Por Pé De J. Pauner

Una de las imágenes más poderosamente eróticas y violentas jamás descritas por un escritor no erotómano se encuentra en el cuento Primera sangre(1) de Curzio Malaparte, autor que me ha acompañado a lo largo de mis propias descripciones en cuanto a atmósfera se refiere. En esta narración Malaparte describe:

Torquato, que tenía unos cuantos años más que nosotros y que trabajaba de dependiente en una carnicería, venía a veces llevando oculto bajo la chaqueta un gran pedazo de carne roja y amoratada, ribeteada con un encaje de grasa amarilla. Dejaba el pedazo de carne sobre el murete del canal, sacaba del bolsillo una larga navaja, con la hoja espesa y ancha y paseando la mirada alrededor con un gesto sospechoso decía en voz baja: “Ahora os lo enseño yo.”

Diríase que experimentaba un misterioso placer en palpar aquella carne dura y lisa, que se pegaba a las yemas como una pasta suave. La cogía con ambas manos, la levantaba en alto, la dejaba caer dos, tres veces, con un frío chasquido, sobre la piedra del murete, comenzaba a abofetearla con la palma abierta, y aquellos “chaf-chaf” comenzaban suscitando en nosotros, chiquillos, un sentido de alegría, pero luego, poco a poco, una extraña turbación, mezcla de miedo y de vergüenza. Torquato, de repente, empuñaba el cuchillo.

(…) Yo experimentaba una oscura sensación de repugnancia, pero Torquato debía extraer de aquellos gestos y de aquella imagen (la hoja que surgía lentamente de la herida) un agudo extraño placer: ya que, apenas sacado el cuchillo, volvía a hundirlo con violencia en la carne, y repetía los gestos anteriores entornando los ojos pasmados y jadeando. De repente sacaba el cuchillo, lo dejaba en el murete, y metiendo en la herida los dedos de ambas manos, ensanchaba sus labios, inclinándose a contemplar la llaga. Le temblaban las manos, movía la boca balbuceando palabras incomprensibles, y me parecía distinguir de vez en cuando en aquel confuso balbuceo un nombre de mujer, algo como “Naninna, Naninna”.

Bataille había establecido, en su breve pero brutal relato-ensayo Madame Edwarda, el nudo que ata víctima y verdugo:

(…) iba delante de mí, como envuelta en nubes. La indiferencia tumultuosa de la sala a su dicha, a la mesurada gravedad de su andar, era una consagración regia y una fiesta florida: la muerte misma participaba en la fiesta, ya que la desnudez en el burdel invoca siempre la idea del cuchillo del carnicero.

Salvador Elizondo(2) señaló, estableciendo un vínculo lógico entre el tema de la prostituta-dios de Madame Edwarda y su ensayo La parte maldita cómo, en este último, Bataille había reflexionado sobre la naturaleza utilitaria de la víctima sacrificial (entre los aztecas), su pertenencia anónima al pueblo (su “cosificación”) y su última importancia trascendental en el acto de morir, desnuda, entregada, a sus sacrificadores y a los espectadores:

La víctima es un excedente tomado de la masa de la riqueza “útil”. (…) la víctima penetra en la intimidad de los sacrificantes y participa en sus consumaciones: la víctima es uno de ellos y, en la fiesta en que perecerá, canta, baila y goza con ellos de todos los placeres.

Así pues, el coño de la prostituta siempre es sacrificable y el pene del cliente jugará el rol temporal de un cuchillo de obsidiana.

Un coño desnudo, desprovisto de vello púbico es cruel. Su crueldad tiene mucho de placeres pederásticos. Esa es la intención manifiesta del sexo femenino aséptico, pulposo, abierto como una almeja mojada, afeitado, en el negocio de la pornografía. No es la limpieza exigida en un negocio de compra venta -de intercambio de un producto en tetrapack-, pues la humedad de las mucosas, los geles lubricantes, la baba y las salivas o el mismo vómito de las felaciones violentas mancharán conscientemente, -con un propósito que conlleva la excitación del voyerista a través de la simulación, o, de plano, la verdadera cinta snuff, de una violación-, la imagen aséptica que un ingenuo pudiera suponer detrás del afeite del vello en el sexo siempre dispuesto a abrirse de una mujer pública. La exhibición notoria de los genitales intencionadamente persigue una mayor excitación en ciertas mentes, pero esto es un añadido cultural (en este caso de naturaleza económica en el negocio pornográfico) como la búsqueda constante de nuevas, ingeniosas y gimnásticas posiciones sexuales: se busca la exhibición descarada de las penetraciones en una conjunción de sexos sin rastro de vello.

