Por Guillermo Fadanelli

Cuando un hombre comienza a llorar otro está secando sus lágrimas. Encontré esta idea en una obra de Beckett: las lágrimas son inmutables porque existen los hombres necesarios para hacerlas eternas. Cioran afirmó también, en uno de sus ingratos aforismos, que los hombres conocemos el mundo no a través de conceptos sino a partir de las lágrimas. En Escrito del subterráneo, Dostoievski llega a una conclusión infame: “Estoy convencido de que el hombre no renunciará jamás al verdadero sufrimiento, es decir a la destrucción y al caos. Porque el sufrimiento es la única manera de tomar conciencia de las cosas.” Tenemos así, en palabras de tres escritores, la descripción de un mundo que no conoce la dicha más que de manera efímera. Por el contrario, si una constante parece imperar en la vida de los hombres es la angustiosa presencia de la muerte. Si consideramos que las palabras antes citadas contienen algo de verdad nos encontraremos ante una pregunta en sí imposible de responder: ¿tiene sentido continuar viviendo? Pese a la imposibilidad de una respuesta certera sólo un cretino o un estúpido respondería a esta pregunta de manera afirmativa. En cambio, cuando concluimos que no tiene sentido continuar vivos podemos encontrar varias maneras de afrontar este destino. Una de ellas es viviendo a la deriva como un observador curioso que si bien es pesimista con respecto a las cuestiones trascendentales, dedica su tiempo exclusivamente a sobrevivir o a explorar placeres desconocidos. Se me han ocurrido estas vaguedades a raíz de la literatura de Charles Bukowski, quizás el escritor estadounidense más vapuleado de los últimos años por la crítica que se denomina a sí misma seria. Sé que ésta será la última vez que escriba sobre un autor que me ha apasionado desde tantos años atrás (leí mi primer libro de Bukowski apenas rebasados los veinte años, cuando más indefenso se encuentra uno frente a la literatura). No tiene caso profundizar en un escritor cuando no es sencillo establecer con claridad las fronteras que debe imponerse cualquier imaginación que se respete: cuando uno transgrede estas fronteras comienzan los excesos subjetivos que llevan al escritor estudiado a la hoguera o a la coronación. Convertir a un escritor en un santón es un asunto penoso no sólo para la memoria del escritor sino también para la literatura.

El entusiasmo que me causaron los libros de Bukowski puede describirse de manera sencilla: si un relato es capaz de conmover una sensibilidad hasta el colmo de la envidia entonces la literatura es sin duda un asunto importante. Ya Philippe Sollers había escrito con sumo desparpajo que una de las características más evidentes de la literatura es la necesidad de apropiación que suscita. En el caso de Bukowski, esta necesidad de apropiación se manifiesta de manera inmediata. Uno desea ponerse a escribir relatos a la manera Bukowski hasta que cae en la cuenta de que es enteramente imposible. Se trata de una trampa para las sensibilidades más burdas: creer que la verdad se encuentra en lo evidente. Una vez que se ha entrado sin prejuicios en el desolado universo que habitan sus personajes, no existe marcha atrás. Me sucedió en los tiempos de mis primeras lecturas cuando el lector no desea lecciones formales sino una inspiración para continuar en la vida con un mínimo entusiasmo. Si bien en las obras de Bukowski las escenas tienden a repetirse o los personajes se expresan con palabras corrientes, no hay en sus libros ninguna narración prescindible: cada una de sus historias representa un instante en el que la sensibilidad se empeña en devenir, en hacerse presente, en ser. Poniéndolo en palabras menos arrogantes puede afirmarse que en las obras de Bukowski las palabras no suprimieron la vida (si entendemos como vida una pasión que no puede controlarse). Creo que ésta es una de las razones por las que es célebre entre los jóvenes o entre quienes consideran la literatura un arte esencialmente romántico. ¿Pero qué significa arte romántico? A falta de espacio para divagar hago mías las palabras de un romántico por excelencia, Federico Schlegel: “Las obras que para el artista no poseen tanta realidad y personalidad como una amante o un amigo, hubiera valido más que no se escribieran.” Como en lo personal sigo creyendo que la literatura no progresa, no avanza en línea recta, no posee un fin determinado, la sentencia de Schlegel continúa siendo precisa: no tiene caso escribir libros cuando no es absolutamente necesario.

