Por Oscar M. Mora

Escribo estas líneas desde la ciudad de Morelia, que en los últimos días, se ha convertido en un escenario combativo. Por un lado la inseguridad –y como ejemplo pongo el lamentable caso del “Flaco” Quevedo– y las balaceras, los asaltos y robos que son cada vez más comunes, cada vez más violentos (habría que preguntarnos, qué clase de barbarie es consecuencia de la normalización de la violencia y cuál es contingente y se pudo evitar) y por otro, el mundo idealizado de las autoridades. A este también de ciñen los medios a-críticos de esta realidad y la fantasía colectiva, las “buenas conciencias” de remolino social y los actores políticos, económicos, ideológicos y doblemoralista que está llevándose a Michoacán, y el país entero, al borde del caos y la voracidad del desahucio.

Apenas la semana pasada nos enterábamos de que al tocayo Oscar Quevedo quienes-sabe-quien le partieron la madre con saña para quitarle no más de 250 pesos y mandarlo a cirugía y rehabilitación. Hace pocos días celebramos la independencia de nuestra nación, y por supuesto, en la capital michaocana resaltamos ser la “Cuna Ideológica” de este constructo histórico y económico al que llamamos México. Antes de antier una balacera cimbró a la ciudad, porque los secuestradores, buchones, apostadores o loquesea se agarraron en las calles más transitadas y ni las múltiples cámaras del Centro de Comando, Control, Comunicaciones y Cómputo (C-4, que según el gobernador Silvano Aureoles, será C5, o sea más chingón y más mejor que todos) apenas si pudieron localizar en tiempo real a los malosos, que con AR-15, andaban paseándose como si nada. Como si eso no fuera de todos los días.

Continuo.

Apenas antier, estamos hablando de la misma semana, más robos, más tensión y Morelia volvió a ser nota roja nacional. Esta vez el chófer de una combi arriesgo a los pasajeros y quiso, al más puro estilo Toretto de Fast & Furious, ganarle el paso al Tren. La historia ya tuvo su repercusión. Y para concluir, lo más lamentable y la muestra concreta de resquebrajamiento que vive la sociedad y las buenas mentalidades: el mal llamado “enfrentamiento entre rechazados y estudiantes” de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Las cosas comenzaron de forma leve en la Facultad de Medicina (en donde sí hubo insultos, intento de desalojo y presencia de policía, pero “nada más”). Luego fue la Facultad de Odontología (donde estuvo más “hardcore” por ponerle un calificativo) y el remate se dio en Ciudad Universitaria. Ahí cientos de autodenominados estudiantes quiseron, a base de violencia, pedradas, palos y hasta botellazos de vidrio y fabuloso, sacar a los denominados por los medios, por otros, por la sociedad y por quienes no comparten su postura, “rechazados y paristas”. Y así, entre gritos de xenofobia (pinche “chiapaneco”, “indio”, “oaxaco”) etc etc… los buenos estudiantes quisieron pasarse por alto toda la historia que significa ser nicolaita -si es que eso significa algo, por supuesto– y con lo que ellos reprueban, “liberar” las instalaciones de CU. Mal todo, muy mal.

Morelia y todo Michoacán nunca ha sido un territorio pacífico. De hecho es lógico que, poseyendo la riqueza natural y cultural que tanto presumimos a nivel nacional, seamos una tierra siempre y en todo tiempo combativa. Comuneros de Pichátaro –por poner otro ejemplo– vinieron también a la ciudad de la cantera y entre marchas y protestas, quisieron quemar la puerta del Congreso del Estado. Vivimos pues una era de descontento generalizado, desde las causas más nobles como pedir educación hasta los entrelazados políticos más complejos (la misma CUL es un ejemplo de este claroscuro, al igual que muchas organizaciones de choque que confunden los derechos con los privilegios).

¿Y a donde nos llevará esto? No creo que lejos si seguimos enfrentándonos entre nosotros.

Vivimos en una sociedad y un país profundamente conflictivo, conflictuado y en constante renovación. Nos buscamos a nosotros mismos, a nuestros desaparecidos, a nuestros paisanos y en este transcurrir, nos vamos encontrando. En esta ocasión, y contra nuestra intención seguramente, encontramos lo peor de nosotros. Vi a estudiantes ser todo, menos eso. A los medios desinformando. A los delincuentes siendo los que gobiernan y a los que supuestamente gobiernan, echándose la culpa entre ellos. Haciendo otras cosas menos trabajar y gestionar lo que deban. Eso mientras tanto, nos tiene entre el combate, el asombro, la indignación, el lamento y el silencio.

Entre tanto, a los ciudadanos, los trabajadores, los egresados, los estudiantes, las señoras que venden desayunos, los paleteros afuera de CU, los activistas de sillón, los profesores comprometidos, los profesores que nomás quieren jubilarse pronto, los investigadores del Conacyt que siguen haciendo su chamba, los investigadores acomodados y de palancazo, los escritores golpeados, los editores que censura, los editores que buscan otras formas de reproducir lo rasurado, los reporteros, los que arriesgan su vida para sacar buenas fotos, los que grabaron con su celular, la señora que fue insultada, las señoras que insultan, el chófer de la combi que extraña MVS Radio con Carmen Aristegui, el #Lord o la #Lady en turno, los jefes de medios, los malos jefes y dueños de medios, los políticos que no los dejan hacer su trabajo y los políticos que se olvidaron de hacer política; los funcionarios lacras, los dueños de bares, los simples turistas, los transeúntes, el mexicano promedio, el moreliano por adopción, el michoacano en su tierra y los muchos, miles, millones de mexicanos aquí, allá y en el extranjero. A todos estos y por todos los otros, nos está llevando el remolino.

¿Cómo habremos de sobrevivir a lo anterior? Creo que como siempre: resistiendo, porque no hay de otra.