Las densas noches de Robledo

Por Héc Alba S.

Esta es la zona roja, dijo mi abuela nomás bajamos del camión, un destartalado minibus que escupe gente por la puerta trasera como humo por el ruidoso mofle. Yo, un imberbe de apenas ocho años, ni siquiera entendí a qué se refería con el tal término. Y como si un pinche diablo nos amenazara, que me jala del brazo la madre de mi padre y nos escabullimos por una callejuela repleta de gente viendo el piso mugroso para entrar al espléndido mercado San Juan De Dios. Así, de imprevisto y, como el acto de arrancarse una costra, rápido y sin demora, conocí a esa tierna edad lo que años después reconocí como el sitio donde las pasiones más repulsivas (aceptémoslo, un panzón borracho penetrando por el ano a una prostituta drogada, fuera de sí, en una habitación impregnada de tufos varios y el piso pegajoso, no tiene nada de romántico), tienen lugar. La famosa zona roja.

¿Y por qué les cuento estas mamadas? Pues porque justo le acabo de pagar seiscientos pesos a una chica (ella todo el tiempo estuvo en el asiento del copiloto), mientras de reojo, a pocas puertas de donde estoy estacionado a mitad de la noche protegido por las sombras de un árbol infestado de chinches, veo cómo otra tipa le grita de obscenidades (ella está en la ventana de un cuartucho en una planta alta), con los senos al aire, sin sostén, a un borracho que acaba de devolver lo último que se metiera entre espalda y pecho en el bar de donde saqué a esta puta (y esta serie de eventos me hizo recordar mi fugitivo paso de niño por esta misma calle). ¿Y qué chingados hago yo con una prostituta? La verdad algo muy jodido son las bifurcaciones en los caminos de los hombres, y el destino es un cabrón que se la tiene jurada al mundo entero.

Estaba sentado frente al profesor, era el último semestre de periodismo, y me estaba acomodando una pinche regañiza que te vas de hocico. Que si era pendejo o me hacía el pendejo, que si nomás por pura moda me había decidido por esa carrera o qué chingados, y, como si no fuera lo suficientemente humillante el tono de voz, el cincuentón, otrora época editor venido de más a menos de la revista Proceso (ahora un patético profesor alcohólico en vías recuperación) atacaba el escritorio como un pinche loco a las cucarachas de su cabeza. Cabizbajo, alcancé a notar el enrojecimiento de las palmas de sus manos. Total, el chiste es que la verdad me causaba un gran pavor morir en manos de los delincuentes de cuello blanco por cubrir notas “sensibles”, ser asesinado en un hotelucho barato, degollado en el sur del país por órdenes de algún presidente municipal o simplemente engrosar las cifras de periodistas asesinados en México, además que poco a poco los medios impresos pierden terreno contra la imparable bestia digital y cosas como esa y, más importante todavía, el puto profesor no invitaba a mejorar como estudiante ni como persona, se la pasaba, la verdad, chingando gente (qué otra cosa esperaba él si en lugar de inspirarnos para ser baluartes de la prensa escrita nos daba vergüenza verlo a punto de morir de cirrosis…). Pero me titulé, la tesis no resultó el vómito que él pensaba y, para mayor sorpresa, no tardé mucho en conseguir entrar a las filas del periódico El Informador. Me despertaba todas las mañanas el mostrar la verdad, sacar a relucir la basura de quienes abusan del pueblo y ser portavoz de los oprimidos (qué romántico pensamiento), pero hace mucho de eso y hoy, apabullado por la vida, las pinches subidas y bajadas y la mierda que he visto, me llevaron por derroteros insospechados. Y heme aquí, abrochándome los jeans deslavados, recordando a mi abuela correr desaforada por las calles de esta colonia meada de Guadalajara y sintiendo pena por quienes han terminado aquí ya porque no les queda de otra, porque pensaron que así saldrían de pobres o porque algún gandul, las más de las veces, las obligara. Chingada madre, en un principio la aventura por desentrañar la porquería que rodea, y permite, el negocio de la prostitución no me parecía capaz de tragarme como, a la postre, hará. Y me escupirá, la muy bastarda, como un gargajo de pedo cuarentón y putañero.

