Por Jesús Montalvo

Postal 1: Bolsillos vacíos

Bolsillos Vacíos. Llevas el teléfono celular al Monte de Piedad. Lo que te presten será bueno. Ya habrá tiempo para desempeñarlo, refrendarlo o de jodido vender la boleta. Por lo menos ahora tienes para bajar a los congales. Tu decisión es firme y cabal: ocupar un pequeño espacio en la barra de tu lugar favorito. Aunque hace hambre, es mejor quitarse el estrés con las heladas. A cada trago se va borrando la sensación de tristeza, la presión de la chamba, los regaños del supervisor que desde hace dos semanas te trae entre ceja y ceja. Un trago, y otro. En la rocola Cornelio Reyna, como presagio turbio, explica qué espantosa es una cruda. Cómo vuela el tiempo cuando estás agusto, piensas al descubrir la cantidad de caguamas vacías. Quieres pedir otra pero ya no hay feria.

Bolsillos vacíos. No todo está perdido. Recuerdas haberle prestado tres dólares a un camarada que vende chácharas en la calle. Lo buscas, lo encuentras, le pides lo tuyo y el muy cabrón te paga a regañadientes. ¿Beber una más? Por supuesto, aunque lo consideras, porque el Book del Callejón Coahuila ofrece una alternativa, la suerte, la promesa, la posible multiplicación de lo invertido. Hacia allá te diriges. Apuestas y pierdes. Siempre apuestas, siempre pierdes. Pero algún día, algún cochino día. Sales de nuevo al fresco de la noche. Estás embarrado, nuevamente y por entero, de fracaso.

Bolsillos vacíos. Las expectativas se han reducido. Sólo queda iniciar la cacería. Con las broncas de nuevo encima, vagas por las cantinas gorreando cheve a quien se deje. Consigues ponerte bien borracho. Ajua, Viva, Salud, Ayayay. Vas al baño a descargar la vejiga. Casi no te importa haberte mojado los pantalones. Y es allí, en el mingitorio, que recibes una epifanía: el lunes, luego luego llegando a la maquila, te acercarás al supervisor, y, sin decir agua va, le soltarás un vergazo.

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Postal 2: El Vacío

Éramos muy pequeños para andar bajo el sol de la carretera. Huérfanos de patria y de futuro. Los mayores creían que el porvenir germinaba en otras tierras: raras veces vemos el fruto del terruño. Porque, qué hueco deja nuestra raíz cuando cierta madrugada la bendición materna sella la despedida. O ni eso. Entonces el horizonte cobró sentido. Paisajes con sus días y noches se sucedieron ante tu sonrisa de par en par, ante mis ojos de hito en hito. Ingenuos hasta el hartazgo, albergamos ilusiones por gratuitas. Pero las ciudades con sus altísimos edificios, pero las personas con sus bajísimas intenciones. Quedamos varados en una fábrica fronteriza. El norte del cine lucía diferente. Nos estafaron desde el principio. Después, alguien te habrá dicho lo linda que eras, porque en un lugar de mala muerte comenzaste a disfrutar de la buena vida. Yo, por seguir tu rastro, oficié de espectro. Horas me faltaron para agradarte. Tarea estéril.

Quienes daban la vida por tu compañía, ahora, viendo tu facha triste, niegan haberte conocido. A tu puerta ya no arriban flores ni cartas suicidas. Nos perdimos entre caricias frías, pistolas cargadas, carnes marchitas, masilla en los dientes. Duele escribir estas líneas hoy que tu boca no sonríe, hoy que mis ojos no buscan horizontes. Ya sabemos lo que hay del otro lado de la carretera. El vacío.