Por Jonás

Damiens, un condenado el 2 de marzo de 1757 a ser descuartizado por caballos en la plaza de Grève de París, es la historia de un hombre que fue retomado por Michel Foucault en su libro Vigilar y Castigar. Era un maldiciente, y sin tener carne de mártir, utilizó su ejemplo para anteceder lo que pueda venir. La opinión pública puede ser la fuerza más poderosa y destructora, lo supo Jean-Paula Marat, el mismo que utilizó el periodismo de denuncia para hacer evidente las inmoralidades de la Asamblea durante la Revolución Francesa.

En todo caso seré breve, pues las objeciones no son muchas, puntuales. Ya que resulte menester revisar nuestra condición acrítica frente a fenómenos importantes, por ejemplo, el fenómeno de las mujeres en la política y la falta de contenido referente a las fuerzas que promueven los pesos que conservan las hegemonías actuales.

La fuerza del neoliberalismo nos ha enseñado que podemos ser libre, para complacernos con el consumo que promueve un libre mercado, podemos ser libres para rebelarnos contra el Estado injusto pero no contra el mercado ensordecedor. Como dirían Joseph Heat y Andrew Potter en su libro Rebelarse Vende: “la contracultura considera la diversión como el acto transgresor por excelencia, (y) el hedonismo se transforma en una doctrina revolucionaria”.

Es decir, vaya usted y compre sus alimentos orgánicos y libres de gluten, explote el marginalismo para ser solidario con la clase trabajadora, rebélese contra eso que la modernidad le dijo que era la realidad, al final hay un amplio mercado, precios y productos que estarán a su alcance para tener un tour completo en el paraíso de la revolución.

Desde ese contexto, el ámbito electoral nos deja mucho qué desear. La política se ha convertido en la zona del aplauso a las causas de los otros. Al estilo de Axel Honnet, nos explicamos el reconocimiento sólo a partir de los “otros”, de los favorecidos.

Por tal motivo el alcance que han logrado las mujeres en la vida política nacional luce en las noticias, los periódicos, los shows de comedia, el programa mañanero que ve la ama de casa que no ha superado el estatuto de sumisa y en todos y cada uno de los espacios de la vida cotidiana. Tal es el material que otorga este fenómeno mal utilizado que hasta preparan “La candidata”, so pretexto de destacar a las mujeres pero con un importante sesgo manipular nacional.

Aunque la manipulación es focal, la lucha feminista ha sido tomada por los medios como parte de las luchas minoritarias pero ¿en qué sentido? En el sentido de que, tras “la muerte de las ideologías” de Fukuyama, ya nada hay que criticar.

Al estilo de Lipovetsky, sociólogo francés, se cree que ahora el capitalismo debe tener un rostro humano y ese debe ser el de una mujer. ¿Estamos en contra de la mujer? Claro que no, propuestas tan rescatables aunque criticables son, por ejemplo, la candidata zapatista que planea postular en CNI para 2018, una figura que tiene un papel fundamental, poner en el debate electoral la lucha anticapitalista y la fuerza arrasadora del sistema en contra de las comunidades indígenas.

Pero existen casos paralelos, muy distintos. Como el de Hillary Clinton, quien gracias a la figura detestable de Donald Trump parece ser la mujer maravilla de la política mundial. Porque aunque no lo queramos sigue siendo Estados Unidos el país desde el cual se llevan a cabo las decisiones, si no todas, las más importantes.

Todo lo que haga ahora Hillary será con total legitimidad ante la figura opositora del candidato republicano. Es preocupante. Su merito en todo caso, para muchos, es que podría ser la primer presidenta mujer. Ya no hablemos de su capacidad de negociación política y su influencia en dos sectores importantes para el manejo del país: la clase política y los empresarios.

¿Dudamos de que la mujer sea capaz de llevar las riendas de un país? En lo absoluto, al contrario, y ahí está el meollo del asunto. Hillary representa lo que Obama ha venido haciendo. Es decir, es la figura de la continuidad de las minorías respetadas pero del sistema que persiste en la opresión total.

Lo siguiente que diré podrá causar controversia, pero siendo sinceros y lo dice incluso la moda posmoderna, ¿a quién carajos le gusta usar pantalón? Son atuendos horribles, aprietan y no lo dejan mover a uno con facilidad. Pero las mujeres exigían portar ese símbolo de masculinidad en su búsqueda por tener los mismos derechos que los hombres.

La reflexión será, entonces, como les dijo Lacan a los jóvenes del mayo del 68: “a lo que ustedes aspiran como revolucionarios es a un amo. Y lo tendrán (…) ustedes no serán jamás sus propios amos, lo único que lograrán será cambiar de cadenas”.

La lucha feminista, que decidió no mirar con recelo que el capitalismo también era sustento del machismo, se encerró en una caja de cristal. Sus márgenes contestatarios fueron digeridos y entonces ahora vivimos en un mundo donde las llamadas minorías tienen el mismo derechos que todos para ser esclavos.

Ni Obama vino a mejorar el mundo a los negros, vale decir que algunos afirmaron que Obama era un “negro-blanco”, en el sentido inverso al que Norman Mailler expuso en su ensayo; ni existen evidencias de que Hillary pueda cambiar la situación de las mujeres.

Pero peor es que con una agenda de centro, sin perder de vista el control económico de las elecciones en Estados Unidos, se nos presenta a una mujer como una progresista. Y lo garrafal, el discurso feminista es que no importa si conserva al sistema, no importa si la sustenta el mercado, no importa su responsabilidad en atrocidades internacionales, es mujer y debe ser presidenta de un país.

No importa que otras mujeres con puestos importantes lleven a cabo políticas atroces, como Christine Lagarde en el Fondo Monetario Internacional y Angela Merkel en la cancillería alemana, existan personajes como la propia Clinton o Marine Le Pen en la extrema derecha francesa. Son mujeres y su política “viene a cambiar el rostro al sistema”. No necesitamos cambiar de amos, aunque sean los mismos conservadores empresarios que han controlado el marcado mundial por décadas.

No podemos seguir en las dicotomías del anticapitalismo y el feminismo como entes separados. No podemos caer en el juego de la lucha acrítica, papel que han tomado feminismos “moderados” o que dan peso a la figura de esas mujeres.

Un mundo sustentado en el simple hecho de la representación, es decir, que el papel de la mujer debe ser destacado per se, demerita otros sectores y ramas de la misma lucha. Una revolución que no esté atravesada por el anticapitalismo y el feminismo, por mencionar un par de detalles importantes, no llevará a cambios sustanciales. No hay respuesta sin pensar en utopía. Pero hoy, parafraseando a Manuel Gil Antón: feminismo sí, pero no así… y con eso no quiero que sea como yo quiero, no es una exigencia propia ni nueva, sólo hay que empujar porque busque otras formas más legitimas.


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