Por Jonathan Macotela

En la antigüedad la vida sólo era silencio.

El ruido nació hasta después del siglo XIX, con el surgimiento de la máquina.

Hoy el ruido es rey supremo sobre la sensibilidad humana.

Luigi Russolo, El arte del ruido (manifiesto futurista, 1913)

Espero… Guardo silencio. Inmovilidad. Busco el silencio pero no existe. Me pregunto si alguna vez, como dice Russolo, hubo silencio. Porque aún en este estado de calma y de aparente silencio suena el ventilador de la computadora con la que se escribe este texto. Incluso cada golpe de los dedos sobre el teclado es una especie de escándalo contenido que ya no alarma a nadie. Y en un plano más profundo se puede escuchar un sonido opaco, un rumor grave: es el paso de los carros por la avenida que está a unos pocos kilómetros. Suena también un ruido agudo, repentino, que después de saltar en los oídos se va desvaneciendo rápido, es el sonido ultra común de un refrigerador. Es verdad, no hay silencio. Pero ¿sería soportable el silencio? El silencio es tan desconocido que su idea o su imagen prefiguran lo inhumano. Parece ser propio de la condición humana ese telón de fondo hecho de vibraciones abstractas no siempre fáciles de codificar: ruido.

Que la vida exista sumergida en un estanque de sonidos y ruidos es fácil de decir, pero ¿qué pasa cuando ese continuum se recorta de la realidad y se lleva al taller como un si se tratara de arcilla maleable? Y todavía más, ¿qué pasa cuando el ruido se convierte en premisa estética? En un artículo publicado en la revistaPerspectiva Interdisciplinaria de Música de la UNAM, el compositor Marcelo Toledo propone un mapa para rastrear los orígenes de la investigación estética sobre el ruido en la música académica. Toledo ubica dos grandes fuentes de esta caudal: por un lado las aportaciones de Stravisky y Debussy, por otro la Escuela de Viena. El mapa recorre un tramo sinuoso que comienza (más o menos) en el posromanticismo y termina en las obras más recientes de compositores actuales como Julio Estrada, Helmut Lachenmann o Salvatore Sciarrino. La línea pasa por nombre obligados como Edgar Varèse, Pierre Schaeffer, Karlheinz Stockhausen, Iannis Xenakis y John Cage. Y se puede o no ser consciente de esa historia, pero no se puede evitar el ruido anegándolo todo a nuestro alrededor, unas veces de manera sutil, otras de manera violenta. ¿El ruido es música? ¿Las causas de esta vuelta de tuerca? Podría proponerse que por un lado, el desarrollo teórico de la música (por ejemplo, el serialismo) terminaría tarde o temprano desgastándose y explotando en otras concepciones sobre la estructuración musical; podría proponerse por otro lado que el desarrollo tecnológico de la vida cotidiana acabaría por trastocar también la esfera del arte. Podemos decir “sí” a todo lo anterior. Sin embargo, cualquiera que sea el caso no deja de asombrar esa neurosis de la vanguardia por ser iconoclasta. ¿Qué podríamos decir de toda la música que no es vanguardista? ¿Qué es banal? Sería interesante practicar alguna especie de examen psicoanalítico a los movimientos vanguardistas.

Sea cual sea la historia del sonido (en oposición al tono o a la “altura” tonal) en el desarrollo de la música “culta” o académica del último siglo, es un hecho que el ruido es parte habitual de la realidad más inmediata. Es por ello mismo que también es parte común de toda producción cultural relacionada con el oído. Para muestras cotidianas baste con salir a la calle a sólo escuchar. Pero veamos ejemplos en música: no hay producto musical masivo que no incluya algún elemento “extraño” en sentido clásico; estamos habituados a escucharsamples, gracias a los míticos DJ’s, estamos habituados a los sintetizadores, a la intervención de sonidos digitales, a las extravagantes texturas sonoras, etcétera. Y nadie se extraña. ¿Cómo entró el ruido-musical a la cultura popular? Una respuesta rápida: el rock. El rock redireccionó en masa la artillería musical, intercambió los objetivos melódicos por los rítmicos, las armonías por las disonancias, el volumen de mínimo a máximo. Pero esa incursión del ruido ha sido (y es) tímida. No todo lo que brilla es oro, no todo lo que dice “rock” es contrasistema. Ya se sabe que la mecánica del devenir cultural es de absorción gradual de los elementos alógenos, de incorporación de los cuerpos extraños de la periferia, pero sólo en la medida de que no dañen el orden interno de la esfera. Homeostasis. Y eso es lo que sucede con el ruido, pervive diminuto en los productos musicales como un rasgo de legitimidad (estética, indentitaria, etc.). Se mantiene ahí como algo aceptable mientras no sea molesto, mientras no acuse o signifique un contrasentido, mientras no sea diferente al ruido de un refrigerador en la cocina durante la noche, o al de un vehículo que cruza la avenida cercana, es decir, mientras siga siendo inocuo.

El conflicto ocurre cuando el ruido estalla en algo indescifrable. Cuando el sonido es devuelto a los territorios de la incertidumbre. ¿Qué significa? Nadie sabe. Y nadie sabe porque cuando alguien “sepa”, el ruido habrá sido nuevamente incorporado al tranquilizador mundo de objetos desarmados, de las cosas inofensivas. Ese, el del estallido, es el terreno en el que las vanguardias han procurado mantenerse, el terreno de lo indescifrable; pero no sólo las vanguardias en sentido estricto sino también algunas otras formas de producción musical derivadas, identificadas ciertamente como expresiones avant garde pero de rock, jazz, electrónica, etcétera.

El tema del ruido como posibilidad musical, como sistema periférico, o como premisa estética es todavía lugar fértil para reflexiones. Quizá lo explique mejor una cita del escritor Juan José Saer que retomo del artículo de Toledo: “Lo desconocido es una abstracción; lo conocido, un desierto; pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación”. El ruido es “conocido a medias”: vivimos con él, pero no sabes por qué. Ruido como síntoma de deseo, ¿pero deseo de qué? Ruido como alucinación, ¿pero cuál es la imagen que construimos en ese espejismo? Quizá antes que todo lo demás habría que preguntarse sobre nuestra convivencia indisociable con él. ¿Por qué hay ruido en todas partes? ¿Qué dice el ruido? ¿Qué significamos con el ruido?