Por Víctor H. Concilión

“La genialidad es veinte por ciento de inspiración

y ochenta por ciento de transpiración”.

I

En el llamado genio está inmersa la abundancia, el exceso y las casualidades creadoras sin sentido. Es el inicio de la distinción que radica en perfeccionar un estilo a partir de la versatilidad. Es la locura que encierra el dolor y la sangre derramada por el creador: es el duende descrito por Federico García Lorca en una de sus más grandes conferencias titulada Juego y teoría del duende: “el duende hiere, y en la curación de esta herida que no se cierra está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre”.

El duende inserto en el ADN del artista es el motivo trágico por el cual se mantiene sostenido en el dolor, en la necesidad de seguir siendo su propio guía ante las implicaciones que esto conlleve: su carga sometida al designio de la expiación será siempre un peligro que lo pueda llevar a un desenlace fatal (la muerte), sin embargo, será este mismo (y posible) fatalismo el que le muestre el camino de la gracia, de lo diferente y lo perpetuo en el arte, será su propia herida todavía abierta la que posibilite su destino como creador y corrector de sus propias manifestaciones artísticas: el duende que ronda su cabeza, su alma y sus pensamientos son el estilo y la distinción, su obra y sus mecanismos de creación. Su propio universo.

II

Oligofrenia, palabra de bastante peso significativo: “Deficiencia mental: nivel intelectual significativamente inferior al normal”. Paradoja. Ironía. Escribir también es a veces tomado como algo muy inferior a lo normal.

III

Me quedé en un estado de momentánea extrañeza ante la computadora: escribir escribir escribir. Escribir algún par de párrafos de un nuevo ensayo relacionado con algunas que otras enfermedades mentales de los escritores contemporáneos, entre ellas, el lumpenismo. Roberto Bolaño aludía a una especie de pobreza mental percibida en ciertos escritores, los cuales mostraban un extraño comportamiento infantil en su desarrollo. Digamos que una enfermedad de los escritores principiantes, los cuales tienden a ser considerados torpes, rebeldes y apartados, llenos de esnobismo, perfectamente identificados con la falsa manía de querer ser dentro de un cauce literario siempre al alerta ante cualquier posible inclusión nada conveniente a sus necesidades sectarias.

No obstante, fanático o experto, principiante o virtuoso, las exigencias serán equivalentes. Rainer Ma. Rilke expresa al joven poeta: “El arte exige lo mismo a los más sencillos fieles que a los creadores”. Todo resultante formará parte de una necesidad expresiva originada en la motivación personal respaldada en un proceso.

En su novela Verano el escritor sudafricano J.M. Coetzee formula la siguiente máxima: “El estilo es el inicio de la distinción”. Y para llegar a la mera distinción señalada por Coetzee: hay que pulir nuestras manías sustentadas en el furor de los casuales tropiezos de la escritura, procurar mantener la calma y no buscar la gloria antes de tiempo, escribir hasta concebir una particular sustancia que podamos considerar adecuada después de un proceso oportuno.

Escribir para nosotros mismos en un inicio alentador cuando nadie nos escucha. In sich selbst sprechen (“hablar [o escribir] para sí mismo”). “Escribo pero no entiendo lo que escribo. Los demás comprenden. Yo no. Esos otros observan la sublimidad dentro de la posible grandeza. Yo solo tiendo a percibir una mediana posibilidad de escritura. No entiendo lo obviamente sublime o ellos no ven lo perfectamente normal de una escritura menor. Yo solo escribo lo que soy y nada más”.

Al final se sigue desarrollando un estilo propio aunque no necesariamente original que pueda establecerse a base de mecanismos internos propios pero sustentados en grandes referentes posibilitadores que resulten en un estilo propio ajustado a las posibilidades creativas: también ser plenamente conscientes de los alcances de nuestra escritura para no caer en la comoda situación del descanso eterno: caer en él significaría hundirnos en “[…] un riesgo de autocomplacencia, y una vez que [se] cae en ella, el escritor puede darse por perdido”; así lo señala el escritor norteamericano Paul Auster en su texto A salto de mata: Crónica de un fracaso precoz, donde nos narra sus primeros alcances de escritor primario frustrados muchas veces por las circunstancias de la vida y donde el elemento sustancial es la supervivencia.

Pero si la sustancia que evoca escritor es solo trazar un camino en cualquiera de sus circunstancias tendrá solamente que escribir en su individualidad, sin ningún mecanismo informe llamado musa que posibilite la escritura: la inspiración no existe cuando de escribir se trata. Solo escribir cuando se deba escribir, pero escribir dentro de un marco que pueda posibilitar la misma escritura, una especie de experimentación que en su desenlace genere suministros sustentables de creación y no estériles motivaciones de escritura. No esperar el auxilio de los espíritus del bosque para generar invenciones. Hay que escribir sustentando la técnica personal a través de alcances ciertamente conocidos para no caer en la iluminada pasión que una noche febril pueda entregarnos.

Desde la perspectiva del gran escritor norteamericano William Faulkner “Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación, y a veces una sola, puede suplir la carencia de las otras”. Y en relación a la inspiración nos dice: “No sé nada de la inspiración porque no sé qué es…he oído hablar de ella, pero nunca la vi”.

Ya nadie se cree el cuento de la “inspiración” como impulso creador, pero si existe, tiene que estar relacionada con la rectitud y el esfuerzo, con el conocimiento y las herramientas de quien efectúa una maniobra de escritura.

Mario Bellatin formula en su novela La jornada de la mona y el paciente el siguiente juicio: “No se puede escribir más de lo que se está escribiendo […] La escritura no puede escribir más que de lo que escribe”. En total acuerdo e independientemente de la llamada flama de inspiración, debemos ser cautos a los verdaderos alcances de la escritura: siempre es posible el surgimiento de una libertad creadora que desde y por la individualidad de las ideas del escritor se amplíen las infinitas posibilidades sin necesidad de los llamados soplos divinos.

Y escribir en un buen comienzo.