Por Manuel Noctis

Esa mañana, la del sábado 2 de julio, la señora Esperanza Medina se puso su vestido rojo y zapatillas nuevas porque le dijeron que iban a salir a pasear. Nunca le gusta salir de casa porque ella es feliz en su hogar. Cuando vio que se dirigían a Playas de Tijuana se le hizo raro que fueran para allá. Le preguntó a su hija Lorena que si acaso iban a ver lo de “sus papeles”, ya que normalmente la hija va para allá para ver esa situación. Ella le dijo que sí y no le causó mayor aspaviento. La señora Esperanza no tenía ni la menor idea de lo que le esperaba en aquel lugar. Con ellas dos iba también otra de sus hijas y al paso les alcanzó uno de sus hijos mayores. Con toda la inocencia de la señora este evento no le sorprendió y, al contrario, le dio gusto que todos fueran en compañía para apoyar a su hija.

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La señora Esperanza Medina, acompañada de uno de sus hijos. Foto: Joebeth Terríquez

Cuando llegaron a Playas, cerca del Faro, ella notó que algo fuera del caso estaba pasando, pues se acercaban las personas a su hija Lorena, pero no le dio demasiada importancia a la situación. Poco a poco fueron llegando también algunos de sus sobrinos y uno que otro familiar. Todos platicaban amenamente, se ponían al tanto, sonreían y emanaban una emoción muy grande que la señora Esperanza no alcanzaba a percatarse de ello. Ella después pensó que quizás se habían juntado porque iban a celebrar “algo” de alguno de ellos, pero aun así no le tomaba mucha importancia al caso.

Me acerqué entonces para preguntar quién podía darme información del evento y me señalaron a la “señora de rojo”. Pero me advirtieron: “Ella no sabe nada”. Su hija Lorena la mandó de inmediato con sus demás familiares y me dijo en voz baja que era una sorpresa. Entendí entonces y nos retiramos un poco del lugar. Lorena me dijo que “del otro lado” estaban dos hermanas y un hermano a los que no veían desde hace 16 años y que esa mañana se reencontrarían con su madre, pero que ella no sabía pues le había preparado una sorpresa. Unas semanas atrás Lorena había contactado a la fundación Ángeles de la Frontera porque sabía que ellos tenían la facilidad para realizar este tipo de encuentros, pero se notaba nerviosa, porque todo se había dado muy rápido y la emoción de ver a sus hermanos, a su familia reunida, estaba a flor de piel.

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Originarios de Mazatlán, Sinaloa, la familia Hernández Medina se fue a radicar a San Diego, en Estados Unidos, desde que los hijos se encontraban a temprana edad. Después de unos años, los papás decidieron separarse y el padre se regresó a Tijuana con uno de los hijos y los demás se quedaron en el país vecino tratando de encontrar el Sueño Americano. Lorena cuenta que la pasaron difícil, que en un principio todo se les dificultaba por el idioma y la necesidad económica, pero que hubo muchas personas que les ayudaron a sobrevivir e incluso a encontrar lugares donde poder acomodarse y pasarla bien. Así lograron “llevarla” y realizar cada quien sus vidas.

Lorena Hernández observa y platica con sus hermanos que se encuentran del otro lado. Foto: Joebeth Terríquez

Lorena Hernández observa y platica con sus familiares del otro lado. Foto: Joebeth Terríquez

Ella se casó allá, tuvo una niña, tenía un trabajo estable, vivían bien con su marido, ayudaban a su madre y aunque su padre y su hermano estaban en Tijuana mantenían comunicación constante. “Como una familia normal”, me platicó. Pero todo cambió un día, en el año 2000, cuando ella y su esposo se dirigieron a pagar el servicio de cable. Resultó que el billete con el que pagaron era falso y la persona encargada del lugar llamó a las autoridades. De inmediato llegaron. Recuerda claramente la situación: “Llegó Migración, nos esposaron y nos encerraron un día en la cárcel de San Diego, nos trataron como delincuentes y lo peor es que mi hija vio todo eso”. A ella la deportaron de inmediato y, aunque le dijeron que podía apelar su caso, decidió ser deportada porque a cambio de la apelación tenía que seguir en prisión durante un mes más y ella no podía estar así, pues “no era una delincuente”.

