Por Mauricio Bares

Ni este país ni esta ciudad tienen mucho que ver con las imágenes que de ellos vemos en la televisión: calles pulcras y despejadas, cielo azul, güeros buena onda divirtiéndose en un territorio paradisiaco de montañas, playas y hoteles de cinco estrellas; nobles y limpios inditos (algunos hasta rubios son) cumpliendo con su deber de quedarse callados, hablando español con un acento fingido sólo para dar las gracias a un político por inaugurarles una escuela a veinte kilómetros de su poblado; familias armoniosas, padres responsables, madres e hijas comunicativas y amorosas.

Ahora comparemos con la realidad: avenidas desquiciadas, aire infecto, güeros déspotas, indígenas con viviendas indignas mendigando para salir de su apartheid, maestros hambreados e ignorantes, madres vengativas, hijas hipócritas, mujeres violadas y asesinadas, padres valemadres.

Pero mientras corre el año, las festividades nacionales van reforzando la fantasía de esa nación televisiva descrita primero. Así vemos transcurrir el día de las madres, del padre, del compadre, del maestro; luego entramos al segundo semestre de fervor nacional con la celebración de la independencia en septiembre —el mes patrio—, con el día de la raza en octubre, sin olvidar los tradicionales días de muertos (fechas ciertamente temidas por los niños de la calle, no sólo porque les recuerda su proximidad con la muerte, sino porque la Parca en verdad se les acerca: ven cómo docenas de otros niños invaden su gueto vestidos como cadáveres, esqueletos, diablos y otros símbolos enanos del más allá; fechas en que el disfraz de los niños mendigos no compite con el de sus súbitos rivales, quienes regresan a casa con las manitas llenas de morralla y caramelos); y por si esto fuera poco, continuamos con las fiestas que conmemoran la revolución en noviembre, con las autóctonas posadas en diciembre y con el desfogue del fin de año. Todo para aguardar a la santa semana santa, en que cada compatriota se impone una cruz en la frente. Justo entonces es cuando me dan ganas de gritar: “Ya no quiero ser mexicano!”

No es nada nuevo. Por el contrario, fue algo que se gestó muy pronto.

De niño, a la edad de cinco años, negándome a toda costa a ser un charrito en miniatura, un Pedrito Infante criado entre mis doce hermanas mayores, le preguntaba a mi madre:

—Mami, po-qué nada me guta?

Tiempo después, a los trece años, nietzscheano sin leer a Nietzsche, le recriminaba a la autora de mis días el mismo cuestionamiento, ahora con tinte romántico:

—Por qué mi alma se hinche de abominación ante todo cuanto me rodea, madre, progenitora, por qué me inunda el menosprecio por la raza humana, empezando por la de bronce?

Ni el chaca-chaca y su Acapulco en la miserable azotea, ni los programas de concursos con mujeres arrastrándose para ganarse una pinche plancha, ni Juan Gabriel, ni José José, ni —dios me libre— Carlos Fuentes u Octavio Paz.

A los quince descubrí que la vida adulta no deparaba grandes planes para mí y que el máximo consuelo adolescente, el noviazgo, era un largo y engorroso trámite burócratico para conseguir dos fajecitos por semana. La juventud, lejos de ser una época dorada, se fue convirtiendo en un interminable lapso de aburrimiento levemente amortiguado por el sueño y el desgano. Todo indicaba que me convertiría muy fácilmente en aquello que tanto aborrecía: un mediocre, como los demás. Pero justo por aquel entonces —finales de los setenta— la mecánica nacional pareció trabarse como en las películas de ciencia ficción: se detuvieron las fábricas y escuelas, las mamás pararon de cocinar, los ladrones dejaron de ladrar. Sonaron las fanfarrias para anunciarnos que éramos ricos, que había petróleo para todos: seríamos árabes!

Ante tal premio de la lotería natural, nadie quiso imaginar que sólo los políticos se convertirían en jeques. Lo cierto fue que los demás apenas fuimos árabes comunes y corrientes, con burros en vez de camellos, con sombreros en vez de turbantes. Y con una deuda que nos vendería de por vida a nosotros, a nuestros hijos y nuestros nietos. Finalmente, igual que los árabes.

