Por José Agustín Solórzano

Me invitaron, junto con un par de amigos, a dar una charla sobre nuestra labor como escritores y nuestra relación con el mundo editorial. ¿De qué voy a hablarles a los universitarios? Si algo comparten los estudiantes de nivel superior, además de su ingenuidad y la prepotencia que te brinda saberte a un paso de lo que consideras una vida laboral exitosa, es la seguridad de que el mundo es enorme y está lleno de oportunidades. ¿Cómo iba a explicarles mi visión de las cosas?, ¿de qué manera les digo que lo de escritor y lo de laboral no se llevan? Fuera de sus ilusiones profesionales y sus fantasías universitarias no hay más que un desierto en el que brillan por su ausencia la literatura y el arte. El “ambiente cultural” es tóxico y habría que entrar a él con una máscara antigás; el “mercado editorial” está compuesto en su mayoría por textos que nada tienen que ver con lo artístico; y “el mundo literario” es una selva de infelices frustrados que pelean con uñas y dientes por un trozo de gloria putrefacta.

Pero no puedo decirles eso. Todavía tengo algo de decencia y prefiero que no me echen a patadas de la bonita universidad privada a la que fui invitado. También me gustaría disfrutar y contestar cortésmente –en lo posible- las preguntas que tengan por hacer los jóvenes estudiantes.

Consideremos este texto una conferencia que nunca daré; tal vez un ensayo de lo que realmente debí decir; o tal vez una forma de conjurar mis demonios antes de entrar a la benemérita sala de ponencias de una institución educativa.

Pienso que los puntos que habría que poner sobre la mesa si vamos a hablar sobre el contexto literario y editorial deberían ser los siguientes. Todos aseveraciones contundentes que buscan, claro, ofender las buenas ideologías y los prejuicios bienintencionados que la gente esgrime a favor de todo lo que tiene que ver con el escritor y su hacer creativo.

1.- El escritor es un inmoral.

Un oficio que se presta a la inmoralidad y a la perversión de los ideales es el de escritor. Ningún colega que me lea podrá negar que conoce al menos a un par de esos especímenes que yo llamaría rastreros culturales. Los que cambiaron el idealismo y la ingenuidad de su juventud por la pedantería y la ambición desbordadas de su vida adulta. Son personas nefastas que, al darse cuenta que eligieron mal su profesión, pues lo que ellos querían no era escribir sino ganar dinero, ahora, ya demasiado tarde para remontar el camino, deciden exprimir lo que sea si de ahí pueden salir algunas gotas de papel moneda. Viven a costa del talento de los otros, y conociendo las avaricias y los egos de todo creador joven los aprovechan. Tal vez se trepen del hombro de algún conocido con poder político, y desde ahí busquen vender lo que ellos tuvieron gratis: la ambición de publicar y sentirse “escritor de a de veras”. Exprimen, chupan, son bichos mordelones que no viven de hacer literatura, si no de aparentarla.

Éste es sólo un ejemplo de los muchos especímenes que podemos encontrar en el “ambiente literario”. Como he dicho, la inmoralidad, la perversión, el egoísmo y la avaricia son puntos de contacto entre muchos (la mayoría) de los que nos movemos en este campo de concentración que llamamos “ambiente cultural”.

2.- La fama es el opio de los miserables.

Nunca he entendido por qué los escritores deciden ser escritores esperando encontrar la fama. ¿En serio? No se necesita mucho sentido común para darse cuenta que había caminos mucho más accesibles; vaya, podrías haber seguido tocando con tu banda de garaje, o mejor: audicionado para La Rosa de Guadalupe; incluso ahora, para ser famoso sólo necesitas cometer una gran estupidez, grabarla y subirla a Internet. Cualquier otro rumbo: la actuación, el baile, la música, la política, ¿pero la literatura? Basta preguntarnos: ¿cuántos escritores se han hecho famosos?; es decir, famosos realmente. Los que logran llegar medianamente lejos se conforman con un millar de fans más o menos estables y un par de publicaciones con tirajes que rara vez superan los 5 mil ejemplares. Esto se liga directamente al siguiente punto:

3.- No existe un mercado literario.

