Por Astor Ledezma

He tenido un sueño recurrente los últimos años. Mis antiguos compañeros de clase, un grupo de niños de entre ocho y diez años, mueren de manera trágica. Todos, sin excepción, se tiran del piso más alto de la escuela en que estudiábamos. Cada sueño obedece la misma mecánica: los acompaño a subir por la escalera, los jalo del brazo cuando parecen arrepentirse. Escucho la queja, la culpa, y no dejo de asentir para mostrarles apoyo. Antes de saltar me miran.

Capturo la imagen con los ojos.

El salto

El azote, lejano, cuatro pisos abajo.

Despierto conmocionado, tomando aire a bocanadas.

Cada sueño involucra la muerte de un compañero. Escenas individuales, protagonistas autónomos de cada pesadilla.

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Mi psicólogo toma nota. Me pregunta si guardo rencor hacia alguno de mis compañeros, si continúo arrastrando el recuerdo, la presencia latente de la herida. Me habla de un deseo de venganza, de la imposibilidad de matar en el plano real y hacerlo a través de los sueños. Esa culpa que genera angustia. No entendí gran cosa. Yo sólo deseaba una tregua.

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La primera en morir fue Adriana. La niña buena de la clase –ahora convertida en mujer exitosa- tuvo un hijo con malformaciones. En su ascenso al último piso, habló de ese ovillo de carne que la iba a esclavizar por tiempo indefinible. Yo sufría cada vez que lo cargaba y sentía las bolas en su espalda, su cuerpo deformado, dolorido, y corría hacia mi esposo y le rogaba que llevara al niño a la cocina, cerrara puertas y ventanas y abriera las llaves del gas; que era lo mejor para los tres, para que él no sufriera y tampoco nos hiciera sufrir a nosotros. Pero mi esposo fue prudente y decidió, con mucho pesar, dejarlo todo en manos de Dios. Una mañana, al acercarse a la cuna, despertaron con la buena noticia de que su hijo había muerto broncoaspirado. Hicieron de nuevo el intento. Adriana tuvo un embarazo y, encomendándose en las manos de dios, fue a realizarse los primeros estudios. Recibieron la bendición de un niño con Síndrome de Down.

Sube con mi ayuda los últimos peldaños. La avanzada gestación le produce cansancio. Mujeres que cuidan a niños enfermos hay muchas –dice- yo quería ser madre, no una enfermera resignada. Le ayudo a cruzar el barandal. Antes de lanzarse me mira por última vez. Sonríe, agradecida.

Se abandona al vacío y la miro caer, manoteando, pájaro de alas rotas.

La incongruencia del sueño me permite ver el azote, el cuerpo que choca de frente y expulsa el producto entero, con fuerza, bañado en placenta y sangre coagulada. La elasticidad del cordón umbilical lo devuelve cual resorte y lo coloca, certero, en la espalda de la madre. Alcanzo a ver el feto, su rostro, sus innegables rasgos mongoloides.

Despierto sobresaltado.

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Mi psicólogo toma nota. Me habla del suicidio en los sueños, la elección de la forma. Por qué el azote y no la soga, un disparo, el corte preciso en las muñecas. Cuestiona también la relación con mis padres, si hay recuerdos que resulten lacerantes. Ante la negativa, me pregunta a quién intento matar cada vez que azoto a mis compañeros. Me encojo de hombros. Me sugiere que vaya a la escuela, que suba al cuarto piso y me enfrente al drama recurrente. Lo miro con extrañeza.

Me parece absurdo llevar un sueño demasiado lejos.

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Ramón se apoya en mi hombro. El dolor le ha aflojado las piernas. De cuando en cuando llora el nombre de su hija, se derrumba en la escalera, maldice la vida. Fue de madrugada cuando el llanto del bebé los despertó. Ramón se adelantó a su esposa, sacó a la niña de su cuna y, con fastidio, la consoló entre sus brazos. Una vez que logró aplacar las lágrimas, se acostó de nuevo en la cama, su hija sobre el pecho. El sueño de apodera de ambos. Los brazos de Ramón se aflojan, la niña rueda. El sonido del cráneo al chocar contra el suelo despierta a la pareja. Ramón descubre su pecho vacío, siente el horror deformar su cara, encuentra a su hija en el suelo, los ojos abiertos, la mitad de su cráneo sumido. Pelota sin aire.

Su garganta se cierra y brota de nuevo el chillido. Se cubre la cara, deja caer su peso en mi hombro. Le ayudo a apoyarse, lo animo a que siga subiendo hasta el último piso.

El doctor me pidió que esperara un momento, que ya estaban por terminar. Me asomé a la habitación. Alcancé a ver cómo le sacaban unos tubos de la boca. Nos acercamos. Parecía dormida, los ojitos morados, como de mapache. Sus labios reventados por el roce de la sonda, entreabiertos, como deseando construir el beso que nunca me dio.

Ramón se golpea la cabeza, intenta arrancarse el cabello; nunca había cargado algo tan pesado como el ataúd de su hija, dice. Habla también de los globos en el cielo, los muñecos de peluche que le harían compañía a su pequeña. A pesar de su debilidad, camina con firmeza los últimos metros. Sujeta el barandal, toma impulso y da un brinco al otro lado. Me mira, ofrece una mueca y voltea de nuevo hacia el frente. Me mantengo distante, su silueta recortada en la bella nitidez del cielo.

Se arroja.

Imagino el trayecto de Ramón, el movimiento de sus brazos, desesperados por hallar asidero. El sonido del choque me provoca un espasmo en el pecho. Me levanto de la cama con un grito, jalando aire, ahogado por la imagen del cuerpo reventado, la sangre expulsada a presión por los distintos orificios. Me recuesto nuevamente, palpo mi almohada y mis cobijas y, a pesar de los temblores, intento dormir.

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Los suicidios, al concretarse, al enfrentarme a la imagen del despojo, me generan bienestar. Como haber cargado una obsesión y deshacerte, en cuestión de segundos, de su legado pernicioso.

Verbalizar los miedos, construirlos para luego erradicarlos, dijo alguna vez mi psicólogo. Acudí a la escuela con esa intención: eliminar el fantasma de lo onírico, crear una experiencia real donde pudiera tener el control y así, de forma consciente, colocarme en posición ventajosa.

Ingreso al edificio escolar. Con los maestros tomando el café en la dirección, era fácil entrar inadvertido. Inicio el ascenso al cuarto piso. El recuerdo de los sueños me asalta con una sensación, una extraña pesadez en el hombro derecho; la memoria del cuerpo, el espectro de aquellos que apoyaron su tristeza antes de entregarse a la muerte.

Llego con paso firme hasta el último piso. Me planto junto al barandal. El sol calienta el metal en el que ahora apoyo las manos. Flexiono las piernas y me impulso hacia el otro lado, al breve espacio donde termina el suelo. La escena me remite a los decesos, la esencia patibularia del cuarto piso. Cada salto al vacío que escolté con la mirada. Los compañeros que cumplieron, uno a uno, el suicidio programado. La conciencia del cuerpo faltante, de la pieza que remata el catálogo de muertes. La culminación de la serie de pesadillas.

Aspiro el aire por última vez, cierro los ojos. Aflojo poco a poco los dedos que me sostienen al barandal. Mientras caigo de espaldas, descubro un ejército de niños atentos, esperando el impacto de mi cuerpo contra el suelo.