Por Luis Fernando Alcántar Romero

Parece un cristal disuelto en la ciudad. Habitante de un rincón gris apostado en la entrada de un motel de paredes verdes desgastadas. Entre el ruido de transeúntes y vehículos.

Viste sus atuendos ceñidos y coloridos (cortos cuando no hace frío) que resaltan sus senos grandes y nalgas prominentes, y unos tacones altos de aguja que sostienen unas piernas morenas torneadas.

Y si eso no funciona, pueden hacerlo su negro cabello largo, pupilentes azules, labios pulposos, o sus jadeos fingidos copiados de películas porno para el disfrute ajeno, el acto de estimulación para el que caiga y quiera pasar un buen rato, según sus palabras.

Por lo general, se distrae viendo hacia la calle, bosteza a ratos. Está a la espera de aquél que quiera disfrutar de sus encantos por doscientos pesos (con habitación incluida).  Llega a trabajar a las seis de la tarde, y se va a su casa hasta que entra la madrugada, a veces, a las dos o tres, “porque a esa hora llega puro vicioso, borrachos o drogos.

Muchos sexoservidores laboran en distintas zonas de León, Guanajuato. Una “zona roja” muy famosa del municipio mencionado se encuentra en la céntrica avenida Miguel Alemán, con sus múltiples moteles viejos y rincones ocultos. Pero hay otros lugares, algunos cercanos a la Miguel Alemán.

El Parque Hidalgo, por ejemplo, rodeado de algunas fachadas descuidadas y rayadas con grafiti (cristales rotos y calles solitarias). Este sitio colinda con el bulevar Adolfo López Mateos, la vialidad principal de León.

Motel El Cid, es un edificio viejo de tonos verdes opacos, ubicado en el triángulo urbano conformado por el Parque Hidalgo; el bulevar López Mateos, cerca de la calle Julián de Obregón, localizada, al frente del motel, al costado derecho.

Allí hay sexoservidores con apariencia de mujer, desde las seis de la tarde y hasta las dos o tres de la mañana. Algunos de ellos se han realizado cirugías, o han recurrido al uso de hormonas para modificar su cuerpo (o partes de éste). Trabajan de lunes a domingo.

Pásate mi amor. Te hago lo que quieras. Ándale, dice Mónica, con su vestimenta entallada, tacones altos; maquillaje recargado y cabellera negra arreglada de forma cuidadosa.

Su base de trabajo es la ciudad de León, en el Motel Cid. Pasa sus días entre concreto, desgaste y espera. Se aposta frente a una pared pintada de color verde oscuro, a la entrada, junto a Mónica, están sus compañeras de oficio.

Al lado, hay una cantina que se llama “El Pino”, de donde los bebedores salen a ver al grupo llamativo de la puerta cercana, sobre una acera que alguna vez fue gris pero ahora tiene manchas de color negro.

Cerca de ahí se desliza el flujo indolente de una avenida grande, como una vena que atraviesa el horizonte.

Mónica ofrece su cuerpo a hombres por la cantidad de 200 pesos, una tarifa que incluye el costo de la habitación y sexo oral con preservativo obligatorio.

Su voz es aguardentosa. Emana una amabilidad practicada hasta el cansancio que contrasta con los cuartos húmedos, oscuros, viejos y llenos de grietas, en donde da placer, y a veces, lo recibe.

Vive en un intercambio constante que muchas veces es rudo por el trato con “los clientes”, pues el repertorio que asiste al Cid es variado.

El protocolo: llega el cliente, el trato es sobre la acera, en el borde de la entrada al motel.

Las prestadoras del servicio establecen su tarifa, se ponen de acuerdo.

Suben unas escaleras sucias de color blanco, y ascienden a unas habitaciones oscuras, pues a lo mucho, hay dos focos en los pasillos “para ahorrar energía eléctrica” y si es de día no entra mucha luz, pues las ventanas están cubiertas por cortinas.

De los ojos de Mónica escapa una especie de melancolía, que ostenta un brillo tembloroso. Su forma de hablar es apresurada, a ratos. Al parecer, nunca pierde el tono cordial, su forma de hablar a veces llega a una cursilería peculiar que podría resumir su forma de ser, con palabras como “amor”, “corazón” o “papito”.

A los 16 años empecé a vestirme como mujer, a los 8 años sentía una atracción hacia los niños con los que convivía, cuenta Mónica.

Sonríe. No me quiere revelar su nombre masculino, mismo que ni ella misma parece querer recordar, o simplemente para efectos de su labor, ya no le es necesario.

Dice que su jornada inicia a partir de las seis y media de la tarde y termina a las tres de la mañana. Sólo descansa los martes. Los días restantes se le encuentra ahí, con su semblante frágil pero fuerte a la vez, con sus brazos marcados con músculo, tatuados y unas piernas delgadas pero firmes, enfundadas en dos tipos de medias color carne: unas de nylon y otras de red encima de las primeras.

Mientras me cuenta sobre ella, adquiere una postura con una sensualidad que se antoja ensayada.

Cruza sus piernas. Mueve su cabeza ligeramente hacia atrás. Toma algunas mechas de su cabello con el índice y el pulgar, en algunos momentos, pasa la punta de su lengua entre sus labios pulposos pintados de color rosa.

Está sentada sobre una cama cubierta por una colcha de color beige, y una lámpara de luz amarilla encendida al lado, su bolsa color salmón, un rollo de papel sanitario y un cenicero cuadrado de cristal.

Le gusta usar tacones muy altos, con varios colores, motivos, o transparentes. Medias de red, vestidos ajustados y cortos; con escotes pronunciados que dejan ver sus pecho abundante.

Dice que la propia policía suele aprovecharse y “pedir servicio”. Por eso mejor me meto si veo que se acerca una patrulla. Luego se estacionan y piden servicio, pero amenazan y gritan.

Una luz opaca invade el cuarto de paredes verdes que tienen varias grietas y manchas. Cuenta con el apoyo de su familia, menciona que aún vive con ellos a sus treinta y cinco años. Un día piensa retirarse, pero aún no sabe hasta cuándo.


*Texto publicado originalmente en la edición impresa Clarimonda no. 36.