tórax y brazos.

En la misma casa se ha habilitado una accesoria. Es una tienda que abre diario, en la que se venden amuletos, escapularios, pulseras, medallas, libritos, imágenes… Todo de la Santa Muerte. Pero lo más importante, lo que más se vende, son las veladoras. Un treintañero, por ejemplo, pide en voz baja “una para la potencia”; una señora, “para la salud” y así toda la gente que va llegando. Algunos llevan la veladora a su casa y otros la dejan encendida frente al altar, tras haberse limpiado con ella.

Santamanía

Los altares en la vía pública están, poco a poco más puntos de culto en la vía pública. El que está en la calle Vértiz, en la Colonia Doctores, es uno de los más interesantes y conocidos, porque La Santa comparte el espacio con Malverde, donde, curiosamente, una cartulina dentro de la vitrina advierte: “No deje nada afuera porque se lo roban”. Otro altar en un espacio público es el construido en un jardín en la calle Matamoros casi sobre Paseo de la Reforma. Las tiendas de productos esotéricos se han vuelto importantes en la propagación del culto a La Santa. Algunas se especializan en ella. Inclusive en el Pasaje Catedral —que va de la calle Guatemala a la de Venezuela, lleno de tiendas de productos para la liturgia católica— ya hay un local con imágenes de ella. Nada destaca más en todo el pasaje que una enorme y voluminosa Santa que tienen en la entrada.

Si bien hay expresiones públicas de culto, éstas no nos  dan una idea de la verdadera dimensión, amplitud, variedad o extensión de él, puesto que se realiza mayoritariamente en privado o de manera discreta, no depende de jerarquías, organizaciones ni normas. Se propaga de manera viral, rizómica. A fin de cuentas se reduce a tener un altar en la casa o en el lugar de trabajo. Ahí, rezarle y ponerle ofrendas. Para su propagación es determinante la recomendación de alguien cercano, como un compañero de trabajo, un familiar o un amigo. Especialmente a partir de la supuesta constatación de que reciben un beneficio, de que hay respuesta positiva a una petición, como puede ser la sanación de un enfermo.

El culto no quiere sustituir al catolicismo ni competir con él ni oponérselese. Por el contrario, trata de sumársele. Independientemente del canon institucional eclesiástico, para los devotos no hay conflicto ni incompatibilidad alguna. En un país con tanta injusticia y necesidad de esperanza, a este culto nadie lo va a parar. Si la única certeza es que todos vamos a morir. Cuándo y cómo es posible transarlo, como hacía Macario en aquella vieja película que retrata tan bien esta mentalidad que persiste.


*Esta crónica forma parte del libro Crónicas de un televidente, editado por Producciones El Salario del Miedo (2016). Agradecemos al autor por la facilidades para su publicación.