Por Jaime Tarzán

Este 25 de septiembre cumplimos 12 años de andar pervirtiendo mentes vírgenes y para conmemorarlo retomamos este texto que originalmente fue publicado en la edición número 16, especial que sacamos por nuestro 3er aniversario.

Para Noctis. Espero que este sueño soñado al menos contemple algunas de las inquietudes que te llevaron a crear y mantener Clarimonda.

El terror escapó demente a la hoja en blanco y se plasmó colérico en la furia letal de sus grafías. Se extirpó harapienta la médula del fonema al denunciar los ecos que desvirtuaban sintagmas que en la esencia de sus días emanaban dolores atados a una complacencia. Sí, las palabras verdes aún dormían furiosamente en la voz de algún desquiciado que buscaba devorar el cuerpo incauto de este ser maléfico que ha perpetuado las sombras diabólicas del hombre.

Terror que hacía deambular el cuerpo etéreo edificado a la dosis perfecta de una médula insensible. Una especie de ente que absorbía las más dañinas decodificaciones del ser; piensa. Sustancia que a cada paso tomaba forma, hasta llegar a erguirse una bestia que vista de frente no era más que una sobredosis; de verdad. De verdad, el miedo invadía cada rincón de los sentidos y se coagulaba en la intemperie de la cerrazón, anclada en un devastamiento de significantes.

Mis ojos se rasgaron a la vista. Me detuve a observar como aquel monstruo  devoraba las entrañas de los individuos expuestos al calor de la existencia. Del cuerpo amorfo se delineaba la esbeltez de una figura que traspasaba imágenes al poder de su envoltura. Se me aferraban los ojos a contemplar cómo un ente de esos que llaman espíritus  busca vengarse de algún loco que profanó su tumba, de esos muertos que aún muertos les queda algo de vida y buscan salvar su esencia al volcarse a la vida en cuerpos deformes de naturaleza propia pero que también buscan suicidar su dicha al posar en moldes que desvirtúan su imagen.

Sabía que el hombre acaecía ante tal cuerpo en formación desfigurada, mas el terror atrapaba mis sentimientos y renunciaba inconscientemente a aquella especie que englobaba la materia de la cual formaba parte. Mi vista se apartó descalabrada; luna roja cegaba el inquietante eclipse de realidades; luna llena que invertía el caos  reflejado entre la penumbra y la visión noctámbula. Claroscuro fue el reflejo de mis ojos al posarlos sobre esta contemplación furiosa de virtudes. Bestial, la sombra petrificaba su forma en una representación magnífica. Un derrame de temores causó aquella noción impetuosa, derrochando ansias de poder contener emociones y comprimir las voces en un cerrar de ojos para no ser devorados al proferir el eco.

Los pasos de aquel cuerpo deforme se hacían cada vez más detonantes a causa de médulas disecadas por la absorción visual a la que arremetía esta extraña masa penetrante. El cuerpo tomaba forma con cada respirar contenido en nuestros pechos, el aire se colapsaba en un despertar mutante de la vida; el cuerpo tenía forma, la esencia de un ente quedaba desfigurada; el ente había dejado la materia metafísica para adentrar al ensueño de alguna realidad consciente. Nutrido de sangre humana, con pasiones  de muerte arrebolada al delirio de los sueños; de aquella soledad inestable que los muertos reprimen; de lunas convertidas en conejos para curar la noche amedrentada en la lujuria;  del miedo dividido entre la mente y la demencia en la locura de la tristeza; de este saber si tu cerebro carbura a la identidad de tus neuronas dentro de un cerebelo que ilustra al pueblo en memorias de CLAros RIos MONtados al DAnzón de un desvarío; de éste frenesí que viaja al erotismo  humano, apegado al tacto libre que desploma cada rastro al beso de los vientos, por todo esto y más, la imagen coagulaba cada gota de sangre que olía a su paso, la coagulaba dentro de su vientre fatídico y sombrío; recogía huesos que insertaba  pasos a su figura inmemorial de espíritu.

Al paso de los años,  horas quizá… no sé, pude pensar que yo era parte de esa inmensa figura aún de forma incierta pero de materia condensada, mas al despertar en la muerte pude regresar la vista e infiltrar mis pupilas al vientre de aquel sin nombre para entonces. Tornó melancólico mi estado de ánimo, la muerte me había acechado. Galopando en mi memoria, volví a sentir aquel sentimiento que nació en mí cuando vi por primera vez, aquella alma en pena buscando su sueño arrebatado en la desdicha. La emoción invadió la escultura de mis huesos y a golpes desperté llorando. No entendía, la noche aún cubría mi vista, a lo lejos, una mancha tétrica se me aproximaba, una mancha que al acercarse más y más, tomaba forma. Me remitía a una especie de mujer visualizada en algún momento de mi memoria. Cerré los ojos y comencé a torturar mi mente a tener en claro el significante de cada significado, fue estruendoso, los gritos se clavaban dentro de mi cabeza al mismo tiempo que sentía todo el caos de neuronas que buscaban codificar mi cerebro. – Con calma – dijo aquélla voz suave y delicada –, es difícil. Entiendo. Tú al menos, conociste los libros y te imaginabas cosas. Yo, jamás pude si quiera imaginar a mi creador.

Poco a poco levanté mi rostro, – Una mujer de facciones perfectas y cuerpo encantador –  fue lo primero que pasó por mi mente, ya no tenía duda, era una mujer. Me levantó sobre sus brazos, yo flotando y con miedo me dejé llevar. Súbitamente y de un jalón me arrancó un  pedazo de pellejo y absorbió mis pensamientos como una vampiresa cuando absorbe la sangre a sus víctimas…

Desperté como la vez del sueño húmedo, pero ahora con la sensación de un sueño viajado, de un viaje de sueños  que retorcían ideas en mi mente, y lo importante es que aún era yo, Manuel Noctis,  así que comencé a tejer mis sueños en un atrapo de mi ser, en la esencia de una vampiresa llamada CLARIMONDA.