Por Rogelio Garza

Ámsterdam es el Reino Aventura de los pachecos. El viaje hacia esta tierra prometida fue más largo y extraño que el disco Live Dead de Grateful Dead. ¿Quién se iba a imaginar que el tren perfecto fallaría de noche entre Alemania y Holanda en medio de un bosque encantado? Allí estuvimos más de cuatro horas sin energía eléctrica, pura iluminación de la mente. En el compartimiento íbamos un perforador colombiano con la cara engrapada, una estudiante alemana con ánimo de tirarse por la ventana, y yo. Logramos alcanzar nuestro destino a las dos de la mañana y tan pronto como llegamos a la Meca de los grifos se nos quitó el sueño.

Me despedí de los psiconautas al bajar del tren y antes de buscar hotel tuve que aplicar la primera recomendación del manual del buen viajero: desafanar sin miramientos a un cuate que trató de sacarme dinero. Al salir de la estación cruzas la primera avenida, como si atravesaras una línea de la imaginación y decenas de hotelitos de distrito rojo te abren sus puertas dándote la bienvenida. Era la entrada a la mítica ciudad prohibida, el universo bicicletero de fauna nocturna, excéntricos y turistas.

Los hoteles se veían de la misma categoría, una estrella, a lo mucho dos, así que elegí uno que me gustó por sus colores rojo y negro con un letrero blanco encendido: el Centraal. Y creo que escogí el peor de todos. Era un hotelucho de ésos a los que entras con la navaja en una mano para mantener distanciado a cualquier sospechoso, incluyendo al gerente en la recepción que parecía asesino: flaco, pálido y ojeroso, siempre desgreñado, con la misma camisa verde y un palillo en la boca. Cuando me registré supo que era de México y le hizo gracia. Cada vez que nos veíamos me apuntaba con los dedos en forma de pistola y decía sonriente “Heeey, amigo”, antes de tronar la boca.

El cuarto era tan chiquito que sólo cabía yo sin la mochila. Tan caro como si fuera el Four Seasons, pero viejo, mugroso y pulgoso como el disco Skull ring de Iggy Pop que conseguí en Suiza. Había una cama chueca, un lavabo y un foco triste. Todos los pecados cometidos y los vicios imaginables habían dejado su olor impregnado en las paredes y el colchón. Era imposible quedarme quieto, así que aventé la mochila sobre la cama, atranqué la puerta y salí a dar una vuelta.

Eran las tres de la mañana pero el hervidero en la calle era el de las tres de la tarde. En el Distrito Rojo el cansancio se esfuma por arte de magia. Ni polvos ni pases que circulan en las esquinas, basta dar unos pasos y qué es lo primero que te encuentras? Una coffee shop. Así de rápido te matan la ilusión de buscar y olfatear el material. Deberían esconderlos como los easter eggs, que la emoción de buscarlos fuera más grande que la de encontrarlos. Por eso decidí entrar al segundo o al tercer establecimiento, para hacerla tantito de emoción, pero alzas la mirada y los letreros de sex y coffee shops se amontonan en la calle al igual que las bicicletas. Es un horizonte nocturno en el que brillan los nombres de sitios para fumar, comprar sexo en todas sus presentaciones, beber y comer pizzas y pasteles. Ves el cielo brillante, iluminado con letreros de neón que parpadean y te seducen con sus guiños. Por eso dejé este lugar al final de la travesía, para no quemar todo el dinero desde el principio. Seguramente había una bicicleta esperándome. Sin duda encontraría el tipo y la talla de gallo que me gustaba. Y una pizza del tamaño de mi hambre para el monchis time. ¿Alguna vez has soñado con tu país de las maravillas personal? Pues así me sentí al principio en Ámsterdam, en una ciudad a mi medida.

No salía del asombro cuando dos putas me abordaron. Una de ellas se acercó y me restregó sus enormes tetas. Del asombro pasé al apendejamiento, nunca me había dirigido la palabra una mujer tan alta y atractiva. Era de una belleza metálica increíble, imagina que de repente estás metido en alguna película de ciencia ficción heavy metal dirigida con las nalgas. Sólo pude balbucear algo que no entendí, pero ella sí y se alejó. Clo clo clo, hacían sus tacones. Too much para empezar, yo sólo buscaba a la Dulce María, ella sí sabía tratarme bien.

Pero de pronto tienes la impresión de que todo es una puesta en escena que se repite puntualmente cada noche, un simulacro como los que montan en Disneylandia y en Las Vegas: Mimi, Daisy y Marylin desfilan ataviadas para el sexo, los vendedores de dulces expenden sustancias en las esquinas, hay peep shows y coffee shops que abren sus puertas y se llenan de turistas, divertidos con todo aquello que en sus países está prohibido o es mal visto. Las atracciones se llenan a reventar.

Te sientes en un parque de diversiones más que de perversiones, recubierto con un brillo mágico artificial, un glow que no existe en sitios sórdidos como la zona roja de Zurich que cruzamos en bicicleta. Este brillo de insectronic atrae a los turistas como si fueran mosquitos perdidos en la oscuridad, los holandeses ni se paran por aquí. De los cuatro puntos cardinales arribamos oleadas de visitantes para conocer en los hechos, en persona, en vivo, la fama y la fuma de Ámsterdam y sus chicas en vitrinas.

Naturalmente, la entrada de divisas por concepto de turismo sexual y pacheco debe ser alucinante. Mi primo Mauricio me comentó que si quería tener una idea del nivel y la calidad de vida de un país me fijara en los taxis, aquí son puros Mercedes. Los turistas abarrotamos cada cuarto de hotel, cada mesa de restaurante y cada barra de bar. Al dinero le salen alas con turbo, literalmente se te esfuma entre las manos. Satisfecha la curiosidad de entrar a una cafetería donde te ofrecen el menú con quince variedades de yerba hidropónica y otras tantas de hash, en la que puedes sentarte a forjar y a fumar tranquilamente a tus anchas sin ser molestado mientras disfrutas una taza de café, lo que me faltaba era pedalear una bicicleta a través de los canales de la  ciudad.

