Por Luis David Niño Segura

Apostó a su esposa en las cartas. Era lo más preciado que tenía y la perdió con una mala mano. La gente que estaba alrededor le pidió que no llegara a ese extremo, que lo consultara antes, que se lo preguntara a su señora, pero Memo no lo pensó mucho, en las cartas uno tiene que ser arrojado, además, si ganaba, se quedaba con su esposa, escrituras de casa nueva y carro. Así estaban las apuestas en la mesa. El silencio que rodeaba aquella jugada de póker era espectral, se podían escuchar los latidos de los jugadores. Cuando destaparon las dos manos Memo perdió, estaba seguro que su full le daría el triunfo, pero su contrincante destapó una mano única, de esas que se dan una vez en la vida, una escalera real de color. Cuando destaparon el último As de trébol se rompió el silencio y se escucharon aplausos. Memo agachó la cabeza, su full resultó insuficiente. Quiso alargar la jugada, pidió la revancha pero no se pudo, su contrincante se levantó de la mesa y tomó las escrituras de su casa y la factura de su carro. Se los guardó en la bolsa trasera del pantalón y encendió un cigarro. Alrededor de la mesa solo se quedaron los curiosos, aquellos que deseaban saber qué haría Memo, el mismo que había perdido a su mujer en una mano de póker.

Le pasaron una cerveza y le dio un trago profundo, lento, había visualizado ese momento, el instante de la derrota y ahora le había tocado la de perder, a él, el mejor jugador de Texas Hold’em en Tejeringo el Chico. Su rival de juego le soltó una sonrisa y se quedó esperando el acuerdo. Memo trato de recomponerse y pidió tiempo, necesitaba hablar con su esposa sobre el asunto, convencerla, decirle que la vida es una mano de póker y ahora lo había apostado y perdido todo. Tal vez vendría una vida mejor para ella, las mujeres son barajas y hay que saber barajear, pero perdió y después de perdido ya no se puede volver a apostar, porque en ese mismo juego había entregado hasta sus preciadas botas de cuero de sapo traídas desde los Ramones Nuevo León. Pensaba cómo fue posible no haber jugado un Texas Hold’em, donde era invencible, hasta había llegado a participar en la semifinal del World  Poker Tour 2013. Aparición que le dio respeto entre los tahúres de la región, incluso fue propuesta para que se le entregaran las llaves de la ciudad; pero no, cambió el Texas por el Póker clásico y se le partió el alma cuando vio el último trébol que le arrebataría a su esposa para siempre.

Metió la mano a su bolsillo y sacó el centenario que le regaló su abuelo poco antes de morir. Su centenario de la suerte que lo había abandonado esta vez. Muy pocas personas se fueron del lugar. La mayoría conocía a su esposa y no cabía duda que era una mujer hermosa, una de las mejores de la ciudad, reina de belleza en la Feria del Marrano y la Chiva 2012 y de quien se tenía que desprender por una carta maldita. Comenzó a descalzarse, puso sus botas sobre la mesa y se las entregó a su rival de juego, mucha gente dice que le llegó a ver dos lágrimas derramarse, lo cierto es que nadie confirmó el hecho, aunque no dudo que llorara por esas botas que fueron confeccionadas por el mismo sastre que le diseñaba la vestimenta a Carlos y José. Elber Gadura Parada tomó las botas en sus manos y se las mandó como regalo a un pordiosero que pedía dinero a las afueras de la Cantina. Cuando Memo escuchó eso sintió que la vida no valía nada. Pinche José Alfredo y su cursilería.

-Pos usté dirá cuándo paso a recoger a la dama – le dijo Elber con un gesto retador.

-Deme tiempo amigo, solo le pido eso, un par de días y ya. Le juro que ella acepta, ya me conoce y sabe que pierdo la cabeza en el juego… pero esto es diferente.

-Eso no me corresponde a mí, ya usté sabrá cómo se las arregla. No más dígame fecha y hora y paso por la señora.

-Que le parece dentro de tres días, ¿a eso de las siete?

-En tres días resucitó nuestro Señor Jesucristo y se fue pal cielo y ya nadie lo ha vuelto a ver desde entonces al muy cabrón… eso es mucho tiempo y no tengo paciencia paguantarle.

-Mañana señor, mañana a medio día, apiádese de este cristiano, déjeme platicarlo con ella, hacerla entender pues.

-A las doce será entonces amigo. Me la deja bañadita que le daré su buena paseada pa festejar.

A Memo Herdez el Grande le caló hondo ese último comentario. Él jamás había sacado a Elma del rancho y sabía que se le escapaba de las manos. Regresó a la casa, abrió la puerta y caminó hasta la cocina. Elma lo esperaba en la cocina, preparaba frijoles y huevo. Le llegó hasta la médula ósea el olor a tortillas de harina. Ella lo miró y supo rápido que algo había pasado. No le dio rodeos y le preguntó. Memo muy apenas articuló las palabras.

