Por Francisco López Ibarra

A Arturo Grijalva Elizalde, por rolarme el disco hace tres años

Desde la hora sexta hubo oscuridad en la tierra hasta la hora nona/ Y alrededor de la hora nona clamó Jesús: “Eli! Eli! ¿lemá sabactaní?”, esto es: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué has abandonado?”

Mateo 27:45,46 

¿No te parece que la lírica del rock nació de manera parecida a cómo surgió la poesía española? Los primeros poemas del español comenzaron con canciones de los segadores. Lo mismo el rock, cuyas raíces están en el country y el Rhythm and Blues, que a su vez viene de una mezcla de música negra: jazz, blues y góspel. Los dos últimos son de origen religioso. Hasta recuerdo un documental de vh1 donde dramatizaban a los negros que cantaban mientras recogían la cosecha o en los rituales religiosos. Igual pasa con el “cancionero español”, donde hay una mezcla entre canción popular y oración sacra. San Juan de la Cruz hizo una síntesis como esa en la Noche Oscura, poema en el que está basado el disco que te voy a recomendar hoy.

San Juan de la Cruz (1542) fue un poeta místico, religioso carmelita al que le pasaron cosas muy heavys: lo arrestaron en 1577 y estuvo nueve meses en una celda oscura, donde nada más lo dejaban salir a la luz del sol una hora al día. Luego lo dejaron ir un rato, hasta el 88, que volvieron a perseguirlo “hasta su lecho de muerte” –como dice en Wikipedia-. Con una pierna descarnada y después de quemar sus cartas, murió en 1591. En la Noche Oscura (1579), San Juan trata de explicar su experiencia mística, por medio de las “canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual”. Se supone que tienes que crear tres silencios: el de la memoria, negando la esperanza; el del conocimiento, negando la fe; y el de la voluntad, negando al amor. Lo que produce una sensación de angustia –que viene de anghu- o angst, sensación de estreches u opresión “sin origen identificado”, pero de una tonalidad emocional pura. Es decir, una contemplación del vacío: sin futuro, sin dios, sin amor. El desarraigo a lo material que viene, tal vez, de los eremitas.

No te escribo para definir la posmodernidad, sólo quiero tomar algunas ideas con las que se asocia el nombre: incredulidad, hedonismo, globalización, cultura de masas, fragmentación de las “grandes historias” en cuentos individuales, la otredad, la verdad como perspectiva, la relatividad y la búsqueda de lo inmediato, el llamado “mundo líquido”. Algunos lo llaman desencanto de la modernidad o posmodernidad, sin intención de caer en pseudonihilismos, Danger Mouse & Sparklehorse lo llaman Dark night of the soul, una quimera musical a medio camino entre lo sacro y lo poético.

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En Dark night of the soul (2009) colaboraron personajes interesantes, entre los que están Julian Casablancas de los Strokes, Nina Persson de The Cardigans, Iggy Pop y David Lynch, quien tomó las cien fotografías del libro incluido en el álbum, limitado a mil copias, que además está acompañado de un CD virgen en el que se lee: “For legal reasons, enclose CD-R contains no music. Use it as you will” (Por razones legales, el CD-R adjunto no contiene música. Úselo como quiera). Por una disputa con EMI, se podían bajar las canciones de internet y quemarlas en el CD. Agustín Fernández Mallo, quién a su vez cita a Jesús Lillo, en un blog de Alfaguara, comenta cómo la edición del disco vacío es “desafiante” y “representa uno de los más brillantes ejercicios de rebeldía […] contra la industria discográfica”, así como desvalora –monetariamente- la música digital, exaltando el “discurso de gratuidad del pop”. Dark night of the soul se desplaza, por cuarenta y seis minutos con dieciocho segundos, como una quimera musical que nos lleva hacia el alto estado espiritual al que se refería San Juan de la Cruz.

Hay tres temas que quiero que ubiques en el disco: el dolor –la pierna descarnada, el abandono de dios-; el paso del tiempo –YOLO, Time de Pink Floyd, los Strokes y la espera-; y la vida como sueño –a la Calderón de la Barca-. El dolor está en Revenge y en Pain, rola posmodernísima, donde se duda del Karma, de Jesús, de la justicia, la religión y el éxito, desconfianza que lleva al yo poético de la rola a escoger al mal sobre el bien –como Baudelaire o Jean Genet-. El tópico del paso del tiempo está en Just war, que canta a lo perecedero y hace una vaga alusión a un Septiembre, ya tarde, al polvo y las ruinas; en Little girl con su “Where did all the time go? Every night is gone, gone, gone” (¿A dónde se fue todo el tiempo? Todas las noches se han ido); en Insane lullaby, esa enferma canción de cuna con ecos de transhumanismo, con sus androides y su “can your batteries replace this heart?” (¿Pueden tus baterías remplazar a este corazón?); y en Daddy’s gone, donde despiertas del engaño de la vida para descubrir que “todos tus ayeres se han ido”. Lo mismo con Jaykub, el triste hombre que despierta dentro de una canción, luego de no ser lo que siempre quiso ser: guapo y alto, famoso y fuerte.

Por último están las rolas con David Lynch: Star eyes (I can’t catch it), con “una melodía y expresión breve” –como definen la poesía de San Juan de la Cruz-; y Dark night of the soul, cuya última estrofa evoca a los versos de la Noche Oscura, en la que la Amada, es decir, el alma, sale de noche y sin ser vista para encontrarse con el Amado, o sea, Dios, tema recurrente en la poesía popular que se volvía sacra, que va de lo erótico a lo místico, un anhelo de la nada, del nirvana al fondo de la botella: “But steps echo / No one on the streets / Callin’ out your name / It’s a dream world / A dark dream world / Dark night of the soul”.