Por Leobardo Sarabia

Esta noche no habrá cambios ni sorpresas. Lo de rigor: la espera en el porche del Caesar’s. Recorrido en dos sentidos. Un viejo bar propicio donde conversar y pasar el rato, amigos enmascarados me saludan y no reconozco. Me tomo fotos con un trío de clowns y dos enmascarados mexicanos. Obvio. Nada qué esperar pero hay margen para el asombro, simples rounds de sombre para un espectador urbano. Más gente. Vuelve lo multitudinario. Los smartphones se manejan como instrumentos de venganza, espadas diría yo. La Calle se revitaliza, por lo menos hoy. El turismo cambia, incluso racialmente. Afroamericanos, asiáticos en pequeños grupos, como acostumbran. Gente de las colonias. Mexicoamericanos con su vestimenta habitual. Pantalones baggy, grandes camisetas estampadas. La feria de la obesidad, está de moda. A los hipsters no les gustan tanto los disfraces, a lo mejor el suyo ya es uno: atildados, con lentes de carey y extraños peinados feminoides, cuando no se rapan extrañamente.

Desde el Caesar’s oigo y veo. Sentencia vital del redactor oír y ver la extrañeza, la novedad, “el despeño de la esperanza”.

Desde un segundo piso una irrupción melódica de cumbias furiosas. La patrulla municipal 5051 pasa intimidando a medio mundo y asoman los uniformados por la ventanilla sus feos rostros acezantes.

La irrupción del zombie walk merece un capítulo aparte. Ese despliegue de pasión necrófila me gusta (saludo a Mr. George Romero que lo supo antes que nadie). Rostros destrozados, estragos de la pudrición simulada, las encías sangrantes, vísceras al aire, ropas ensangrentadas, un caminar sonámbulo, enérgico y escoriado. En esa veneración a la epidemia vudú hay altares a la cultura pop, rendición ante películas famosas que chorrean sangre, La noche de los muertos vivientes, Zombieland o la serie mundial de Netflix, que se filma en Rosarito (clip publicitario de Secture).

Un grupo de funcionarios pasa vestido de… funcionarios y el resultado visual es insólito, porque parece una provocación, un happening, arte público o un simulacro envenenado de complejidad y misterio.

En las paredes los carteles conspiran en nuestra contra: Obey the curfew, pelotaris enmascarados, pasiones necrófilas o de otaku. Veo con agrado que los placazos proletarios están aquí entre nosotros, en esta calle derruida y por ahora, atestada. En el Café Praga evado a los taciturnos ajedrecistas del Club Lasker (se les quemó su covacha donde recibían instrucciones del profesor Belinco) y a seminaristas de la literatura que hablan de metaliteratura, los kenningar y sobre un parloteo de Octavio Paz: Noctium Phantasmata.

Una nueva moda, jóvenes regordetes, con baratas camisas de cuadros y aspecto de sonrientes talibanes, caminan ajenos y confiados.

Hay tensión de unos freaks en torno de un payaso Brozo. No supe de donde salió la provocación., pero ahí están frente al Caesar’s liados a empujones. Pasa sin voltear una alta Catrina..

Y algo que se debe subrayar es la aparición de su majestad la “selfie”. Encuadre automático, narcisismo al alcance de la mano, crónica visual contra uno mismo. El impulso es antiguo, no muy distinto quizá a los pintores paleolíticos de las cuevas de Altamira o de Tassili N’Ajjer. La motivación es congelar el momento áureo, de la fiesta, el deleite, el apogeo de los sentidos o la belleza. Y va de nuevo: inmovilidad o relajo; pose estatuaria o gestualidad tabernaria; risa fingida, escenas ideales, esplendor conyugal, todo se vale. Y atrás, como escenario, lo mismo un palacio que un antro, o un museo, o una bahía con veleros, un round de muay thai, una góndola veneciana, una pelea de perros. El ansia de novelería personal se cumple, queda un mensaje al éter, a la nada. Ni siquiera es un diario sino un álbum de postales trucadas, que describen un ideal, una voluntad de conectarse. Gradualmente, la selfie parece un gesto automático, una cortesía social, una rutina idiosincrásica. Los fulanos que pasan por la acera, armados de celular con gran pantalla, obedecen a este nuevo ritual millenial. Son rápidos para apuntar con la cámara y dejar registro del momento, con selfies que los incluyen (sonrisas, bocazas, manoteo crispado, ademanes, miradas desquiciadas).

Los clubes de internet se mantienen abiertos lanzando una bocanada de luz halógena sobre las aceras. En la explanada de la Plaza Santa Cecilia hay un encuentro de reggae. El Latinos, al lado del bar Nelson, repite su aquelarre de imitadores transexuales a la alza. Mi hermano Caín me pide dinero para comprar mezcal y vodka con naranja. Lo acompañan señoritas  de mirada turbia y una maestra de capoeira.

Lo que veo es de golpe, con una sola mirada. La enumeración es sucesiva.

Un pequeño vampiro finge aspirar cocaína. Una calabaza gigante rueda por el suelo. Muchos pasan sin máscara ni disfraz con ojos vivaces y actitud de descubrimiento. Un pequeño mariachi loco camina a contracorriente de la multitud. Tres brujas, muy a la Macbeth, hacen cábalas y sortilegios en la esquina de la farmacia Gusher. Los clientes ricachos del Caesar’s Restaurant desaparecen. Deben estar amurallados en sus feas mansiones de las colinas. Unos ninjas se empeñan en simular un espadeo nada agresivo más bien lánguido. Pasa una linda zombie pelirroja reventada de pústulas y llagas y sabe fingir muy bien una mirada de extravío y lascivia…

Las policías, estatales y municipales, repiten su feo papel de aguafiestas. Pasan y encienden los estrobos, como diciendo aquí están los tipos duros.

