Por Carlos Dzul
Yuya era una chamaca de catorce años, lindas piernas, impecable rostro, que usaba falditas cortas de cuadros y calcetas hasta las rodillas. Debajo de la blusa, puestos a adivinar, adivinábanse unos pechos tiernos, macizos, en punta. Pero el rasgo principal de Yuya era su voz, aniñada y melosa, como de bebé.
Po favol: por favor.
Miga: amiga.
Leta: paleta.
Pasatiempos favoritos: chuparse el dedo gordo de la mano y trazar delicadas caritas felices en los márgenes de su cuaderno.
Mesh, por su parte: pantalón de mezclilla blanca, botas vaqueras, gabardina tipo detective, sombrero de fieltro que educadamente se sacaba antes de entrar en donde fuera.
Pasatiempo favorito: eructar. Te podía eructar el himno nacional completo.
Fumaba puros dentro del salón, a media clase, aunque estuviera prohibido, y era un monstruo, no sólo por los eructos sino también por una cicatriz que le cruzaba el rostro y que se había infligido él mismo para ocultar su fealdad verdadera y revestirla de misterio: le empezaba en la frente, le cruzaba por la nariz y le finalizaba en la quijada.
Una tarde, en la clase de química, Mesh descubrió que adoraba las piernas de Yuya. Es todo. Pero de una manera insoportable, que apenas le cabía dentro del pantalón. Por las noches ni dormía por estar pensando en esas piernas, y en cómo Yuya se chupaba el dedo: mmm. Durante el día la observaba larga, dolorosamente y cuando no podía más, cuando ya le parecía humillante tolerar aquella circunstancia, iba y le susurraba cosas al oído, se le acercaba y le decía: sdlksdfkjsdoiwruimmmlmlss. Tales cochinadas, intranscribibles, inconfesables, in-todo, eran como animalejos peludos que le caminaban con sus patas húmedas a Yuya por la nuca. Justo cuando ella más ensimismada estaba rayoteando caritas felices, árboles y solecitos en los márgenes de su libreta, le caían encima las verbales y viscosas y puercas criaturas de Mesh.
En repetidas ocasiones acudió a la Dirección, la pobre, para reportarlo, pero el director estaba siempre desmayado de borracho sobre su escritorio.
¡Aich!
Yuya, la prístina, sollozaba por ahí, en los rincones, y todas las noches tenía pesadillas en donde los monstruos de Mesh la cercaban y se le metían por entre… y hasta la lamían en lugares que… no se pueden decir.
Bata, suplicaba Yuya, po favol.
Y Mesh: asdoaisjdodsifjsofisfmfmm.
Y Yuya: BUJUJUUUUUU.
Hasta que por fin, una mañana, PRRRTTSS.
En clase de mate, un viernes, para colmo.
Así pasa.
Mesh le estaba haciendo una serie de señas a la distancia, con el dedo y la lengua (el aire del salón era surcado cada tanto por un avioncito) y como Yuya lo ignorara o tratara de, le escribió tres, cuatro porquerías en una hoja de cuaderno, crach crach hizo un puño y fum se lo aventó, recibiendo Yuya el proyectil en su núbil regazo y no pudiendo, la infeliz (para estas alturas ya no dominaba ni su propia voluntad), sino leerlo.
¿Qué decía?, ¿cuál era el infernal mensaje? Nunca lo sabremos. Tres, cuatro palabras, nada más. Pero cumplieron con su cometido.
¡PRRTS!
El aroma dulzón, punzante, fue como un dígito anómalo que penetrara en las más-dormidas-que-despiertas fosas nasales del resto de los educandos. Hubo de todo: ceños fruncidos, risitas, murmullos. No volaba ya ningún avioncito.
Acerca de muchachos que se cagan a mitad de clase hay demasiado que escribir.
Aquellos que además aguzaron el oído pudieron percibir la sonaja del llanto de Yuya, el trino de avecilla sin hogar que eran las discretas lágrimas de Yuya.
Con tal de no llamar tanto la atención, o sea, más de lo que ya la estaba llamando, prefirió no hacer lo razonable, es decir, salir corriendo al WC, sino que acabó de zurrarse allí mismo, en su pupitre, sobre el cual permaneció la clase entera, llore y llore. Hasta que no se fueron todos no se levantó.
Y no, no vamos a enlistar aquí los apodos que a partir de aquella tarde le llovieron.
Diremos, nomás, que así fue como empezó el noviazgo.
Mesh, cuando Yuya salió del WC, le secó las lágrimas, que todavía le guindaban, con su pañuelo blanco de lino; dicen que fue acompañándola hasta el portón y que en ningún momento se burló ni hizo el menor comentario.
Días más tarde los vieron besándose.
Mua mua mua. Así los encontrabas, desde entonces, mua mua mua, prendidos como lapas uno al otro, en el salón, en los jardines, en los paraderos de camiones, como los que están idiotas. ¿Qué frases de amor no se dirían? ¿Qué promesas no se habrán hecho? Una joya, un arcoíris, parecía ese noviazgo. No duró mucho (la belleza es así) pero mientras lo hizo fue sublime de observar, fue legendario, como el cuento ése de la princesa y el monstruo.