Por Luriel Lavista

Siempre me mantengo afuera, en las tinieblas de la inmundicia. En las alucinaciones sometidas al hambre. Sin degradar mi tiempo en la tierra dejo de conformarme. De vez en cuando salgo de mi condición y aparezco en algún punto de la ciudad. Les ayudo a tramitar sus documentos a los ciudadanos que sin ninguna fortuna lo necesitan. Es tan desesperante notar el mal servicio que les dan, una y otra vez acomodo toda una vida en papeles. Aunque después solo el interesado entre a los cubículos. Alecciono a sus hijos sobre estructuras abstractas que son exactas en las notas, no así en la vida de explotación que llevan sus padres. Visto con las ropas traídas del extranjero rematadas en cualquier puesto informal, son más baratas y duran más que las de cualquier cadena comercial, esas en donde prohíben los sindicatos para sus trabajadores. Me alimento en los comedores comunitarios junto a los ancianos desvalidos por la supervivencia. Familias enteras acuden también diariamente. Aun así hay ocasiones que prefiero no entrar después de ver a tantos niños en el desayuno. Siempre estoy pensando en qué ocupar mi ánimo. Pero hay días que el sol calcina mi cabeza y tengo que ir a la cantina. Beber codo a codo junto a personas no gratas ante la sociedad. Seres improductivos, desvalidos, deshonrosos, irresponsables, vulgares, viciosos, como los califican sus conocidos. Y ahí es cuando me encuentro entre ellos pensando en la salvación. Me encuentro pensando sobre todo en la muerte. En este cuerpo maltrecho que llevo acuestas. Será que nos vayamos al lugar parecido a nuestros sueños. Al menos he podido emborracharme en ellos. Sueño que voy corriendo entre ruidos que se aceleran conforme los voy descifrando. Alguien más corre al frente, no sé si lo sigo por que la tierra se abre o si también está escapando. De pronto nos separa un grieta, él siempre me gana y se mofa cuando esta ya del otro lado. Quizás cuando logre alcanzarlo será el fin. “Como puedes llegar a desear más vida, si solo te quedas con lo que está colgando de la creación. Si tuviera un poco de perspicacia notaría que de la ruina viene el disfrute ecléctico. No hay temor, nada de desconcierto”, me digo mientras bebo mi licor. Me pone siempre de humor la embriaguez que sin duda es más efectiva que cualquier otra cosa que conozca. Dejo de notar la perdición alrededor. Mi voz es más dulce, mis pensamientos no se estancan. Las maldiciones que escucho ya no me parecen tan serias. Me desprendo de los últimos pesos que ayer conservé como si mi vida dependiera de ellos y creo que ahora es el momento. Me parece comprenderlo todo y a todos. Siento una especial admiración por el creyente que ayer le confesé que adoraba solo una pintura vieja, una mala copia europea. Pues me doy cuenta que todos resistimos ante la desgracia apoyándonos de algo; de una creencia, de un motivo, de un ser amado, de un ideal. Tal vez como nosotros aquí en esta cantina la Tranz en que solo nos mantiene a flote el vicio. Al que acudimos para que nos arrope de nuestra desesperación, de nuestra dolencia, de lo que esta afuera esperándonos sin saber cuándo llegara. Porque ya nada es nuestro, a nada pertenecemos. Esperamos estar listos.