Lorena nunca había estado en la cárcel. No quería que la siguieran tratando como una “vil delincuente”. Así que decidió venirse a Tijuana. Ella cuenta que cuando venía en el camión a esta ciudad, comenzó a ver las luces que resplandecían en la noche y se soltó a llorar. No lo podía creer. Motivos había de sobra, ya que su marido seguiría en la cárcel mientras revisaban su expediente y su pequeña hija se había quedado con su madre. Lo más doloroso, me contó, fue que su niña vio cómo los esposaron y los trataron así de mal. “Ella no tenía por qué haber visto todo eso”, me dijo.

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Gente reunida para observar el acontecimiento. Foto: Joebeth Terríquez

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De acuerdo con Víctor Clark Alfaro, director de la Comisión Binacional de Derechos Humanos, el departamento de migración de los Estados Unidos deporta diariamente un promedio de 100 personas a Tijuana. La mayoría de ellos, dice, sin papeles que les representen como ciudadanos y que les acrediten como mexicanos, de ahí que el 20 por ciento se queda en situación de indigencia por la ciudad sin que las autoridades locales atiendan los casos conforme a las exigencias que la situación demanda y, contrario a ello, los persigue y estigmatiza ante la sociedad.

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Lorena me platicó que meses después mandaron a su hija con ella. Su esposo salió de la cárcel, también fue deportado y se reencontraron los tres en esta ciudad. Pero en el 2001, a finales del año, su madre le comentó que sus abuelos, que vivían en Guadalajara, Jalisco, se encontraban enfermos y quería ir a verlos. Ella le comentó que si salía de Estados Unidos ya no podría regresar por su condición de migrante. Pero a la señora Esperanza no le importó porque en juego estaban las vidas de sus padres.

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Una persona observando el encuentro familiar, en el Parque de la Amistad. Foto: Joebeth Terríquez

Así que se fue sabiendo que ya nunca más regresaría al país de los billetes verdes, dejando atrás a tres de sus hijos. Desde entonces, la señora Esperanza y Lorena no habían visto a sus hijos y hermanos, respectivamente. Tuvieron que pasar 16 años para que a Lorena se le ocurriera la idea de contactar a la fundación Ángeles de la Frontera para que los juntara en el camino.

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Enrique Morones es una persona que nació en Estados Unidos pero se hizo mexicano y se siente orgulloso de ello. Él fue el primer ciudadano en obtener la doble nacionalidad de manos del entonces presidente Ernesto Zedillo, durante su administración. Fundó la asociación Ángeles de la Frontera hace más de 30 años y desde entonces se dedica a realizar todo tipo de acciones a favor de los migrantes y en contra del racismo. El muro fronterizo, en la parte de Playas de Tijuana posee una salida de emergencia que los estadounidenses colocaron en caso de alguna contingencia. Es una puerta que desde su construcción nunca se había abierto.

Pero gracias a su asociación y las gestiones que han venido realizando, en el año 2013 pudieron convencer a las autoridades de Estados Unidos para que la abrieran una ocasión y así festejar el Día del Niño. Las autoridades accedieron. Las familias que en ese entonces pudieron reencontrarse marcaron una pauta que conmovió, me dijo, incluso a los de “la migra” que estaban resguardando el lugar en lo que se conoce como el Parque Binacional. A partir de ahí, me explicó contento, año con año la abren para juntar otras familias y cada que alguien acude a ellos gestionan el evento y facilitan para que otras familias tengan sus encuentros cercanos.

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Antes de terminar de platicar con Lorena una persona integrante de Ángeles de la Frontera se acercó para decirle que ya estaba todo listo. Ella fue hasta donde se encontraba su madre, la tomó del brazo y le dijo que la acompañara. La señora incrédula pensó que ya la iban a atender por sus papeles y continuó la marcha. Juntos se dirigieron al Parque Binacional, un espacio construido para el reencuentro de familiares separados por el muro fronterizo. La cadena Telemundo tenía todo preparado también para la cobertura del evento ni más ni menos que con Don Francisco, del otro lado, encabezando la transmisión. Fue ahí donde doña Esperanza cambió por completo su semblante. Se le veía mirar hacia todos lados como preguntándose qué diablos estaba sucediendo.