Un fotoperiodista, Javier, me platicó, mientras tragábamos caballitos de tequila y botaneábamos pretzels en una chupitería de los alrededores de Chapultepec, que poseía una serie de “fotos que te cagas”. En sus palabras (a él que posee al menos un premio por sus fotoreportajes escribe con las patas, le valen madre los acentos y las comas un chupito de aguardiente): había encontrado “con los pantalones en los tobillos a un cacagrande de la polaca y que si se le antoja lo hunde en la mierda al muy ojete”. No mames, Javier, ¿y por qué no lo haces?, le pregunte, haciendo un gesto al beber José Cuervo como si mi garganta fuera de PVC. ¿Pues por qué crees que no, cabrón? Estamos en la gloria aquí sin comunicadores balaceados como que para un pendejo como yo invite a que la casta política empiece a hacer abuso de sus poderes. Imagínate que me hago de huevos, me armo un reportaje y publico estas chingadas fotos en donde se animen y me paguen mejor: ¡me carga la huesuda, güey!, nomás eso pasaría. Acuérdate de ese cabrón en la Narvarte, pinche Robledo (al Javier le da por llamarnos por el primer apellido). No, si no creas que no me la he pensado, pero por algo tengo todavía esas fotos…

Y se calló, no porque no quisiera seguir hablando, sino porque una mesera, con unas piernas dignas de una luchadora de MMA y un generoso escote acababa de arribar a nuestra húmeda mesa con una ronda de Coronitas bien heladas. Lamiéndose los labios, como un niño gordo frente a un heladero, el Javier le dijo que si no le antojaba sentarse en su regazo para que le contara un cuento… Yo nomás me reí para adentro: con sus cincuenta años encima, su odio (imposible de ocultar) hacia el sexo femenino, el terrible afán de ningunear a medio mundo y su serio problema de halitosis (le apesta lo indecible el hocico), lo menos que podía recibir como respuesta de la hermosísima camarera fue una cachetada y que le derramara la primera cerveza en las pelotas. El dueño del bar, acostumbrado a esas demostraciones de afecto del buen Javier no nos sacó de allí porque siempre paga lo que se chinga. Y vaya si traga mierda ese cabrón.

Para mí que es puro argüende, Javier, si las tuvieras algo habrías hecho ya con ellas… Vete a la chingada, Robledo, tú y tu puta madre pueden irse a la chingada, me interrumpió mientras secaba su regazo (donde soñara, segundos antes, agasajarse a la mesera). Si te lo dije fue porque se me subieron las copas, por hocicón me pasa esto. ¡Ahora hasta collón, cabrón, y mentiroso! Mira, Robledo, aunque te suene mamón esto veo que no eres como los demás escuincles agarramicrófonos y cagacámaras: eres objetivo, se te notan las ansias de contar la neta, sin tapujos, y péguele a quien le pegue, te ves con huevitos, Robledo, pa´que me entiendas. Si te invité a pistear no es porque me caigas bien y ya, fue porque la neta me trae frito el asunto ese de las fotos que tengo en la casa y que se hagan de la vista gorda con el pedo de la prostitución. Por mí que no haya sanciones contra las sexoservidoras, total, es la actividad más antigua, y no me dejarás mentir, no hay a quien no le apetezca echarse un palito de vez en cuando pero no tiene con quién y ni modo de meterlo al bote por calenturiento. ¡Meterías a medio pinche mundo, cabrón! Todos le entran, y lo peor es que ya vieron que sí se saca un buen varo con las nalgas…

Dando traspiés, cargando una cámara, con su lente y las pilas y el cablerío, salimos de la chupitería, el Javier y yo, rumbo a su casa. A su Sanctosantorum, ni más ni menos. Yo, incitado por la palabrería, que me dejaba anonadado, y él por quitarse un peso de encima y pasarle la bronca a alguien más. Total, me regalaba sus pinches fotos si yo le ponía una historia con fuerza. Y, para callar al pinche profesor, que valdría más de chafirete en el DF, pues yo le dije que le entraba al asunto.

