Por Alejandra Villegas

Fue fácil para él meterse la cuchara a la boca después de enseñarse a hacerlo. Hasta se le volvió, después de un tiempo y con práctica, inherente. No tenía mejor táctica que la de sentarse frente a la pantalla del computador unas horas para sentir la necesidad de mascar algo. Entonces, no se ponía en pie porque el agua granulada en la planta de los pies no le dejaba levantarse, en cambio se encorvaba hacia el frente y tomaba con sus espumosas manos la cuchara de la mesa. La desplazaba a su boca y esta tronaba contra el canino, avanzaba fría y tensa hasta el molar. Ahí se ponía a chocar contra ambos lados del óseo camino de sarro. Al lado la cortina blanca con el viento moviéndose y debajo el gato gris acurrucado no representaban nada en su vida cotidiana porque jamás había volteado a verlos hasta ese momento en que una luz brillante le ilumino el cerebro. Pensó en que pesaba ciento cincuenta y ocho kilos con doscientos gramos y que no se podía moverse bien y él era todo lo que se anunciaban en la TV, en los programas acerca de gordos y se sintió feliz. Podía por primera vez ser parte de algo, meterse una cuchara a la boca sin alimentos encima, llevaría a la multitud al borde del multiorgasmo. Se sentirían realizados y comprometidos, inspirados por sus apasionadas medidas para ser más saludable. Tendría hasta su propio anuncio en la televisión. Pero como la cuchara estremecida por el entusiasmo del pensamiento comenzó a deshacerse al choque de los molares y la lámina de metal, el sujeto se atraganto. Tosió, se apretó a la garganta el infeliz, como si aplicando una fuerza igual de negativa a la asfixia por aluminio y pedazos de muelas le diera un resultado positivo. Tosió nuevamente y no lograba escupir nada. Una noticia para la internet y un chiste para los internautas y los anuncios de superación personal en televisión abierta tirados a la basura. Tosió nuevamente y alguien exasperado llamo a la puerta, escuchamos los ruidos coléricos de una señora pidiendo silencio porque su perro se había despertado. Él, más bien, se retorcía con miedo de su propia muerte. Seguíamos escuchando, hasta que se oyó un aullido largo y cayó al frente la computadora y el cuerpo de aquel hombre. Llamé enseguida una ambulancia que tardó más de dos horas en llegar. Lo cubrieron con un plástico azul y lo cargaron hasta el trasporte esperando a la entrada de la casa, encendieron el motor, encendieron las sirenas y se fueron a toda velocidad, señalando que una emergencia iba en camino al depósito de cadáveres. Porque las luces rojas y azules en un sitio como este son la señal para que el cura haga doblar las campanas.