Por Juan Mendoza

En el capítulo siete de la novela Raro, Benjamín Prado relata el periplo de dos días de tres amigos (Josú, su pareja Cristina y el narrador) recorriendo las calles, los bares y salas de ensayo en alguna ciudad perdida de España buscando acercarse a Bob Dylan, quien dará un concierto en esa ciudad. Después de mucho sufrimiento, que termina con el narrador golpeado por el guardaespaldas y arrojado en un contenedor de basura, lo único que le importa es que le estrechó la mano a Bob. Algo muy similar me sucedió, pero no eran las calles de una posible Barcelona, sino las accidentadas y pequeñas avenidas de Xalapa, Veracruz; el perseguido no era un músico de folk gringo, sino un escritor escocés y antiguo junkie, y yo no terminé en ningún contenedor de basura: yo terminé mi noche secuestrado por los Zetas.

Pero empecemos por el principio.

No he encontrado a persona alguna que comparta mi gusto y entusiasmo por los relatos y novelas de Irvine Welsh como al gran escritor y muy querido amigo Rogelio Flores. Supongo que a él le sucede lo mismo, ya que tan pronto se enteró que Welsh (autor de Trainspotting, Cola, Porno, Escoria, Crimen, si te gustó la escuela te encantará el trabajo, Secretos de alcoba de los Grandes Chefs, entre otras) estaría presente en el Hay Festival de Xalapa Veracruz, lo primero que se le ocurrió fue convocarme a irle a ver.  De todos modos, él estaría presente. La fecha (sábado XX en la noche) se complicaba: La Mismísima Maricarmen (mi wife) y yo regresábamos de una de esas vacaciones para las que ahorras toda tu vida y te endeudas hasta la siguiente y, además, para el domingo al mediodía teníamos uno de esos compromisos inamovibles con una de sus amigas más íntimas. Intenté convencerme a mí mismo para no ir a Xalapa y pensaba: que ridículo me voy a ver haciendo un viaje redondo de 8 horas, quedarme toda la noche sólo por ver y escuchar durante una hora a uno de mis escritores vivos favoritos que ha resultado una maldita influencia (incluso en mi primer libro de cuentos lo menciono en mis agradecimientos), y todo nomás por estar a unos metros de él, saludarlo y que me firme mi ejemplar de Trainspotting y de Glue. Repetí lo mismo tres veces y en realidad le encontré mucha validez. Así que con muy poca lana, sin hospedaje, sin auto, sin planes,  sin saber quién más estaba invitado al Hay Festival, sin tener idea en dónde chingados se presentaba Mr. Welsh y, sobre todo, sin expectativa alguna, La Mismi y yo armamos una pequeña maleta, nos levantamos bien temprano el sábado y nos lanzamos a la Tapo, donde veríamos al  Roger, y de ahí a conocer, aunque fuera de lejitos, al legendario Irvine Welsh.

A mí me sacó de pedo que la gente no estuviera vuelta loca porque Irvine Welsh estaba en México. Luego se me bajó la sorpresa: ya sabemos que un chingo de gente en este país no lee ni madre, que la mitad de los que lo hacen consumen pura mierda, la mitad de la mitad de los que leen cosas buenas no tienen puta idea de quién es Irvine Welsh, la cuarta parte que sí tienen idea de quién es son muy buenos fanáticos de la película y malos villamelones del escritor y la tercera parte de la mitad de esa cuarta parte (es decir, La Mismi El Roger yo yo) íbamos en un camión de la ADO rumbo a Xalapa. Pos sí, morro, pensé, no fuera Slash porque la banda sí se aloca. En fin, Imaginé que el estrado estaría bastante vacío. Llegamos a Xalapa pasado el mediodía. Llegamos a comer al restaurante que parecía ser el más pedorro del Centro (y aún así nos salió bastante baratón), ya con la tripa llena decidimos indagar dos cosas importantes: dónde nos hospedaríamos y en dónde carajos estaría William McIllvanney platicando con Irvine Welsh. Una mujer policía muy amable nos dio el norte de ambas cosas. Nos estacionamos en un hotelín mero enfrente de la Catedral y nos lanzamos a pie a buscar el Foro Universitario. Caminamos un chingo, ubicamos el lugar, adquirimos los boletos (a 30 pesos, tsssss), La Mismi indagó con unos weyes de prensa que estaban fuera del foro dónde había un bar coquetón donde sirvieran tragos baratos y siguiendo sus indicaciones llegamos al bar más cercano donde transmitían el partido Chivas-América (y durante la primer hora de estancia las chelas estaban al dos por uno).

