image
Por Carlos Dzul
1. Cada quince días nos quedábamos de ver para mirar una película. Acabábamos nuestras veladas en el malecón, mirando el río, yo también sus ojos negros. Te quiero, me gustaba decirle porque era cierto y para molestar. Ella (Eréndira): “estás loco”. 21 años, casada, madre de un niñito de nombre Ítalo. Su marido: un dizque escultor. En dos años, por ejemplo, había esculpido en el rostro de Eréndira, utilizando la técnica del puñetazo, una expresión triste pero decidida, el rostro de alguien que sabe que la tormenta puede prolongarse varias noches pero no le importa.
Hablábamos de todo un poco, el río, las estrellas…, cuando calculaba que estaba distraída le ponía una mano en el trasero y se lo acariciaba. Ella en recompensa me obsequiaba un suculento bofetón. Entonces yo le estampaba con rabia de enfermo mental un beso en la boca. Forcejeábamos al principio, al cabo se dejaba besar, así era nuestro juego.
¿Me quieres?
Ella siempre respondía que mucho.
Tras un rato volvía con su hijo y su esposo y yo me quedaba por allí deambulando (¿valientemente?) entre las calles húmedas y frías de esta maldita ciudad.
2. Blanca, la típica muchacha silenciosa que escribe poesías a la sombra de las jacarandas y va de huaraches por la vida, fabricando sus propios aretes, bordando sus propias blusas. La típica muchacha que en el bolso trae sin falta un libro de Pessoa y lo va leyendo en el transporte público por meses. La típica muchacha de lentes y trenzas de pelo castaño, fanática de los horóscopos y de las piedras.
Por mi parte yo era el típico muchacho deforme, con dos jorobas, tuerto, una pierna más larga que la otra, que se burlaba todo el tiempo de todo el mundo empezando por él mismo. El típico muchacho hambriento.
Y pensé que Blanca sería perfecta para mi hambre, así que me di a la tarea de memorizar completa o casi la obra de Pessoa, en portugués, y luego pasé toda una tarde y una noche recitándosela; por cada poema ella me daba un beso y por cada beso suyo me sobrevenía no sé qué.
Cerca de la madrugada, cuando yo pensaba que la cosa estaba hecha, le dije: sé mía.
Y fui recibiendo en la mejilla un postrer beso tan calmo, tan frío…
“Me llamo Blanca y desde hace tiempísimo que soy el juguete sexual de Don Leobardo (explicó la Típica Muchacha no tan Típica), un señor que vende coches, nuevos y usados y que más que señor es un monstruo”.
Descorazonado, me alejé. En lo sucesivo, cada vez que nos veíamos nos ignorábamos.
3. Estaba aquella noche empedándome tranquilamente en La Puta que Me Parió cuando tuve la sospecha de que la mesera me estaba tirando el calzón, lo cual, bien que mal, me hizo feliz. La mesa que ocupaba, solo, estaba aconchada contra la pared y cerca de un ventanuco de cristales empolvados y rotos; cada cierto tiempo la mesera iba y se asomaba. Para esto, por ser chaparrita, estiraba el cuerpo, las piernas, y sacaba unas nalgas de aspecto jugoso.
Aprovechando un momento en que andaba ella repartiendo caguamas en otras mesas, me puse de pie para echar un vistazo por el ventanuco. Entre el polvo y las rajaduras de vidrio distinguí con trabajos un parquecito muerto por donde cruzaba una pareja de borrachos y unos perros olían basuras, nada más.
Pedí otra caguama, la quinta; cuando me la trajo la prendí de la muñeca y le hice la pregunta, así directo: ¿qué le ves al parquecito muerto ése?, ¿me estás tirando el calzón?
Sin ningún esfuerzo la mesera se soltó, yo estaba pedísimo, destapó la caguama y llenó mi vaso; creo que se apiadó de mí porque dijo: quién sabe, oiga, luego yo tiro el calzón hasta sin darme cuenta, 35 varos.
Le pagué. En su rostro desfilaban la amargura y el aburrimiento.
