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Por Carlos Dzul

Había una vez una pareja de feos. Él era feo, Ella más. Toda la vida habían tenido que sufrir dos cosas: el rechazo y las humillaciones. Ella un día se cansó de todo y publicó el siguiente anuncio: “Busco novio. Soy fea”.

Él estaba masturbándose (miraba en el periódico las fotos de muchachas encueradas), cuando… Tras pensarlo mucho, decidió marcar. Se quedaron de ver. “También soy feo”.

Al encontrarse frente a frente comprobaron la veracidad de sus afirmaciones. Risa les dio. Él propuso que tomaran un refresco. Yo prefiero una chevecha: dijo Ella. Terminaron borrachos, desnudos, en Cuarto de Hotel. Ella quiso de inmediato hacerle una ******. Él enfureció: ¡Qué puta eres! Le dio una madriza. Al día siguiente fueron a desayunar y con la cara llena de magulladuras Ella suspiraba: maldito. Volvieron al cuarto, hicieron el amor dos días, al final optaron por vivir juntos.

Un Taxista y una Cortapelo.

Otro día, mientras paseaban, Él miró con éxtasis las ****** de otra vieja. Ella le hizo un desfiguro, en plena calle. PLAZ PLAZ. Cachetadas. Él dijo: te pasaste. Agregó: yo siempre voy a estar contigo porque nadie más me va a querer.

Se reconcilian, van a ver una película…

Luego Él está emborrachándose con los amigos, cuando uno de ellos comenta: ¡stá feísima tu vieja, mano! Él trata de golpearlo, de partirle su puta madre. Pero sus propios amigos lo agarran a Él y PAC TUC POT CUAZ lo patotean.

Luego Ella va y le dice: no seas tonto, sss la mera verdad, estoy feísima.

Le recomienda que se cuide, le recuerda que lo ama.

Lloran, cogen.

Así pasa un tiempo. Los viernes por la noche, o sábados, beben, beben a morir, hasta que pierden la conciencia; uno de los dos acaba siempre madroteando al otro. Se madrean por turnos. Por amor. Él consigue que le paguen más como taxista y en sus ratos libres efectúa trabajitos de carpintería, plomería, electricidad. Ella corta pelo como desquiciada. Todo es, como quien dice, miel sobre hojuelas. Resuelven convertirse en padres. Ella rapidito queda embarazada. Pasa un mes y dejan de madrearse tanto, por el bien del niño, principalmente.

Digamos que sí: son felices. Los feos.

Una noche, mientras va en el taxi, Él se percata de ello y se asusta. El taxista feo de golpe descubre que es feliz, como nunca lo ha sido en su mugrosa vida, y sorprendido exclama: ¡rechingá!

Ella en ese mero instante va por la calle pensando lo mismo.

Allí estuvo el error.

Porque esas cosas no se piensan, no se reflexionan; si las piensa uno se derrumban y si no me creen… vean lo que pasó.

Ella va tranquilamente rumbo a la panadería cuando en eso un tipo con las ropas desastradas la saluda (¡mamacita!) y en seguida le pregunta, así de golpe: ¿a cómo das las ******?

¡Que qué!

Y el tipo: ¿a cómo vendes el ****?

Segura de que el tipo está bromeando, muy confiada en su fealdad, pues nadie jamás ha querido acostarse con ella (excepto su marido) le responde: veinte pesos.

¡A la madre!, dice aquél: ¡está recaro!

Exige un descuento.

Ella lo manda a donde tiene que mandarlo, el tipo se le avienta encima y la penetra. Primero con el ****, después con el cuchillo, una y otra y otra vez.

¿Lo vieron?

Él, cuando le informan de lo sucedido, entristece. Obvio. Un compañero taxista le ha dicho en el radio: ¡vete pa tu casa, carnalito! Lo esperaban ya varias personas.

Lo que sí no hace es llorar. No. Mantiene un semblante serio, impasible, como queriendo decir a la gente: no vayan a creer que me había ilusionado…, no, yo bien sabía que… no soy tonto… Etc.

Internamente, claro, la negrura lo avasalla.

Bebe. Se madrea solo.

Un día va en el taxi, hasta las patas de borracho; le toca llevar a dos chavos, chavo y chava, jóvenes y bien vestidos. A medio camino por fin se desata: ¡ustedes!¡ustedes! Sólo eso. Estudia sus ropas: tersas. El cutis de sus caras: límpido. Sus rasgos: definidos y armoniosos. ¡Ustedes, ustedes! Luego mira Él mismo su cara en el retrovisor y se suelta rugiendo: -¡los voy a ***!

Los chavos protestan: ¡pinche… !

Pero Él no hace caso; da maromas con el carro, pisa el acelerador a fondo, estrella el taxi contra un puesto de tortas.

El saldo: un montón de comida regada en la calle, fierros retorcidos, un taxista con el rostro lleno de pequeñas cortaditas y una parejita joven, bien vestida, impoluta y encabronada.

Lo que es el taxista pasa un rato en dos lugares: en el hospital, primero, después en la cárcel.

Cuando sale de la cárcel continúa siendo taxista. Y siempre, al mirarse en el espejo, se acuerda. De Todo. Unas veces le da gracia. Otras veces no.

Un día (otro) aparece en el periódico el siguiente anuncio: “Busco una mujer hermosa para que me ame. Soy feo feo feo feo feo”.