En México no se lee. Si al año, en promedio el mexicano lee 3 libros, gasta 72 pesos en ellos y en los hogares de nuestro país hay una media de 10 ejemplares (entre lo que se cuenta no sólo literatura, si no libros de texto, revistas y demás lecturas de estudio y de placer), no es arriesgado aseverar que los que mantienen el mercado literario deben ser menos del treinta por ciento de los mexicanos. Y de ese porcentaje alguna parte representativa debe estar compuesta por gente que se dedica directamente a la literatura: profesores y académicos, críticos literarios (¿existen todavía?), editores, escritores en “forma”, y escritores en ciernes. Es decir; en su mayoría son los mismos que escriben libros los que compran libros. E incluso, a veces pareciera que son más los que los escriben que los que los compran. Porque ¿cuántos de los que compramos libros consumimos literatura nacional?, ¿y cuántos a autores contemporáneos? El mercado editorial literario se mantiene en gran parte de los clásicos, de aquellos libros que “todo mundo” consume porque se los piden en la escuela o porque “debes leerlos”. Yo, por ejemplo, confieso que rara vez me acerco al stand de los autores mexicanos contemporáneos. No hay ningún eufemismo poético en decir que nuestro mercado editorial lo sostienen los muertos.

Y es importante recalcar que cuando hablo de mercado literario me refiero a los libros “específicamente” de literatura (ficción, novela, poesía, cuento, ensayo creativo). El mercado editorial es más amplio, incluye desde los libros especializados en tal o cual disciplina, hasta los textos empresariales o de autoayuda, pasando por los bestsellers gringos y el spam reciclado de los actuales Youtubers. Y es todo eso, incluso Yordi Rosado o el Werever, lo que permite que una fantasía como el tianguis de la literatura se sostenga. Para que nosotros, las élites culturales, tengamos nuestras ediciones ostentosas de Montaigne o las novedades literarias de nuestros coetáneos en las manos, deben funcionar dos cosas: el “verdadero” mercado editorial, lo que sí se vende, y la simulación del conocimiento.

4.- No importa si leemos o no. Lo importante es simularlo.

Para Ricardo Piglia el Estado es una ficción política. Claro, nada en el plano político sucede de verdad, todo es simulación. Si tenemos un mercado editorial literario no es sólo porque haya una mínima parte de la población que lo consuma, sino porque el Estado debe simular que se lee, que lo cultural y el conocimiento tienen cabida en el mundo ficcional que ha construido. Es importante mantener la fantasía de una libertad de pensamiento, de una democracia del conocimiento y de un acceso a la cultura que no esté vedado sólo a unos cuantos.

En México una opción para publicar literatura es la institución pública. A través de convocatorias, premios y becas puedes lograr que tu libro exista y, si tienes suerte, que llegue a los estantes de las librerías; ahí, se empolvará y volverá al oscuro sótano de tu memoria, de la que nunca debió salir. OK, tal vez no sea tan terrible el asunto, pero si algo va mal puede ir mucho peor, ¿no?

El chiste es que el Estado no publica libros para venderlos. La institución gubernamental no espera recuperar el dinero invertido en la hechura de esos ejemplares. El Estado publica libros para simular, primero, que hay escritores y, segundo, que hay lectores suficientes. Como toda aportación del sistema de poder, ésta es sólo forma, el contenido se estanca y nunca llega del todo a los supuestos receptores.

¿Cómo fomento la lectura? Hago libros. Pero ¿y luego?, ¿cómo llegan esos ejemplares a los lectores? Pues los pongo en las librerías. Los regalo en eventos públicos. Ajá, pero ¿cómo hacemos que esos potenciales lectores lean de verdad? Ahí sí no sabría decirte.

Construimos carreteras, embellecemos los parques, hacemos edificios, monumentos, exposiciones, conciertos, libros, bibliotecas. Pero no sabemos cómo hacer lectores, cómo conseguir que las personas se comuniquen. Habitantes del libro y del mundo que intentamos, inútilmente, embellecer con formas pero jamás con contenidos.

5.- El editor odia al escritor, el escritor al lector, el lector al librero, el librero al escritor y al editor, y así más o menos.

