Por Alfredo Padilla

Poetas que no figurarán nunca en una postal de amor / ni serán encumbrados bajo los elogios de la mercadotecnia / difícil de toparlos / peliagudos de leer / No los busque usted en el autoservicio / ni en la estantería de superación personal de la Comercial Mexicana / no en las papelerías / no en la sacristía / no en la miscelánea / Búsquelos usted en las taquerías / las droguerías / los burdeles / las pulquerías / Escrútelos / llévelos / encuéntrelos con su dealer más cercano / con la prostituta de confianza / con el cantinero más jovial / Pregunte por ellos / ahí donde el tufo del alcohol se eterniza y se expande / donde el menudo se aviva en las mañanas antes de convertirse en náusea / donde culmina la estación del metro / la noche / la mesura / la modorra / la omisión / Bardos relegados / olvidados bajo la cama como el calzón de la puta / individuos pagodas que hacen de la perversión su sabiduría

* * *

Eusebio Ruvalcaba

Santo bebedor, melómano, en sus venas fluye la sangre del violinista más portentoso de México. Poeta, ensayista, narrador, maestro y camarada. Eusebio Ruvalcaba (Guadalajara, 1951) es colaborador de los diarios El Financiero y Milenio, así como de la revista Vértigo y de medios electrónicos. Catedrático de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, conferencista y coordinador de talleres de creación literaria, apreciación musical y periodismo cultural, ha prologado libros, discos y catálogos de artistas plásticos. Ha publicado varios títulos que comprenden novela: Un hilito de sangre (1991), Betún y sangre (1995), Banquete de gusanos (2003). En cuento: ¿Nunca te amarraron la manos de chiquito? (1990), Clint Eastwood, hazme el amor (1996), Las memorias de un liguero (1997). En poesía: Con olor a Mozart (1998), El diablo no quedó defraudado (2000).

9 de mayo                                                                                  

Anoche casi se te salía una teta.

La izquierda.

No podía esperarse otra cosa

por lo pronunciado de tu escote

y tu conversación

que te obligaba a aproximarte

más de la cuenta.

Estábamos en el Tampico.

Casi en el centro de San Luis Potosí.

Rodeados de amigos:

Oswaldo Ramos, Alfredo Padilla, André Malacara.

Tres hombres que te imaginaban en su cama.

Lo que hubieran hecho. Lo que podrían hacer.

Llevabas un nuevo vestido y zapatillas.

Ni tan caliente, la verdad.

Hasta mi nariz —educada como todo pastor alemán

que se jacte de serlo—

llegaba el aroma sagrado de tu sexo.

Y el olor punzocortante de tus axilas.

Nos paramos a bailar.

Apenas levanté un poco la caída de tu vestido.

La falda, pues.

Ni cinco centímetros siquiera.

Para que les quedara claro la mujer que traía.

Me gusta exhibirte como si fueras una perra en celo.

Que se las pares a los hombres.

Que por donde pases, las miradas se dirijan a tu culo.

Mañana te voy a dejar encadenada

a la cama del hotel.

De lo contrario, terminaré matándote.

* * *

José Eugenio Sánchez

Vaquero regio-patio, inventó el género poético underclown que tiene como intención artística rescatar de la literatura “basura” las formas literarias que atraen y divierten, tanto al autor como al público. José Eugenio Sánchez (Guadalajara, 1965) es ganador del 10 Premio Fundación “Loewe” por su libro “Physical Graffiti” (título homólogo al disco de Led Zeppelin), ha publicado en poesía: El azar es un padrote, Tentativa de un sax a medianoche (1998) y La felicidad es una pistola caliente (2004).

El asalto de las putas

Mientras nuestros cuerpos abajo arriba abajo

las putas corrieron a esconderse al entrar los

      bandoleros

y los balazos          las copas rotas     las fichas

las cartas en el suelo

el tipo que lo descuentan y lo deslizan por la barra

el disparo al mecate que sostiene el candelabro

muchos muertos la huida con pistola en mano y

     ramera a cuestas

y toda la cerveza cacahuates whisky y caja registradora

la polvareda

el silbido del tren a lo lejos        los pañuelos agitando

la tibieza de tu piel que se da como pregunta

las ramas secas girando en el abandono del pueblo

dos días después aparece la dorada cobarde estrella

    del sheriff:

los hombres tienen sed y preparan el cadalso

los bandoleros y las putas ya habrán cruzado tejas

   completamente ebrios y desnudos pensando abrir

   un congal en ciudad juárez

y aquí: la pianola no tiene compostura

nuestros cuerpos abajo arriba abajo ingeniería perfecta

y la puerta del saloon está que se cierra

se abre

se cierra

se abre

* * *

Rodrigo Flores Sánchez

Su poesía está cargada de “mantras postmodernos que invitan a la reflexión” Tianguis, su último poemario es una multiplicidad de vocablos que se convierten en una columna vertebral. Rodrigo Flores Sánchez (Ciudad de México, 1977) Es fundador, editor y codirector de Oráculo. Revista de poesía. Autor de: baterías (2006) y estimado cliente (2007), coautor del libro de ensayos Deniz a mansalva (2009).