No pasaron más de tres semanas desde que viera, sentado en un colchón apestoso, aquellas imágenes donde un par de mujeres complacían a un regordete, una con la boca, la otra tenía un dedo dentro de las carnes del diputado, cuando me vi inmerso en el submundo del sexo. Los peores bares frecuenté, en cuantos moteles entré, hasta con un taxista me asocié y ya tengo en mi lista de contactos, algo que a mi novia le disgustaba, a quince prostitutas, de las cuales diez estoy seguro quieren dejar ese negocio, las demás es muy probable que nomás estén dándome información errónea, falseando evidencia o buscan decirle a sus respectivos chulos que un cabrón anda haciendo preguntas fuera de lugar. Sé que me metí en un pedo desde un principio, pero es tal el sufrimiento de las pobres mujeres, tal la vejación que sufren en manos de la borracha clientela y sus patrones, que preferiría morir en manos de quien las maneja tras haber sacado a la luz la basura, que simplemente darme la media vuelta y callarlo. Algo tengo de ético, de moral, algo de valores, y algo de tonto.

Llegaba tarde un día y los otros seis también. Dejaba que entrara el buzón de mi móvil a cada rato y no contestaba mensajes. No podía dejar que se pusieran nerviosas mis informantes si, a las dos de la mañana, contestaba una llamada ni mucho menos. Y esto encabronó demasiado a mi chica. A mi ex. Valiéndole madres mi situación, no andaba de cabrón, bueno, es difícil ponerlo de esta manera si grababas una conversación, o tres, en un cuarto de motel en pleno centro de Guadalajara y llegas a la casa oliendo a crema barata de avon. Yo, con el anillo de compromiso pagado y apalabrada la pedida de mano con su familia, me quedé de a seis cuando se largó para no volver. Mierda, que si porque no trabajaba, que si porque trabajo demasiado. Y me di a la bebida, chingado. Estando en esos ambientes, lo peor que puedes hacer es eso. O meterte drogas duras. Y pues mi ánimo decayó, como los pantalones a los tobillos de aquel cabrón y ni cómo evitar cometer la tarugada.

La foto que tengo en mis manos apenas permite ver el perfil del cabrón aquel (pero ni cómo decir que está retocada, y como ese cabrón no hay dos), en el fondo está una camioneta, sin placas, último modelo, con los vidrios entintados, típico vehículo de guardaespaldas. La chica que está agachada, con las manos en las nalgas del satisfecho cliente, es “Dayana”, me costó uno y la mitad del otro mes, dar con ella. Por cinco mil pesos accedió a una entrevista (justo el valor del anillo); la segunda “ni de pinche broma se prestaba a esas pendejadas”, sus palabras. Lo único que me dijo, antes de agarrar un billete sudado de quinientos pesos, fue que no le anduviera haciendo al vergas, que me iban a cargar un muertito, o a meter unos plomazos si andaba metiendo las narices donde no debía. Hoy, un año después de aquel encuentro, no he sabido nada de ninguna de las dos.

Dayana me enlistó una buena cantidad de identidades: policías, comandantes (y no es jalada, chiquito, me dijo “Dayana” una densa noche, el mismo jefe de la policía frecuenta estos arrabales). Cobro de piso, mordidas, que si no alcanzaban la cuota se cobraban con cuerpomatic y más bellaquerías escribía en mi desgastada Samsung de diecisiete pulgadas, editaba, quitaba datos, volvía a poner. Total, así es esto del periodismo, a quien no le guste la idea de aparecer en la primera plana que no se ande con chingaderas.

La foto, la que me regalara Javier, ahora no recuerdo dónde la puse la última vez, antes de mandar todo a impresión, la veía hasta en pesadillas. Me he vuelto más nervioso, creo que visito más esa callejuela que conociera de niño, que una viejita el templo del santo de su preferencia, y no por buscar satisfacción sexual, sino porque tengo el presentimiento que (una vez la gente vea de primera mano que quienes “atacan” la prostitución son quienes, bajo ese velo siniestro que es la ilegalidad, la fomentan y le dan vida, por abajito del agua), corro menos peligro justo entre los dientes del lobo que, una tétrica noche en plena zona roja, dejó que le metieran la mano. Si ese parásito, a quien tanto escozor causa al buen Javier, quien ya huyó a otras tierras por temor a represalias, ha de matarme, que sea en su propio traspatio.


*Este relato forma parte de la edición impresa Clarimonda #36: Zona Roja, que en próximos días estará a disposición del público y con la que celebraremos nuestro 12° Aniversario.

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