-Te… te… a-pos-té… te –te per-dí…

Elma se quedó pasmada, inmóvil. No supo qué pensar. Se miró el delantal y las manos llenas de grasa.

-…no solo a ti, a la casa también, aposté todo y lo perdí…- continuó Memo en su depresión.

-Pero cómo, no entiendo…

-En las cartas, una mala mano de póker, pensé que lo tenía seguro pero el tipo me engañó Elma te lo juró contra mi full no había opción, pero el muy perro me sacó una escalera real de color y perdí… te perdí chaparra- terminó de decir eso y soltó el llanto que se venía conteniendo desde que salió de la cantina. Elma lo abrazó y lloró con él.

-Y pa cuándo me entregas.

-Mañana… a las doce pasan por ti.

-…y al tipo ese… ¿lo conozco?

-Es el hijo de Don Amedas…

-¿El dueño de Telas Rocío?- respondió con asombro Elma.

-El mismito chaparra.

-¡Ay Memo! Cómo se te ocurrió jugarme con ese tipo si es sabido que es la mejor mano de póker de aquí de Tejeringo el Chico hasta Lomas Ajeo.

-Pos es que lo tenía cercao mujer pero el perro me engañó… te lo juro por mi jefecita la virgencita que lo tenía atorado al plebe pero…- se sentaron uno frente al otro. Los dos miraron el piso. Estaban callados. Hasta ese momento Elma notó que Memo andaba descalzo.

-¿También tus botas de cuero de sapo?

-Todo mujer, ni caca pa los análisis traigo pues.

-Pos no me voy Memo, a ver cómo le haces o qué haces pero yo no me voy con el Elber, tarás loco, cómo se te ocurre apostarme a mí que soy la perla de tus ojos, la luz de tus mañanas…

-…pos por eso mismo Elma, porque le puse todo el empeño pero no más no pude… pinche full, de veras, pinche full, era una mano segura carajo.

Elma se levantó, corrió al cuarto, tomó la primera maleta que estaba en el guardarropa y metió un puñado de trapos. Memo corrió tras ella y trató de detenerla. Él más que nadie sabía que las apuestas son de honor y no estaba dispuesto a sacrificar el suyo por el miedo de su mujer. Intentó arrebatarle la maleta pero fue inútil, le metió una cachetada que lo dejó sentado en la cama, mirándola; en el fondo no quería que Elber la anduviera paseando y presumiendo en Tejeringo el Chico, porque eso era exhibirlo a él y convertirlo en la comidilla del rancho. Además se sentía seguro de recuperarla en otra mano de póker, era cuestión de tiempo para tener de nuevo todo y tenerlo renovado. Pero a Elma no le parecía. Lo empujó y salió corriendo de la casa. Memo intentó pararla en seco pero era tan débil en esos momentos que tropezó con la cama y calló al suelo pegándose en la cabeza y se desmayó.

A la mañana siguiente, por cierto era martes trece, a las doce en punto Elber se paró frente a la casa de Memo y tocó a la puerta. A Memo lo carcomía el miedo, abrió y explicó lo sucedido. Elber le puso un puñetazo en el hocico que lo tumbó. Lo arrastró fuera de la casa y le escupió en la cara. Lo amarró a las ancas del caballo y lo arrastró hasta el quiosco de la plaza principal. El Cura Melchor Izo intentó interceder pero fue inútil Elber no entendía razones. Desnudó a Memo como si fuera un santo cristo. Todo el pueblo salió a ver el lamentable suceso. Lo recargó en un árbol y sacó su pistola. El Cura rezaba un padre nuestro y las señoras se persignaban susurrando al unísono un rosario. Cuando iba a halar el gatillo se escuchó el grito de Elma pidiendo que se detuviera. Elber se volteó y la miró ahí parada, recién bañadita y oliendo a crema nivea. Visualizó las tortillas de harina que le prepararía en un futuro. Se acercó a ella pero ésta lo aventó y corrió a acariciar a Memo. Le tomó el rostro y se lo comenzó a limpiar con su mano.

-Pe-pe-pero cha-cha-parra… qué haces aquí chaparra…

-Cállate Memo, vine a saldar tu deuda… no te espantes, solo prométeme que no volverás a apostarme en tus cartas, anda prométemelo, anda, prométemelo viejo.

-Cla-cla-claro chaparra cla-claro que sí.

Elber tomó a Elma de la cintura, la acercó a él. Todos en el pueblo observaban la escena. Cuando la iba a besar, Elma sacó un revólver y le disparó en los huevos. Elber cayó doblándose de dolor y desangrándose de la entrepierna. Cuando Elma Canón Lamas lo miró en el suelo, le aventó 52 cartas nuevas… una baraja de oro. Levantó a Memo y lo llevó a la casa de su madre. Cuando terminó de bañarlo y curarle las heridas, lo subió a un caballo y se lo llevó lejos de Tejeringo el Chico, hasta el infinito y más allá.