Aguas negras

Una tristeza por los circuitos rotos. El velo con el que cubrimos los vínculos perdidos. Las uniones posibles. Las figuras de la ausencia. Ciertos rituales, lutos. Migraciones hacia no. Los genitales a los que renunciamos en las habitaciones salvajes. Delitos que olvidamos en tu pubis. Discos. Aparatos multimedia. Documentos que, por descuido, dejamos en las mesas de los restaurantes, en las cajuelas de los automóviles. Apreciamos un orden riguroso sin porvenir. No recuperaremos los guantes ni las voces de asfixia. Los niños alojan gestos de sombra. No los delatará tu desprestigio. Dijo que ellas no deberían venir a comer. Los padres, las autoridades que te abandonan producen quemaduras. Desperdicios. Encontraré el intervalo que te permita huir del melodrama. Un carménère para la noche. No debieron venir a comer a la casa para que no las tocásemos. El silencio es traducción precaria de una ojiva: nos fuimos. Me distraje de ella cuando llegamos a la noche. Apropiado para el reforzamiento de vinos de zonas cálidas en las que hay pérdida de ácidos. En las que hay extravíos de uva debido al demasiado silencio. Debido a los acontecimientos, visito tu casa. Orlas de cabello, variaciones capilares, la luz reencontrada propia de Burdeos. Sus rizos con rastros de lo que dices. Producción de saliva en la parada del micro. Imbuido de ti. Te llevé rosas antes del corte, te obsequié chocolates. Me oculto bajo la mesa para escribirte que me puse a botar una pelota y no verte. A castigar mi pelvis. Experta en cáncer de mama. Me puse a repetirte. A dibujar su cavidad. A formular tonadas emblemáticas con su nombre. Rebobino la película. En su sabor se encuentran chocolate y notas de frutas rojas, bayas y especias. Me imbuyo para mirar su mirada. Indago al muerto. Toqué tu puerta y salí corriendo. Me pones carismático. Pones tu cabeza en la mesa donde mezo tus cabellos. No celebramos los besos en la piscina. Se sugiere servirlos con cordero y otras carnes.

* * *

Julián Herbert

“De pronto quisiera estar a miles de pies sobre el Atlántico, tomando cervezas Heineken y viendo películas danesas sin subtítulos, moviéndome a 800 k/h.” De esta cínica manera concluye el relato Objetos extraviados en una mudanza, incluido en el libro Cocaína: Manual de usuario (2011) de Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971) quien radica en Coahuila desde 1989 y en cuya universidad estudió la licenciatura en Letras Españolas. Es profesor de literatura, editor y promotor de cultura infantil en el Instituto Coahuilense. Ha publicado el libro de cuentos Soldados muertos (1993) y el poemario Chili Hardcore (1994). Su segundo libro de poesía es El nombre de esta casa (1999), recibió mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino en 1998.

Suburbio de una bala

Debiste conocerme un poco antes,

cuando tanta cocaína, tanto

idílico subsuelo me volvió por un tiempo

un amante mediocre.

Placeres que partían la memoria de la piel

como quien parte una nuez al apretarla

En el puño con otra. Una vaga.

Aspirina de dolor.

Debiste conocer esos rígidos murmullos,

Mis médulas marchitas, la arritmia

Como niebla. Un montaje atravesado

Por su hombría de coraje y Nembutal.

Te hubiera hecho el amor

desde una pústula. Sabrías

(y yo a través de ti, tocando con

mi mano kerosén el espesor

de los jaguares)

que hasta el arrobado gozo

viene de malos sentimientos;

no generosidad sino

reconciliación.

Lástima que no baste con decirlo

(y por eso al escribir

la confesión es el suburbio de una bala que atina

y por eso la poesía es la grieta

menos visible de nuestras urnas funerarias)

para volver redondo e viaje del deseo

al valle de los muertos.

Redondo: una esfera de epifanía

Y odio

En la que desnudarte fuera un símbolo de mí.

* * *

Mario Santiago Papasquiaro

“Me he enfrentado con Pacheco, con Monsiváis, a todos los conozco. Nadie me quiere dar trabajo, Sergio Mondragón me ha negado trabajo porque soy infrarrealista. Dicen que yo saboteo recitales. Dicen que los infrarrealistas golpeamos a la gente. Y los imbéciles alegan que yo no sé escribir. Puta madre. Yo soy l’ecrivain. Pero eso no importa.” Lo dice Mario Santiago Papasquiaro (Ciudad de México, 24 de diciembre de 1953 – 10 de enero de 1998) subversivo poeta infrarrealista que eligió como bunker personal el café La Habana (Morelos 62. Esquina con Bucareli. Col. Juárez) en donde se desarrolla gran parte de la Novela Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño, y en la cual figura como personaje medular.

Alesbiánate, Esopo

La contracción de la coneja en el hocico del zorro

Ese meneito que desquicia al mismo fuego

¿Quién vomita la miel / la luz

los dientes del túnel cuando el cielo es el rey & el coito es primero?

No confundamos la arcangélica historia

con los sudores terrenos

Coger maremoto es eyaculación & no sueño

No hay mayor incienso que el del clítoris bonzo

¿La música de las esferas?


/ OK /

pero abierta: chorreada

El cuello de la tortuga

dibujado en la explosión de la flecha

La fábula sobra

& no faltan las reinas

Lengua & pellejo cosidos al viento

Arde la arcilla del mundo

El Edén vuelve a fugarse con los kilos a cuestas