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Por Carlos Dzul 
Nos apersonamos en la residencia del cazador de vaginas en punto de las cuatro de la madrugada. Él nos pidió que la entrevista, que sería breve, se verificara tan temprano, ya que esa mañana tenía planeado salir a cazar. Nos recibió en su salón de trofeos, en bata de baño y pantuflas, con el pelo húmedo, muy bien peinado. Sus ojos azules, igual que en las fotos, transmitían fiereza y al mismo tiempo y de forma inexplicable, pasividad. Estaba recién rasurado y bebía una taza de té. Nos ofreció.
Eran tantas las preguntas que hubiéramos querido hacerle.
En las paredes del salón, además de los trofeos (que más adelante serán descritos) había expuesta una variopinta colección de armas: dagas, ballestas, garrotes, tirahules.
Ya que todos habíamos probado el té:
-¿Será verdad lo que dicen?- comenzó la entrevista.
-¿Qué dicen?
-¿Que son igual que las pirañas?
El cazador depositó la tacita sobre un buró y cruzó las piernas:
-En Brasil encontré, ya que lo mencionas, vaginas-piraña, pero siendo francos, no todas las vaginas muerden. Hay otras que más bien acarician, parecen estrellas de mar.
-¿Qué opina usted de la teoría de que…
-¡hay cientos de teorías!
-… de la teoría que afirma que son así como puertas inter-dimensionales.
-¿Las vaginas?
-Sí, que uno entra en ellas de una forma y sale de otra.
-Es posible. No en todos los casos, no se debe generalizar. Algunas te cambian, sí, otras pasan de noche. Hay vaginas que te salvan del suicidio, otras te acaban a mordidas, no dejan de ti ni los huesos, hay otras que sólo te adormecen, en casos de insomnio son perfectas, vaginas como infomerciales, quiero decir.
-¿Y qué hay de las vaginas de plástico?
-¿Qué hay con ellas?- dio un ligero sorbo.
-¿Son… prácticas?
-Mucho. Aunque, si me lo preguntan, se me da un ardite la practicidad.
-¿Quién las inventó, no sabe?
-No. Pero seguro fue un chino, casi podría jurarlo, un hombre de negocios carente de escrúpulos, un chino cínico, si no es redundancia, el mismo que inventó las vergas de hule, el mismo que inventó el papel tapiz imitación madera, los perros robot, los amigos por contrato, las plañideras por contrato…
Aquí, el cazador de vaginas levantó la voz un poco y un perfecto mechón de pelo cayó sobre su frente; lo acomodó enseguida, respiró hondo y sorbió más té.
Entre los trofeos más notables que nos fue dado apreciar son dignos de mención una vagina pelirroja que estaba empotrada sobre una placa de hierro (Alemania), una vagina lampiña enmarcada en madera (Japón), una vagina monstruosa, gigantesca, negra y peluda, de la cual salían, como si se derramaran, hileras de flores de piedras preciosas (India). A uno y otro lado de la exposición había flechas ornamentales figurando algo como un escudo de armas. El cazador, al notar nuestro asombro, suspiró satisfecho.
-Parece una planta carnívora –dijo, señalando la vagina hindú-. Fuimos, para capturarla, un grupo de 20, sólo yo salí con vida.
Permaneció un momento absorto, la mirada vaga. Reaccionó cuando dijimos:
-Lo consideran a usted…
-El mejor cazador de vaginas del mundo- lo dijo sin presunción, más bien con tedio.
 -Allí donde otros han muerto de maneras espeluznantes usted ha salido con vida. ¿Cuál es el secreto?¿Nos lo puede compartir?
-¿El secreto?
-De la supervivencia.
-¡Por Dios!
Descruzó las piernas y miró por la ventana para comprobar la hora:
-Llevo más de veinte años en esto. He conocido cazadores de vaginas temerarios que jamás retrocedieron ante nada: murieron de viejos. Conocí otros más que murieron siendo unos polluelos y no por falta de pericia sino porque en el fondo sólo buscaban ser devorados. Ah, sobrevivir a las vaginas no es ningún prodigio ni una decisión, mucho menos un logro. Es algo que sucede. Lo que me recuerda a Picolini, el domador.
-Amigo suyo, ¿cierto?
-Él me honra con su amistad. Cinco vaginas hambrientas. Picolini las alinea delante suyo y las controla con su látigo. Rujan, les dice y rugen, obedientes. Brinquen. Y brincan. Les da de comer verguitas de pigmeos.
-Hemos visto, sí.
-Es algo que impresiona. Aunque no tanto como la verga de Picolini. De repente la saca y la menea frente al público. Todos gritan. Después, con su glande, con nada más que su glande, las hipnotiza y qué tienes allí, cinco vaginas bailando cancán… hay que verlo. No obstante, es muy sofisticado, el show de Picolini. Nada vulgar.
-¿Detesta lo vulgar?
-Es lo peor.
La ventana, de ser negra, comenzó a tornarse azul, un azul espeso. Nuestro entrevistado se incorporó en el diván y notamos que, debajo de la bata, estaba desnudo. Alcanzamos a discernir, nada más, la masa de bellos púbicos. Encima del buró descansaba un reloj de arena.
-Esta es una pregunta estúpida, la más estúpida que le hayan hecho, probablemente.
-Por desgracia, no lo creo.
-¿Está casado?
Miró fijamente el suelo de mosaicos veteados, musitó:
-Lo estoy.
-¿Y dónde…
  -¿Dónde está ella? En Francia, tal vez. Los domingos platicamos por teléfono.
-¿Querría describirnos…?
-¿La vagina de mi esposa? No. Porque, miren, no la he visto nunca, más que en fotos, ¿qué es una foto? Fue un matrimonio arreglado, ambos lo aceptamos con resignación. No somos enemigos. La he visto en dos o tres ocasiones, me ha parecido una mujer simpática.
-Oh.
Una muchacha esbelta, de uniforme y piel oscura, entró en el salón. Traía consigo, en el brazo, como si fuera una servilleta, una truza blanca; el cazador se despojó de la bata (¡lo vimos, por Dios, un pene dorado, enteramente bello!) y se puso la truza.
  -¿Tiene hijos?- inquirimos, con la voz temblándonos.
Dicha pregunta le provocó estornudar, carraspear y un ataque de risa de tal magnitud que se le puso la cara roja y comenzó a sufrir arcadas. Nos pusimos de pie, conturbados; la mucama, superado el asombro inicial, golpeó la espalda del cazador y procedió a darle un masaje, gracias al cual, poco a poco, fue serenándose.
Otro sirviente, un muchacho de aspecto vietnamita, corto y espigado, entró justo en ese momento empujando un carrito con el resto de la ropa.
-Lo siento, caballeros- dijo y comprendimos que la entrevista había tocado fin. Por los amplios ventanales penetraba un brillo tímido.
Antes de dejar el salón, aprovechándonos de su generosidad, le pedimos algún detalle sobre la empresa que estaba por acometer.
-Se trata de ir al Bosque de la Muerte, que está a dos horas en coche, tras una Vagina Dientes de Sable que ha… que ha destrozado a varios de mis más queridos colegas… ¡Pero yo le enseñaré!- exclamó, en lo que el muchacho vietnamita le ayudaba con los pantalones.