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Ilustración: Soid Pastrana

Los paisajes amorales descritos por Charles Bukowski pueden causar entra tantas otras reacciones, dos fundamentales: o una repugnancia sincera consecuencia del encuentro con un mundo desconocido, o una aceptación inmediata relacionada con la conciencia de que habitamos en un mundo sin principios morales. Esto no significa que una obra así pretenda convencernos de nada: no existe en este escritor ninguna necesidad de sermonearnos; no tañe las campanas de ninguna iglesia por más que muchos se hayan convertido en sus acólitos. Música de cañerías contiene un relato memorable en cuanto que allí se encuentra una de las más claras vocaciones de Bukowski: su desarraigo moral. La breve historia narra un día en la vida de un hombre que recién ha perdido a su padre. Este hombre se encuentra en la casa que perteneciera al difunto cuando repentinamente los vecinos comienzan a hacerse presentes. Sus mustias condolencias van acompañadas de miradas curiosas que hurgan en el mobiliario de la casa. Tal parece que el hombre no tiene interés en conservar ningún objeto pues apenas una mujer hace elogios de un cuadro se apresura a ponerlo en sus manos: “puede quedárselo”, le dice. Así comienzan a desaparecer desde las sillas hasta la cubertería. Un vecino recuerda que el muerto guardaba una caja de herramientas a cambio de la que ofrece varios dólares. En unas horas la casa va quedándose vacía. El hombre no opone resistencia a la rapiña hasta que una persona se atreve a poner sus ojos en una botella de whisky. Entonces exclama: “¡Que nadie se atreva a tocar el whisky!”. Desde hace más de una década leo de manera esporádica este relato sin que en ningún momento la historia me haya parecido tediosa. De una manera extremadamente sencilla, Bukowski bosqueja una escena más de la soledad humana: hombres sin padres, ni hijos, ni dioses que prometan cunas celestiales: sólo los vecinos dispuestos a entrar a nuestras casas para arrebatarnos nuestras pertenencias: para comer incluso de nuestras entrañas. En las páginas escritas por Bukowski los hombres sobreviven en empleos mal pagados e inmundos o viven en minúsculos departamentos donde las paredes son tan delgadas como el cuerpo de una ostia. Esos mismos hombres involucrados en conversaciones ridículas o en riñas sin sentido pasan las horas en un bar alardeando sobre mujeres que jamás se irán con ellos a la cama. Las mujeres carecen de misterio porque son miradas como pañuelos donde arrojar el semen. Así es, en las obras de Charles Bukowski el erotismo no tiene lugar pues su espacio ha sido ocupado por un sexo bárbaro sin intenciones amorosas: las pulsiones no requieren una explicación ni mucho menos un escenario humanista para expresarse.

Es enorme la distancia que separa a Bukowski de escritores malditos como Baudelaire o Henry Miller en cuanto estos escritores son considerados artistas: su maldad es ante todo un bien moderno. En cambio, Bukowski no parece interesado en construir una obra encaminada a minar el bien para en seguida sumarse a una tradición literaria que le es indiferente (por más que Shakespeare sea el centro de sus insultos): es sólo un animal sensible con un cuaderno en la mano. Sus narraciones austeras no son representaciones de un mundo creado en la imaginación sino descripciones a veces exageradas de una cotidianidad callejera: las putas no se encuentran en estos cuentos para mostrarnos que la prostitución es en esencia una santidad, sino porque Bukowski no se cansó jamás de acostarse con ellas: no inventó a sus personajes sino que se sirvió de la literatura para describir un mundo que habitó hasta el cansancio: “me oculté en los bares porque no quise ocultarme en las fábricas.” Carente de reivindicaciones sociales sistemáticas, Bukowski no requiere teorías para saber que los obreros son esclavos modernos: no desea ser como ellos ni moverá una mano para salvar a nadie. Tiene sentido emplearse varias semanas en una fábrica sólo a condición de reunir unos dólares para sobrevivir: pagar la renta, comprar cerveza y conseguirse una puta. En El tiempo de los asesinos, Henry Miller escribió que un genio en busca de empleo es uno de los espectáculos más tristes del mundo: el genio va asociado a la ausencia de comida. Para Bukowski, los empleos no son precisamente el calvario que debe atravesar el genio para manifestarse. En todo caso son escollos que uno debe salvar para seguir respirando. No encuentro esa conciencia del genio en Bukowski por más que sus personajes espejo y él mismo sostengan que Bukowski es el escritor más importante que vive sobre la tierra, como lo afirma en un relato de Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones: se trata más bien de un alarde propio de perdedores que de una provocación común en un genio consciente de su importancia. Las novelas que escribió Bukowski son por lo general relatos extensos que contienen las mismas obsesiones afloradas en sus poemas: el menosprecio por el otro en cuanto éste se presenta siempre como un enemigo o como un aliado pasajero; un hedonismo propio de moribundos; la romántica certeza de encontrar arte en los extremos de la experiencia; el cáustico humor de los condenados a muerte; en suma, la expresión de un ser desarraigado que elige la escritura como un efímero placer para practicar en soledad. Encuentro estos rasgos en casi todos sus escritos excepto, quizás, en Pulp, una novela única en cuanto se distingue más como un juego hiperrealista o guiñolesco que como una novela autobiográfica a la manera de Cartero o Factotum.

Norman Mailer, un escritor tan distinto a Bukowski, acaba de escribir en su libro más reciente que se puede forjar una carrera con la idea que los demás se hacen de ti mismo. Cuando tu nombre se vuelve bandera para unos cuantos desgraciados —sean miles o millones— no tienes más camino que desaparecer o hacer negocio con tu fama. Bukowski fue mimado durante sus últimos años porque se lo merecía. Sin embargo, no le convencía demasiado la algazara que se provocaba a su alrededor: “La soledad jamás me ha incomodado porque siempre he sentido la necesidad de estar lejos.” Hace exactamente diez años cumplió su deseo más genuino: se alejó para siempre de nosotros.


*Texto e ilustraciones del libro Charles Bukowski Revisited, de Juchitán a Los Ángeles, cortesía de Generación Publicaciones Periodísticas S. C.