Henry Miller, entusiasta de la hirsutofilia, estaría decepcionado ante la completa desnudez de los cuerpos en el arte, el cine y el porno actuales. Dice el narrador de Trópico de Capricornio que lo que importa, lo que verdaderamente excita, en la relación sexual con una mujer, es el vello púbico. Describe así su enamoramiento hacia Lola Niessen, su primera profesora de piano:

En verano llevaba mangas muy abiertas y podía verle los mechones de pelo bajo los brazos. Me volvía loco de verlos. La imaginaba cubierta de pelo por todo el cuerpo, incluso en el ombligo. Y lo que deseaba era envolverme en él, hincarle el diente. Podría haberme comido el pelo de Lola como una golosina, si hubiese llevado un pedacito de carne pegado a él. El caso es que era peluda, eso es lo que quiero decir y, por ser peluda como un gorila, no podía concentrarme en la música sino sólo en su coño. Estaba tan deseoso de verle el coño, que por fin un día soborné a su hermanito para que me dejara mirarla a escondidas mientras estaba en el baño. Era todavía más maravilloso de lo que había imaginado: tenía una mata que iba desde el ombligo hasta la entrepierna, una enorme mata espesa, un morral escocés, rico como una alfombra tejida a mano.

Su personaje (o Miller mismo), había indicado antes, al inicio de la novela, la trascendencia-dependencia del cabello y el vello en la memoria del pubefílico, aún más que el sexo en sí:

Se pueden recordar muchas cosas de la mujer que ha amado uno, pero es difícil recordar el olor de su coño… con alguna certeza. En cambio, el olor a cabello mojado, a cabello mojado de mujer, es mucho más fuerte y duradero… por qué, no lo sé.    

Podemos caer en la explicación freudiana (¡por supuesto!), de explicar que la pubefilia, ginelofilia o hirsutofilia que padecía o, mejor dicho, gozaba, se encontraba en los recuerdos indelebles de la infancia:

(…) recuerdo el olor del cabello de mi tía Tillie después de que se lo hubiera lavado con champú. (…) También olía a sudor, incluso después de bañarse. Pero el olor de su cabello… ese olor no lo puedo olvidar nunca, porque de algún modo va asociado con mi odio y desprecio hacia ella. (…) Cuando estaba toda acicalada, me preguntaba si estaba bonita y si la quería, y, naturalmente, yo le decía que sí. (…) Después de que se hubiera ido, cogía los rizadores y los olía y los estrujaba. Eran repugnantes y fascinantes… como arañas.

Recuerdo cómo, en mi caso particular, en mi propia experiencia hirsutofílica, esperaba con ansia la llegada de una ex amante que acostumbraba venir al hotel de la ciudad dónde le aguardaba, tras seis horas de viaje en autobús (ella llegaba a mí), para desnudarla y hundir mi nariz entre su vello púbico que había recogido los olores del camino: el tenue aroma de un sudor apenas oculto por el perfume impregnado en la tela de la tanga lavada o el de la humedad que ya impregnaba la almeja femenina.

Posteriormente, en Labellum(3), mi novela sobre el acontecer de las tribus urbanas, he descrito cómo Natius, el personaje masculino, goza olisqueando a su amante Liz:

Cuando está desnuda gusta de oler sus axilas. Recostada sobre la cama, le levanta el brazo y clava la nariz como un ave.

No sé cómo habrán de imaginar los lectores esa escena y puesto que no lo aclaré sería difícil que alguien imaginara a Liz con vello axilar. Pero en mi imaginación así la concibo. Son sus axilas lugares oscurecidos por un vello limpio, lustroso, ensortijado.

El caso es que hoy el vello púbico ya no es público. Y en el hecho del afeite del sexo se encuentran los mismos principios que rigen el acto de afeitar las cabezas entre los reos o entre los miembros del ejército o de las novicias: la destrucción de la personalidad, la cosificación del ser humano, su transformación en bien público, el descubrimiento de lo humillable que es desnudar de pelo, cabello o vello la piel. Porque en el acto del afeite está implícito el acto de transformar a alguien en víctima.

Puede llegar a sentirse una filia o una fobia, en el caso extremo, por el vello propio o ajeno. Una filia negativa sienten los que afeitan sádicamente una cabeza. Una filia positiva los peluqueros. El papel biológico del vello era el de evitar rozaduras en los tiempos en los cuales la especie humana era nómada. El papel del cabello es aislar el cerebro del calor excesivo, pregúntenselo a un calvo cuando expone su cráneo al sol si no sabrá de eso. Pero en la sociedad actual el vello se niega. Se pueden alegar varias razones, algunas ya anotadas arriba, sobre todo el asco (fobia), o la limpieza, en el afeite del sexo, ocultando la verdad desnuda que es precisamente esa: la desnudez total que conduce a la total desnudez del alma de la víctima.

