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Por Carlos Dzul
En aquellos terribles tiempos en Perro Podrido comenzó a estar prohibida la virginidad. Por iniciativa del partido gobernante y de un tal Monardes, una joven “promesa política”, fue instrumentado un programa de vacunación masivo, consistente en que las calles de nuestra ciudad eran peinadas a diario por una cuadrilla de vagonetas, en el interior de cada una de las cuales viajaba un negro de dos metros de estatura cuyo propósito era justamente desvirgar a quien quisiera ser desvirgado y a quien no también. Cero vírgenes, era la meta. Las familias en las casas cuando escuchaban la sirena distintiva (weuuuiii weuuuiii) pegaban el brinco y se persignaban. Los padres abrazaban y besaban a sus hijos como si fueran a emprender un largo viaje; en cierto modo lo emprendían.
A partir de los catorce años era obligatoria la vacuna.
Toc toc
Así iba el diálogo, más o menos:
-Buenas tardes, ¿familia Rendón?
-¿Sí?
El doctor blandía una tabla: -según nuestros registros…
-¿Ajá?
-Aquí vive un muchacho en estado virgen.
-Eh… sí.
-Vamos a proceder.
Pongamos que el muchacho Rendón tuviera 17: ¡uy, resagadísimo!
Pongamos que el señor Rendón protestara: -doctor… mi hijo… ¿no sería lo más correcto que una hembra, ejem, se encargara de atenderlos… a los muchachos?
-Entendemos la inquietud-, expresaba el doctor con su voz burocrática-, el programa no es perfecto, sus detalles tiene, sí, usted no es el primero que señala ese… pequeño… insignificante… haremos los ajustes, los haremos. Mire, están por enviarnos un magnífico escuadrón de negras congoleñas para desvirgar a los muchachos, el mes que viene, prometido, ya las hemos mandado pedir, por lo pronto…
El muchacho Rendón, resignado, agachaba la cabeza.
Los papás, los demás familiares, los vecinos de la cuadra lo abrazaban y lo bendecían; el muchacho Rendón, sudando como un cerdo, enfilaba hacia la vagoneta como hacia el cadalso. Prat! La puerta se cerraba y el vehículo todo de inmediato se bamboleaba como una gelatina durante quince minutos (el tiempo reglamentario) al cabo de los cuales el muchacho Rendón emergía de nuevo, con las piernas arqueadas, es verdad, y temblorosas, y una mano sobre el culo (como para cerciorarse de que lo seguía teniendo), pero chupando una paleta y con qué vaporosa sonrisa. Bravo, bravo, exclamaba la familia. Estallaban los plausos, las fanfarrias…
Amén de la vacunación a domicilio, el gobierno había mandado colocar detectores de vírgenes a la entrada de las discotecas, los teatros y demás lugares públicos. Cuando pasaba por allí una persona no-cogida (otro término jurídico), los detectores (gente experta de estampa barbárica) lo hacían detenerse y lo conducían enseguida, con palabras y gestos amables, todo hay que decir, al respectivo puesto de vacunación. Reconocer una persona virgen, según afirmaban “los detectores”, era lo más fácil, por la cara de tristeza irrebatible que se cargan, por cómo caminan, arrastrando los pies, encorvados; por cómo les tiembla la mano.
Tocante al batallón de negros desvirgadores que coadyuvó en esta peculiar tarea, diremos que lo componían 40 verracos traídos de Angola. Claro está que algunos iban desgastándose conforme pasaban los meses y había que suplirlos con otros negros nuevos. Algunos enviciados, que insistían, a costa de su propia salud, en continuar vacunando gente, iban a parar a los hospitales, con quemaduras de segundo grado en la “jeringa” o con pesadillas crónicas que ya nunca los abandonaban, mejor dicho, una sola pesadilla crónica compartida (el caso es digno de estudio) en donde se veían a sí mismos en el trance de ser sometidos por su propia verga. Los que lograban sobrevivir, la mayoría, con el dinero que ganaban después regresaban a su país, Angola, o bien, si decidían permanecer aquí, en Perro Podrido, montaban negocios (joyerías y tiendas de deporte, por lo general) y prosperaban o no prosperaban, pero llevaban vidas tranquilas. Otros, los menos, y éste fenómeno es igualmente digno de estudio, caían en las garras del juego y del trago y al final se suicidaban. Sólo uno de ellos, que se recuerde, aprovechó sus experiencias para redactar un libro: Desvirgator, memorias de un desvirgador profesional, que pese a los unánimes pronósticos resultó un total fracaso en librerías.
El político (de extrema derecha) que había propuesto erradicar la virginidad y que por poco lo había logrado, José Monardes, tenía 35 años y si bien no era virgen tampoco era promiscuo. Soltero, jugador aficionado de ajedrez, practicaba el sexo sin obsesionarse, lo cual, según él mismo afirmaba, constituía su principal fortaleza. Provocó una encendida polémica al sugerir durante un debate que la raíz del crimen, de todos los crímenes (y en este rubro englobaba los robos, los asesinatos, el pesimismo y la ironía) era la virginidad y que una vez erradicada ésta, desaparecerían aquellos.
Cuando se postuló para gobernador, ganó por goleada. Su slogan “sexo para los hambrientos”, causó sensación. En tres años tan sólo, redujo a .68 por ciento el índice perropodrileño de virginidad y como le suele suceder a cualquier estadista con ideas nuevas, fue blanco de solemnes y mordaces críticas. Algún periodista virulento (que luego se supo era virgen y fue vacunado públicamente) lo llamó “violador de masas” en varios de los textículos que publicaba en su periodiquito; “Monardes -aseveró con inflamada pluma- a través del batallón de negros lo que hace es ultrajar a toda la ciudad para cumplir una cochina fantasía”.
Durante su gobierno, sin embargo, la ciudad vivió un repunte económico sin precedentes. En el rubro deportivo cosechamos victorias inéditas (ganamos la copa de fut); y el arte…, bueno, éste simple y repentinamente desapareció.
La gente, en resumidas cuentas, era más feliz. Monardes era un ídolo.
Estaba por ser elegido para un segundo periodo cuando fue asesinado. Se encontraba disputando una partida de ajedrez, en la plaza Mayor, cuando bang bang bang. El crimen se lo adjudicaron los dichosos Guerrilleros Vírgenes.
Este grupo de rebeldes (dividido en células y compuesto de hombres y mujeres treintañeros, en su mayoría) surgió desde el principio de la Gran Vacuna y se mantiene desterrado en las montañas, los canales del desagüe y en otros lugares no menos inhóspitos. No se sabe mediante qué artimañas han logrado reclutar a buena parte de la más desorientada juventud perropodrileña y representan, desde el triste magnicidio, una sombra para la tranquila vida de nuestra ciudad.
Los esfuerzos emprendidos para reprimirlos han sido hasta el momento inútiles. De cuando en cuando el gobierno les envía un pelotón de negros para sosegarlos. “Aquellos que prueban el rigor del palo -en palabras de un comandante- entran en razón, bajan de la montaña, se convierten de inmediato en ciudadanos de provecho”. Pero son los menos. La insufrible mayoría conserva su pureza criminal.