Cómo amar a un país así?

Pensándolo bien, siempre he sido extranjero en mi propia tierra. Ya mencioné que todo se gestó muy temprano. Nacido en el centro de la capital del país, a la vuelta del Barrio Chino, mi infancia se coloreó por los juegos de palabras, por los más ingeniosos piropos, por las bromas de humor negro y los albures; por los partidos de futbol nocturnos y callejeros, por los pares de tenis colgados del cableado telefónico; por las trompadas relampagueantes; por los primeros robos de caramelos en las confiterías —que se planeaban para disfrutarse entre risas, no para crear culpas.

Eso era vida.

Sin embargo, mis vecinos no lo veían así. Aquello sólo era ocio, algo sobre lo que no se podía fincar una personalidad. Mis paisanos se divertían en la comedia, pero regían sus vidas por la tragedia. Preferían la primera, pero optaban por la segunda. Se complacían como diablos, pero sucumbían ante un dios creado a imagen y conveniencia.

Entonces, aún niño, intuí que estaba en una trampa. Una trampa existencial, aunque suene mamón. Y decidí que no haría lo mismo que los demás. Que si debía escoger entre unas cosas y las otras, me quedaría con las primeras. No cambiaría nada. Viviría como hasta entonces porque así era feliz: así era yo. Acepté que la manada jamás me reconocería como suyo. Que viviría solo. Y poco a poco aprendí a convertir los peores adjetivos en los más dulces calificativos: vago, callejero, golfo, sinvergüenza, hereje, ladronzuelo, malviviente, y así hasta llegar a escritor.

Resulta increíble la cantidad de cosas que puede decidir un niño sin pensarlo demasiado. Sólo basta que lo aprieten un poco. Y el tiempo habría de darme la razón. Por ejemplo, existe la insidiosa teoría —documentada y todo, ignorada y todo— de que el famoso niño héroe se aventó sin acordarse jamás de la bandera y sólo prefirió el suicidio como solución individual, para no terminar como prisionero de guerra de una nación que nunca terminaría de cuajar. Por qué entonces las consignas nacionalistas me sugerían, como a todos los niños, que llegado el momento debía abrazar el lábaro patrio y romperme el hocico contra la piedra? A qué cobarde, sentado cómodamente tras su escritorio, se le ocurrió semejante arenga? Eso aterroriza a cualquier niño. Lo más que llegué a atreverme en la infancia, y nomás como prueba, fue a saltar los tres escalones a la entrada de la vecindad donde nací, con funestas consecuencias para mis rodillitas.

Por eso no me gustan los mexicanos de la televisión. Ni los otros. No tengo clase social. Odio la amistad del barrio y la conveniencia clasemediera (los ricos simplemente no tienen amigos, sólo intereses). Detesto a las mujeres que parecen vírgenes y que son vírgenes. Desprecio a las madrecitas porque son los despojos de mujeres que soportaron como mulas una vida que nunca fue suya —cabecitas blancas les llaman, pinches cínicos. Aborrezco a los políticos tanto o más que a los intelectuales (la lucha está reñida).

Pero juro que se acabó. Voy a casarme con una extranjera. Ya indagué que la nacionalidad mexicana se pierde al adquirir alguna otra. Prefiero ser bosnio-herzegovino, kazajstano, islandés, groenlandí. Me vale madre. México es de los pocos países que te niega la nacionalidad si aceptas alguna otra. Así que desde mañana patrullaré las áreas turísticas con mi renqueo soberano a la caza de una sueca enorme, abordaré a toda delicada japonesa y me ofreceré a la primer africana que encuentre. La que sea, con tal de renunciar a mi obsceno pasaporte.


*Una primera versión de este texto apareció en el núm. 3 de A Sangre Fría en la columna El Coyote Cojo, bajo el seudónimo de Anónimo Hernández. Y luego en el diario La Opinión, de Los Ángeles, California. Tomado del libro Ya no quiero ser mexicano, 2ª ed., Nitro/Press, 2011.