Por Alfredo Padilla

Me encuentro de nuevo escribiendo sobre el poeta infrarrealista José Alfredo Zendejas Pineda, a la manera de un sandio primate más que como un columnista jovial, con este sol que troza el frío de invierno, una luz que entra por la ventana y me aporrea la espalda, me abofetea el rostro, me dicta cosas pasmosamente rabiosas, adjetivos teatrales sin sentido, y otras veces me pone dócil, a tal punto de volcarme a llorar sobre el teclado como un cuyo. Ésta es una de esas ocasiones.

José Alfredo Zendejas Pineda se llamó también Mario Santiago Papasquiaro (1953-1998) A.K.A Ulises Lima en la novela Los Detectives Salvajes, de la que ustedes conocerán más datos que yo, que soy en todos los casos un fiel habitante de la poesía-pagoda que edificara Zendejas con sus propias manos, antes que ser un peatón más de los parajes turísticos del aliado chileno.

Se dice hasta el cansancio que el apellido de Papasquiaro es un homenaje a José Revueltas, que suprimió el José Alfredo porque José Alfredo solamente había uno, el autor de Un Mundo Raro; se rumora también que escribió más de 2,000 poemas, que “fue preso político en Viena, pescador en Francia, jornalero agrícola en España, y poeta, siempre poeta”, como lo testifica su hermano Héctor. Y todo parece ser que sí, indivisos datos coinciden con su “mito-biografía” no autorizada; pero hay algo que olvidó señalar su análogo, el también poeta Ektor Settaek Balam, y es que Mario Santiago Papasquiaro también fue un padre, virtud mayor hoy en día que la de ser poeta.

 “Era un buen tipo, a la gente le daba miedo su presencia. Yo viví con él hasta los tres años y medio; él me cuidaba mientras Carolina, mi madre, se iba a trabajar. Entonces él me enseñó a hablar, a caminar, a ir al cine, mis primeras películas fueron de Walt Disney. Pero al mismo tiempo me iniciaba a escuchar música, a valorar el arte; siempre escuché a los Doors mientras estaba con él. Ya más grande me contaba historias de su niñez en Tierra Colorada, de ver Chaneques y OVNIS, de jugar descalzo futbol. Siempre me habló de Bolaño, no alcanzó a leer Los Detectives Salvajes. Lo recuerdo leyendo, y leyéndome y escribiendo. Cuando íbamos por la calle caminando se detenía a sacar un papel de su morral y a escribir lo que le venía a la mente en ese momento.”

Expresiones virtuosas que arranqué de las reminiscencias inocentes de mi amiga Zirahuen, hija del poeta que moriría atropellado por un automovilista en 1998, un conductor al que se me ha impedido perdonar, ¿quién soy yo para concebirlo? No logro más que condenarlo en mi afonía. Los neumáticos que lo vieron agonizar sólo poseían onomatopeyas dolientes y gemebundas al lado de la virtuosa poesía de Papasquiaro, que brotaba en ese momento “con la limpia negrura de la gasolina”.

Escribo esto porque también soy padre antes que cualquier epíteto, calificativo u oficio cutre que pueda realizar o ejercer, lo más bajo que se le puede hacer a un progenitor es ser resonado por su fama, la fama que es como un río que lleva a la superficie los cuerpos ligeros e hinchados, y sumerge a los pesados y sólidos, como decía Bacon. Yo no me he hinchado aún el pecho con soplos de nombradía. Sólo existo en la circunferencia perceptible por mi hijo, fuera de ahí no existe nada. Las caídas que he tenido han sido en mi propio jardín y punzan nada más que en mis hinojos.

Todas las noches trato de leer a André un poema de Jeta de Santo, antología de la poesía escrita por Mario Santiago Papasquiaro entre 1974 y 1997, compilación que su mujer Rebéca López seleccionó al lado del poeta Mario Raúl Guzmán. André me mira de hito en hito apenas comprende algo, una palabra graciosa, un monosílabo inocente, un rasguño de lenguaje que le abre posibilidades infinitas. La poesía es para los niños y los locos, por eso estiramos nuestra lectura, fuera de todo realce, de todas las trazas; dejando solamente que la bucólica nos curta. Y así es como me gustaría ser perpetuado. seguramente mañana seguiremos mordiendo todo instante / jineteando nuestras risas-pájaras de cuenta / bendiciendo este frágil rehilete / Acampados en los párpados magnéticos del aire.