Norman Mailer expresó(4), en relación al filme de Bernardo Bertolucci, Last Tango in Paris (1972):

Hay una abstracción monumental en la pornografía. (…), los órganos sexuales muestran más carácter que los rostros de los actores. (…) En el porno, hay falos cuyas venas distendidas hablan de la integridad de un corazón trabajador, pero en los rostros hay muy poco contenido específico.

En el prólogo a la novela Este morir a gotas(5), escribí, en relación a este señalamiento de Mailer:

Cierto. Uno se pregunta quién es, en realidad, el o la porno star, ¿el humano detentador de órganos sexuales o esos órganos sexuales que le dan de comer a ese humano con sus exacerbadas actuaciones? Y es que, si alguna vez los rostros expresan algo es en relación a la sumisión ante los genitales tumescentes, húmedos, omnipresentes, ubicuos, todopoderosos: felaciones, eyaculaciones en boca y rostro, gestos de dolor-placer.

La pornografía ha despojado de personalidad a los actores dejándole el estrellato a sus sexos. Pero en un intento, bien conseguido, de infantilizar esos sexos obreros les ha despojado, a la vez, de personalidad, uniformándoles, despersonalizándoles. El vello púbico es, pues, lo que da, otorga, un temperamento, una personalidad al sexo y al rostro de su dueño. Es lo que hace un poco más humana a la puta. En el hecho del afeite hay una perversión cercana al afeite y el tatuaje en un Campo de Exterminio.

Hace algunos años -eran los últimos del Siglo XX-, recuerdo que las chicas embriagadas o drogadas que subían a la pista improvisada en las noches de carnaval, en dónde tocaban los grupos de rock, en la ciudad y puerto dónde viví en el Golfo de México(6), empezaban una danza no profesional que terminaba en desnudez con el consabido escándalo que los mojigatos hacían al terminar la fiesta; los chicos del público, alentados por el alcohol y la promesa de ver gratis sexos femeninos de una muchacha que quizá era alguna vecina o la compañera de la escuela, gritaban ¡pelo, pelo! indicando con esto a la chica que mostrara vello, que enseñara el sexo.

Veo una table dancer en la pista. Mientras se encuentra aún vestida, con unas prendas mínimas de colegiala(7) de las cuales pronto se empieza a desprender, le miro la cara. En cuanto queda desnuda ya no es una chica quien baila. Es un coño. Un coño bailarín tan parecido a tantos otros. Nadie le mira la cara a la dueña de ese coño. Luego reflexiono: no es un coño lo que vemos, es la carne pronta a abrirse de la escena del cuento de Malaparte. Carne de carnicería. Carne para nuestras navajas de obsidiana. Carne para verga, entregada a la verga, sacrificada a la verga.

Los establecimientos de Table Dance deberían decir: “¡Coños bailarines, coños, coños!”, en lugar del consabido “¡Chicas, chicas!”. Hay mucho de fascista en un coño aséptico, desprovisto de pelo y mucho del bigote de Hitler en el ridículo manchón de vello que muchas bailarinas conservan encima de su sexo. La falta de vello en el erotismo y la pornografía es el primer paso al fascismo de la carne: pronta a ser carne de vaca. Es el fascismo pornográfico el que ha triunfado.

Hitler debe reírse con su ridículo bigotito-manchón encima de cada sexo enfascistado que exhiben las putas y que las chicas copian por mera moda. ¡Vaya! ¿Quién que se precie de ser un buen hirsutófilo quiere meter su verga enhiesta por el medio de esa sonrisa hitleriana triunfal?


Notas.

1 Curzio Malaparte. Primera Sangre. Libros DB. Argos Vergara. Barcelona, España. 1983.

2 George Bataille, Madame Edwarda. Introducción y traducción de Salvador Elizondo. Premiá editora, S. A. Cuarta edición, México, 1984.

3 Pé de J. Pauner. Labellum. . Ediciones del Ermitaño. Minimalia Erótica número 22. Primera edición. México. Abril de 2009.

4 Norman Mailer. A Transit To Narcissus. The New York Book review. 1973.

5 Arturo Pizá. Este morir a gotas. Prólogo de Pé de J. Pauner. Ediciones del ermitaño. Minimalia erótica número 23. Primera edición. México. Noviembre de 2010.

6 Tuxpan de Rodríguez Cano, al norte del estado de Veracruz.

7 En efecto, la pederastia escondida de los clientes está aquí. En mi novela antes citada, un viejo verde moribundo, le confiesa a una lolita: ¡El mayor secreto de los hombres es que todos deseamos poseer a chicas muy jóvenes –y remarca-, muy jóvenes, como de quince años!