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Don Francisco, el presentador de televisión del otro lado de la frontera. Foto: Joebeth Terríquez

Del otro lado, el montón de cámaras seguían sin perderles la pista a dos mujeres y un hombre, quienes caminaban lentamente por el pasillo. Parecía que querían correr y no perder un segundo. La malla del muro, esa que parece que no deja permitir contacto alguno con nuestros vecinos y que fue construida con planchas metálicas que sirvieron para elaborar aeropuertos móviles en la guerra del Golfo Pérsico, imposibilitaba la vista para la señora. Pero cuando una voz gritó “mamá”, todo cambió. El semblante resplandeció, las emociones se tornaron prodigiosas y soltaron el llanto. Incluso hasta los incrédulos que se acercaron a ver qué era lo que sucedía soltaron unas lagrimillas y otros tantos se abrazaron gustosos de ver una familia reunida.

El reencuentro estaba dado. Después de 16 años sin verse, la señora Esperanza reconoció la voz de quién le había nombrado y apresuró el paso. Cuando llegó al límite entre ambos países tomó las rejas con sus dedos como si fueran los cuerpos de sus hijos. Del otro lado sucedió lo mismo. La señora soltó de inmediato el llanto. Un llanto ahogado que solo una madre puede solventar. La señora frotaba la malla del muro como queriendo encontrar los rostros de sus seres queridos. La arañaba y volteaba a ver para todos lados como no creyendo la situación.

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La mano de un familiar queriendo encontrar a sus similares del otro lado. Foto: Joebeth Terríquez

“Mira mamá, estamos todos, son tus hijos”, le dijo Lorena, mientras se acercaban las personas que transitaban por el lugar. La verdad es que no eran todos, pero sí los que quedaban, pues a decir de la hija, su padre había fallecido unos años atrás y su hermano el mayor, desde hace 20 años se encuentra perdido. Él, me dijo, padece de sus facultades mentales, un día se salió de casa y no volvieron a saber más. Pero a pesar de todas esas circunstancias, ella estaba feliz y contenta de este reencuentro, pues lo había hecho a manera de agradecimiento para su señora madre, quien pudo sacarlos adelante con todo y estas circunstancias que se encontraron desde que eran muy pequeños.

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El también llamado Parque de la Amistad fue inaugurado un 18 de agosto de 1971 por la entonces primera dama de Estados Unidos, Pat Nixon, quien, a decir de Enrique Morones de Ángeles de la Frontera, en esa visita que realizó al lugar, se acercó a la malla divisoria, que en ese entonces era de alambre de púas, para saludar a los ciudadanos mexicanos que se encontraban de este lado. Al percatarse de lo que aquella malla dividía la primera dama mencionó a los presentes que quería que nunca hubiera un elemento que los dividiera entre sí y optó contar con un lugar que celebrara la amistad entre México y Estados Unidos.

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La señora Esperanza Medina, acompañada de Lorena Hernández y otro de sus hijos. Foto: Joebeth Terríquez

Desde entonces hasta la fecha, el lugar ha servido como punto de reunión de familias que se encuentran separadas debido a las leyes migratorias del país vecino, aunado a que el reforzamiento del muro cada vez ha sido mayor. No menos ahora con la propuesta de Donald Trump, candidato a la presidencia de su país, quien ha basado su discurso político en el levantamiento de un muro mayor, el cual cierre toda posibilidad incluso de encuentro entre las familias.

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Durante más de 40 minutos la familia reunida platicó. Se pusieron al tanto. La señora conoció a sus nietos. Lloraron infinidad de veces mientras el conjunto norteño que se acercó para ambientar el lugar les cantó esa canción de “Madrecita querida”.  La señora Lorena me dijo entre sollozos que no se esperaba esta sorpresa y que jamás se hubiera imagina tener este encuentro con sus hijos. Lorena la abrazaba constantemente y su hermano pedía a los músicos que no pararan de tocar. Un grupo de personas curiosas se acercó al lugar para acompañar a Lorena y su madre. Les felicitaron por el momento. Los alentaron a seguir con ese amor que está calando a flor de piel e incluso les compartieron algunos abrazos. Lazos de hermandad que muy pocas veces pueden tener quienes se encuentran lejos y separados por un muro que deshumaniza y divide territorios.

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Grupo norteño amenizando el encuentro familiar. Foto: Joebeth Terríquez

Fueron 40 minutos en los que se mostraron el cariño y afecto que una familia unida en sentimientos se mantiene distante por un muro fronterizo que, a decir de Lorena, no es un simple muro, pues es la parte que los tiene divididos. Es la circunstancia por la cual su madre tuvo mucho tiempo sin ver a sus hijos. Un obstáculo muy grande para miles de familias que, como la de ella, están separadas desde hace muchos años y que gracias a la acción de estas organizaciones civiles pueden lograrlo.