Los tibiris de la Calle Quinta siguen en su pary generacional, casi privado. Y la cumbia se alza sobre nuestras cabezas, acelerada, pegajosa y repelente. Veo pasar un homeless, descarriado y atónito, con la actitud de los animales del circo cuando escapan a ninguna parte.

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Portada del libro.

Un gramático me dice en el oído: “sabe usted que karaoke significa orquesta vacía”. Sin que venga al caso pienso en el Titanic y los músicos que se empeñaron en tocar, mientras el enorme barco se hundía (Fiordos como montañas, brisa helada en ráfagas, quebradero mayúsculo del metal, gritería unánime de los pasajeros. Adiós filarmónicos).

Permanece y cambia la nomenclatura de sitios emblemáticos, aquí y ahora. El temible Unicornio ahora es el Rubiks. Contraesquina Porkys con Chopería. El declive de La Estrella y la energía cantinera del Dandy del Sur, más abajo. ¿Que se hizo el restaurant que encajaron en el viejo Bambi? En las aceras de Las Pulgas hay una larga fila de personas, para ver a un conjunto de ensombrerados que vienen de la sierra sinaloense. (¿Badiraguato, Cosalá, San Ignacio?, me pregunto intrigado).

En la Calle Sexta hay un afluente de jóvenes detenidos, casi en suspenso pero no, caminan modosos, rumbo a sus bares favoritos a escuchar a diestros djs, quienes como budas inmóviles, como estetas del butoh, producen su música indescifrable.

Los travestis viven su temporada de falso peligro. Su reino silicoide los aleja y les da un aire de minoría perseguida que disfrazan con exhibicionismo rumbero. Ni guasones ni dráculas ahora, y eso sí, veamos el paso de una aparatosa Barbarella. Los proletas han vuelto pero ya no con aquel tono cetrino o cejijunto, ahora se ven con ánimo festivo y sonriente. Clanes familiares con su propio tempo y su gestualidad de tribu en movimiento. Una bombera del ayuntamiento se empeña en hacer un performance y se queda aislada. Jóvenes camorristas, desenvueltos como siempre, saicos, como siempre, se exhiben, brazos tatuados, delgados y oscuros como  bullies de puerto o de callejón. Acechan..

El cronista espera ver: fridas sufridas, minotauros, generales nazis, guerrilleros, antifaces venecianos, vamps suntuosas, cohortes de rastafaris, princesas fugitivas del sword and sorcery, bandas juveniles del suburbio. Pero no. No. WYSIWYG. Esto es lo que hay: osos lúbricos, dementes, pequeños cruzados. Un revival de calvos sonrientes, muchachas lisérgicas. Un mediodía de talibanes de la contracultura y aires de Octoberfest, chamanes kumiais, tipas que llevan cestos con flores de cempasúchil, en actitud ritual…Y sigue la procesión con budas ventrudos, geishas inescrutables, artemarcialistas, y diáfanas orientales con tatuajes adragonados. Otras altas mujeres, jóvenes oscuras, con el anuncio de un rito gótico, arranques obscenos y un tonito a lo Deep South

Ya tan temprano el tiradero, una suerte de confeti en el piso, vértebras de algo inexpresable, restos de dreamcatchers, tachos copados, por ahí. Una feria de motociclistas, ellos, embozados, la mandíbula de cuero, las máquinas echando fuego y ellas, súcubos, arqueadas, muestran el tramp stamp, aferradas al galán. Para no caer y mejor verse.

Desde el café Praga, los parroquianos ven, otean, se divierten y aburren, alternadamente. No hay gringos y si, hípsters cafeteros, burócratas en slow motion, muchachas de coloratura proletaria, familias que se divierten, se apuntan entre sí con el índice y miran a todas partes. Algunos padres de familia buscan a sus hijos en la cárcel de la 8, quienes ahí se despojan de sus disfraces, con lentitud y cierta gracia, como si se desvistieran en un hotel de paso.

 Contra el perfil de la fiesta callejera, un cielo quemado, apenas visible. Contrapunto de la marcha de los anónimos en busca de gresca, bebida barata o diversión gratuita, una hilera de hoteles con las ventanas iluminadas. Punto de fuga. Quiero ver el paisaje, el conjunto que me dé santo y seña pero no. Fallo de nuevo y me quedo con detalles aislados, imprecisos: amuletos, selkies tatuadas, escapularios de la Santa Muerte, gesticulaciones, amagos, fantasías retro, turbias iluminaciones, discursos inacabados, basura dispersa. El festejo de la impostura tiene veloces transfiguraciones. Es hora de tomar decisiones rápidas. A invitación expresa me niego a brindar por mis amigos muertos. Al negarme fantaseo que viven todavía y están aún entre nosotros. Rápidamente nos apartamos del imperio urgente de las selfies. Se desvanecen las filas de gente expectante a las puertas de antros y discotecas. La noche impone su lógica y su ritual de desalojo. Risas, gritos que se debilitan, grupos que se van, a la refriega del camino a la colonia lejana. Es arduo y temible el regreso a casa..


*Texto tomado del libro Halloween en la Calle Mayor (Tijuana Metro, 2016), agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.