El Roger y yo platicábamos la posibilidad de que de repente Welsh le cayera a tumbarse unas frías para ver el partido, como buen hincha del football, y termináramos borrachos el escritor ya sesentón y los escritores aún treintones. Irvine Welsh no llegó, pero mi nivel de pedez por culpa de ése 2×1 comenzó a crecer rápidamente.  Al momento en que acariciamos la idea de pedir la cuenta en lugar de otra ronda para llegarle al evento, ya teníamos una buena cantidad de alcohol y plática sabrosa encima. Temí que en un momento dado no nos dejaran entrar al show gracias a nuestro nivel etílico (y aunque no lo comenté, después supe que mi bróder el Roger temía por lo mismo). Ridículo resultaría que por nuestro aliento alcohólico no nos dejaran entrar a escuchar al maestro del atasque. En fin, nada que unos chiclazos no solucionaran. Me sorprendió que había fila y me alegré que fuéramos mucho más de 20 los asistentes. Entramos sin pedos

Ya instalados en nuestra butaca, alcancé a ver a J.M Servín y a Edgardo Bermejo sentados en los lugares de prensa. Acaricié la idea de que, terminando el evento, los iba a abordar para que nos invitaran a la cena o peda o after o lo que fuera con Irvine Welsh. Cuando finalmente salió, yo lo sentí como concierto de rock, no pude reprimir un aplauso de pie acompañado del grito de fans. La plática fue bastante buena y fue interesantísimo escuchar sus opiniones de las drogas, de las películas basadas en sus libros, de los autores actuales, la música, su amistad con los de Primal Scream, el por qué escribía como hablaba el underground de Escocia, (temas que habíamos platicado la Mismi, El Roger y yo durante nuestra leve pedilla previa). Lo más importante, descubrí que Irvine Welsh era un tipazo. Hubo una sesión de preguntas del público, que siempre resulta el momento más cagante del evento. El respetable sorrajaba preguntas con temas que ya había comentado o que de plano estaban medio fuera de lugar (un morro preguntó si algún día se decidiría a escribir la novela que relatara la historia antes de Trainspotting (novela de la que por cierto fue a hablar (¿pos que éste morro de plano no puso atención?) y otro más le preguntó si se consideraba un narrador de realismo sucio como Bukowski, Burrougsh o Pedro Juan Gutiérrez, chales).

Terminando el evento me descubrí víctima de tres urgencias: Buscar a Servín y a Bermejo, irme a formar para la firma de libros y orinar. Lamentablemente escogí mal las prioridades y lo hice todo al revés. Saliendo de miar, la Mismi ya estaba formada donde la dejé y a Servín y a Bermejo ya nunca los volvimos a encontrar. Rogelio Flores llevó sus dos libros de cuentos (Adiós, Princesa y Rocanrol Suicida) para regalárselos (dedicados, a huevo) y yo quería enseñarle a Irvine Welsh la parte de los agradecimientos de mi propio libro donde aparecía su nombre, pero la neta es que se me olvidó llevarle un ejemplar, ¡chales! Rogelio le dio sus libros, le estrechó la mano, la Mismi sacaba fotos. Yo le dije: escribí un libro y estás en los agradecimientos, eres una maldita influencia y te amo. Lamentablemente, mientras le recitaba mi admiración en mi mal masticado inglés, otro morro se encimó en mí para decirle no se qué chingados. Los organizadores me apuraban, querían que me apartara. Sólo quiero darle la mano. Así que volteó a verme y el par de genios de letras, el Escocés y el Mexicano, estrecharon las diestras. La neta es que yo era una fans.

Todavía lo vimos salir. Todavía intentaba conseguir el celular de Servín para que dijera dónde sería que pudiéramos convivir más con él, todavía se nos ocurrían geniales ideas que nunca llevamos a cabo (como detener un taxi y darle la instrucción: siga a esa camioneta). En fin, Irvine Welsh se encaminó al transporte que lo llevaría lejos de nosotros, el Roger se despidió de él y ambos notamos que llevaba sus libracos en la mano. Yo le grité: Irvin, jab a seif trip. Y se fue.

Como ese día coincidió que era cumpleaños del Roger, nos fuimos a buscar dónde tumbarnos unas chelas para celebrar. Otro policía de crucero nos dio el norte para llegar a la zona de antros, entramos al más pequeño pero donde ponían rock. No había pedido la segunda chela cuando recibí la llamada de mi hermano: sólo entendí tres palabras: secuestro, estás y bien. Ya después, con calma, me platicó que mis jefes habían recibido una llamada del comandante Z40 diciendo que yo estaba secuestrado y que echaran todo lo que tuvieran de valor y efectivo en un carro para irlo a dejar al Molinito. Ya sabes, aplicando el factor sorpresa los culeros sacaron toda la sopa y si no es porque mi carnal se le ocurrió llamar a mi cel (y por qué contesté, a veces estoy en la vil pendeja y ni cuenta me doy que entra una llamada) se evitó que mis papás fueran a dejar todo lo que ya tenían preparado por mi “supuesto” rescate.

A las 2 de la mañana nos regresamos al hotel y fuimos testigos del alcoholímetro más gandalla que hasta entonces haya visto. Había como 30 elementos de la policía, con armas de grueso calibre y encapuchados (más parecían que estaban buscando a los capos del narco más que simples conductores borrachos). La fila de autos era tremebunda y ya tenían a sus buenos cuatro coches con sus respectivos conductores listos para llevárselos al equivalente del Torito en Xalapa, supongo.

Nosotros pasamos de largo y a salvo (La Mismi, incluso, se iba echando una chela escondida en una bolsa de papel maché). Eran las 2 am. Nos faltaban todavía unas horas de sueño, un desayunito y otras 4 horas de regreso para CD de México. En domingo y crudos, para acabarla de amolar. Pero harto contentos. ¡Pos carajo! ¡Estrechamos la mano de Irvine Welsh!