Al día siguiente, renté una gran bici roja. Era una Dutch bike con una placa redonda al frente que decía: Amsterdam, the city of bikes. Me sentí un personaje que pedaleaba entre las páginas de un cuento. A leguas se notaba que era un ciclo turista más verde que un marciano. Atravesé una ciudad fantástica por las calles y los puentes que serpentean entre los canales hasta llegar al mar. Tenía planes de ir a cuanto museo se me atravesara en el camino y empecé a dar el rol hasta llegar al museo del sexo, al del cannabis, al del erotismo y al de los tatuajes. Pero dediqué días enteros para conocer con calma y sensibilidad pachecas el museo Rijks, el Rembrandt y mi objetivo principal, el Vincent van Gogh. Una tarde salí fascinado de este lugar, estaba ido de la mente después de contemplar La habitación de Vincent, y recordé una frase que leí hace muchos años: “Van Gogh fue el artista que inventó el amarillo”. Eso ameritaba un toquecito.

Los sitios para fumar se distinguen porque son temáticos, entonces entré a uno que simulaba el fondo del mar, el Dolphins Coffee Shop. Me senté detrás de un ventanal azul a disfrutar un expreso doble e inspirado por los grandes maestros de la pintura forjé una obra de arte monumental con yerbas (white widow, vulkania) y hash. Luego pedí una coca cola para despegar con dulzura. Por algunos segundos dudas que todo aquello sea real. Es curioso ver cómo te despachan el hash, lo cortan de unos bloques que parecen ladrillos y lo pesan en presencia del cliente. También te venden hasta cinco tipos de hongos psicoactivos de diversos confines (México, Hawai, Rusia), son dosis empacadas y refrigeradas con la etiqueta fresh of the day.

En una vitrina exhibían peyotes de cinco y diez años, iluminados con luz negra para hacerlos brillar. Le pregunté sobre ellos a la rubia que atendía el mostrador y me explicó el tema de las esporas. Empezamos a platicar sobre eso, le comenté que conseguir en México estas plantas de conocimiento implicaba esfuerzos y riesgos legales, que el consumo tradicional estaba reservado para los indios y sus fines eran espirituales; aquí, en cambio, las encuentras a la venta con fines recreativos y un instructivo sobre sus efectos. La rubia escuchaba divertida: “Oh, yeah, Don Juan, I like that”. Y entre risas me ofreció un té de hongo que fui sorbiendo lentamente mientras escuchaba la música marina que ella ponía atrás de la barra. Allí me quedé un tiempo indefinido, navegando en el océano de la mente y viendo pasar frente a mis ojos seres imaginarios con aletas, escamas y tentáculos. Horas más tarde la rubia me sacó de las reflexiones en las que estaba sumergido: iban a cerrar en unos minutos. Pagué el colocón, nos despedimos muy sonrientes y prometí volver. Al salir monté la bicicleta y empecé a pedalear sin rumbo, olvidé entregarla a las cinco de la tarde y pagaría caro el avionazo, pero a esas alturas era como un Pathfinder en el Planeta Rojo. Esa noche me di cuenta de que andar en bicicleta es caminar en el aire y volar con los pies. Se me ocurrió entonces que la bici es el vehículo perfecto para la locura.

El foco del cuarto empezó a hundirme en una penumbra amarilla y la única ventana se abría hacia un cubo de ventilación oscuro. Una mañana se nubló y empezó a llover desde temprano, mal presagio, pasé dos días en bici y caminando bajo una lluvia suave. Las horas felices se agotaban y un par de días antes de emprender el regreso empecé a sentir una angustia que se deslizó lentamente hasta convertirse en agonía. El tiempo del goce estaba a punto de extinguirse, lo sentía apagarse como los fuegos artificiales después de iluminar la noche. Todo negro otra vez. Si me quedaba a vivir en Ámsterdam cambiaría de residencia; pero vivir aquí, allá, en donde sea, está cabrón. ¿En dónde no?, ¿acaso existe algún lugar en el mundo donde no esté cabrón? Piensa en cualquier lugar del planeta… por alguna razón u otra, ahí está cabrón vivir.

Volé de regreso a México. Fue como un gran sueño porque casi todo el tiempo estuve dormido y desperté todavía en las nubes. Por eso, antes de arribar a la terminal camionera disfrazada de aeropuerto internacional y estrellarme contra la realidad de la ciudad, apreté el botón para suavizar el descenso y escuché un disco clásico entre los clásicos, un gran final sinfónico para que el aterrizaje fuera glorioso: Eldorado de Electric Light Orchestra. Recordé a los buscadores del mítico lago Guatavita en Cundinamarca, pero sobretodo a los personajes de Ahí viene Cascarrabias, volando en el coche-globo hacia países remotos en busca de la llave de cristal, escondida en la Cueva de las Orquídeas Susurrantes. Nunca encuentran la cueva ni la dichosa llave con la cual podrán liberar al reino de la Princesa Amanecer, pero conocen lugares y seres insólitos en cada viaje. Acá esperaba encontrar el lugar ideal para vivir, al menos regresar con la mochila llena de soluciones y no fue así. Además, nuevos problemas y fantasmas vinieron a esperarme al aeropuerto, sonrientes y con los brazos abiertos. Pero lo viajado ya nadie me lo quita.


*Crónica que forma parte del libro Zig Zag, lecturas para fumar, editado por la editorial Rueda Libre. Agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.