Entro a una librería y el librero que me atiende, un tipo que sabe de libros, al menos del libro como objeto, me cuenta de las editoriales que maneja, me dice cuáles son las mejores ediciones, me ofrece los ejemplares más caros, los más exclusivos. Los precios, inalcanzables para el mexicano promedio, se justifican con la calidad del papel, la del contenido, con la impecable traducción, con lo difícil que es conseguir obra de tal o cual autor. El elitismo, el placer de la exclusividad es lo que nos venden, no las ideas o las ganas de conocimiento. Sé que una librería no se mantiene de las ventas de esos ejemplares carísimos; a pesar de que habemos quienes los pagamos. Ahí, en ese mismo establecimiento, escondidos como si avergonzaran al dueño, están los clásicos en las ediciones más baratas; al lado, acompañándolos como una pareja dispareja, están los volúmenes de ocasión: 101 nombres para tu bebé, aprende a mentir con éxito, las 1001 cosas que debes saber sobre las mujeres. No sé, cualquier cantidad de títulos que la gente compra porque considera la lectura como una forma de entretenimiento vacuo. Algo para matar el tiempo.

El librero me dice que aquello son las chacharitas, que lo tienen porque es lo que piden, pero que no entiende por qué las editoriales fabrican esa basura. Siempre que un cliente entra y pregunta por alguna de aquellas aberraciones él lo mira de reojo y le dice que ahí están, pero no intenta convencerlo; igual pasa cuando un paseante curioso entra preguntando por la tercera parte de Crepúsculo o por el nuevo libro de moda. No, aquí no manejamos eso, le dice, y lo termina de echar con una mirada de desprecio.

Las librerías siguen siendo lugares sacros; simulacros de un santuario donde se supone adoran al conocimiento, pero lo que adoran es la soberbia y el elitismo. Desde ahí el librero, esa especie de sacerdote en peligro en extinción, mira sobre el hombro a sus consumidores, los juzga y los mide.

Y hablo de las librerías “independientes”, las pocas que aún sobreviven aparte de las grandes cadenas (pues éstas ejercen una dinámica más parecida a la de los centros comerciales). A estos pequeños o medianos establecimientos es a los que algunos escritores se acercan a llevar sus libros. El creador, en este caso hace el papel de distribuidor y comerciante. Llega con el librero y le ofrece, de la mejor manera, su producto. Quiere que lo exhiban en la librería y asegura que va a venderse como pan caliente.

El ego del escritor es directamente proporcional al desprecio que por él siente el librero. Que si algo no soporta, además de a los compradores de chacharitas, es a los escritores de a pie. Si aceptan ofertar los ejemplares, es seguro que ninguno se venda y que la librería termine haciendo la función de bodega. Así, el vendedor de literatura siempre evitará lidiar con los esperanzados jóvenes que creen que su obra es un bestseller en potencia.

Lo mismo pasa con los editores. Ellos no ven en todos los escritores una mina de oro inacabable. Al contrario, huyen de ellos. Si no me creen acérquense a uno y ofrézcanle su manuscrito. Los editores son en este caso las muchachas guapas, y tienen un montón de adolescentes vanidosos de dónde escoger.

Para no entretenerme más en este punto sólo basta decir que el lector, ese otro animal que peligra más que cualquiera de los anteriores, tiene que atravesar, para poder elegir un libro, o simplemente para llegar a casa a echarse en su sillón a leer plácidamente, una selva de egos, soberbias y vanidades que terminan convirtiendo una experiencia tan grata como la de la lectura, en un campo minado donde termina cojo, tuerto o, en el mejor de los casos, exigiendo una indemnización por haber visto tanta inmoralidad.

5.- Escribir y leer no tienen nada que ver con lo anterior.

Los libros son una especie de tumbas a la inversa: guardan lo no perecedero del hombre. Las vísceras anímicas son las que salvan al humano de ser sólo un animal egoísta y destructor. Es en la literatura donde podemos decir todo lo anterior para permanecer ilesos; es en el refugio de lo escrito donde la realidad se llena de contenido y deja de ser sólo una forma.

Leer, escribir, es puramente un acto de comunicación, primero individual y luego colectivo. Lamentablemente para llegar a él muchas veces tenemos que sumergirnos en el ambiente cultural, nos es necesario bogar a través de la tormenta mezquina del hombre para llegar a lo humano.

Lo que escribimos y lo que leemos sucede a las orillas de lo demás, y es desde estos lugares al margen desde donde podemos transformar el desierto del día al día en un lugar habitable y vivible. Las batallas del lector y del escritor se ganan en privado, ya después se verá si las festejamos en público.