4. La vi sentada en el piso, con las piernas abiertas como una bebé, mordiendo una hoja que había caído de una mata de almendra. Le pregunté una dirección, por hacer plática, y no supo. Entonces la invité a la playa y dijo “porsupollo”. Cuando se puso de pie me llamó la atención que no se limpiara la tierra del vestido, como cualquier persona sensata, y que no cargara zapatos. Lo hice ver. Ah, se me olvidaron, dijo. El vestido que llevaba era verde agua y le llegaba hasta las rodillas, un vestido extraño, como de papel de china, debajo del cual no había nada más que… ella. Mi corazón, pobrecito de mi corazón. Tenía el pelo negro, los ojos azules y el cutis perfecto; hasta ganas de llorar me dieron. Caminamos un trecho y como no queriendo la cosa le pregunté si le gustaba chupar verga. Guácala, dijo. Tal respuesta, en principio, me desanimó. Es cosa de intentar, le dije y la tomé con fuerza de la mano. Ya enfilábamos rumbo a mi casa, cuando, en tono pueril, agregó: ¿Por qué?, ¿tú querías que te la mamara? No no no, cómo crees. Ah, pensé que eras igual que el doctor, dijo. ¿Cuál doctor?, le pregunté. Pues el DOC-TOR, a ese wey le encanta, y los cabrones enfermeros… , bueno, pinches weyes, por su culpa me escapé de allí. ¿De allí? Del manicomio, dijo como si cantara. Caminamos otro rato sin decir una palabra, la desilusión ya inflamaba mi pecho. ¿A poco si estás muy loquita? No estoy loca, dijo ella (se molestó de repente), lo que pasa es que muerdo. Pues yo también, dije y le mordí la mano por hacerme el chistosito. Pero yo muerdo fuertísimo, dijo ella, sobre todo cuando estoy encabronada y creo que mordí mordí mordí una verga. ¿Una qué? Y me iban a pegar, por eso mejor escapé, corrí corrí corrí.
Para qué continuar con la farsa. La pobre muchacha estaba loca de verdad.  Suspiré con “súbita tristeza” y le solté la mano.
5. Me tiraron por fin el calzón y no supe qué hacer. Yo estaba haciendo unos dibujos pornográficos en mi libreta cuando escuché que alguien detrás de mí dijo: tienes talento. Me paré de golpe. Había en su boca una sonrisa de coquetería. En sus ojos, o en las cejas, para ser más claros, dominaba por otra parte un aire de amenaza y de firmeza. Tenía los labios pintados de rojo, el pelo agarrado en un chongo. Fuimos a una playa. Había niños chapoteando a la orilla del mar y señoras inmensas recostadas a la sombra de los cocoteros. Cuando se mostró ante mí con su traje de baño me temblaron las rodillas. Nos metimos al agua, payaseamos; fuimos a comer ceviche. Terminamos durmiendo abrazados, bajo una palapa. Al despertar nos miramos largamente. Y cuando yo pensaba que la cosa no podía marchar mejor, me dice: talentoso  eres, nada más te faltan huevos.
Volvimos a la ciudad en su carro porque yo no tengo, ni siquiera sé manejar.
6. Era noviembre, de eso estoy seguro. Hacía frío. Nos hallábamos el uno junto al otro, sentados a la entrada de una biblioteca, platicando o intentándolo. Me temblaban las manos, así que me prestó sus guantes. Eran de terciopelo azul. Me contó lo que suelen contar las muchachas a la entrada de las bibliotecas: que nadie la entendía. Ni sus papás ni su novio ni su perro ni ella  misma. Entiendo, le dije. No, dijo ella, nadie entiende. Nos reímos. Le mostré unos libros que llevaba en el morral: matadero cinco, el hombre del ventilador… Me castañeaban los dientes. ¿Cómo se llama tu novio? Roberto. ¿No te quiere? Sí, es buena onda. ¿Tú lo quieres?
Dijo que tenía que ir a no sé dónde para hacer un trámite. Se estaba haciendo de noche. Te acompaño, le dije, sin parar de frotarme las manos, con los guantes todavía puestos. ¿Me los vas a regalar?, le pregunté. No creo, dijo, la verdad es que no son míos. Íbamos atravesando un parquecito mal iluminado cuando hice que se detuviera y la besé. Mejor dicho: hice que se detuviera, me froté mis manos aterciopeladas, musité “no entiendo no entiendo” y la besé. Yo tampoco entiendo, dijo ella después del beso, pero no hablaba conmigo. Continuamos caminando, en el más oscuro y quisiera decir más hermoso silencio. Después, bajo un farol, ella hizo que me detuviera y me besó. Al despegar su cara de la mía, dijo: beso feo.
Sólo yo estaba temblando pero creo que a los dos nos dieron ganas de llorar.