Por Luis Fernando Alcántar Romero

“La poesía es solamente la prueba de que hay vida. Si tu vida se está quemando bien, la poesía no es más que la ceniza”.

Leonard Cohen.

Revisé Facebook esa noche del 10 de noviembre y me topé con un agujero negro. Vi varias publicaciones que confirmaron que Leonard Cohen colgó su sombrero fedora. La materia de tu obra fue la vida, Leonard. Dejaste un impacto volcánico. Tuviste un trayecto artístico y vital impecable. Que supiste quemar bien: con tus propias condiciones, siendo honesto e íntegro.

Siempre me llamó la atención el poder hipnótico de tus canciones para llevar al escucha a chocar de frente con instantes y momentos, a paladearlos como si estuviera ahí, sintiendo a mujeres a las que anhelé amar y conocer, vidas que deseé vivir, mediante tus letras.

Al escucharte uno se siente con un vigor que se experimenta con pocas cosas. Aquí me tienes planeando alrededor de ti; ensayando un texto sobre tu persona, que mas bien son aproximaciones a lo que me causas.

Pienso que la vida tiene un sabor distinto después de escucharte. Ahora mismo me dan ganas de revisitar tus discos; pero, afortunadamente siempre hay tiempo para eso, dirías con tu voz, una caverna múltiple en donde cabía la crítica feroz y un jardín para echar a andar las pasiones.

Exponerse a tus canciones no tiene cura, en eso se parece mucho a una cita tuya que habla del amor como la única cura para todos los males. Otra cosa por la que te respeto es porque transformaste tus cicatrices en palabras, y otra vez voy a interrumpirme con una frase tuya, de mis favoritas: “Una cicatriz es lo que sucede cuando la palabra se hace carne”.

Si comentaste que Dylan es el Monte Everest (con una elevación de 8,848 metros), tú eres el K2 (8,611 metros), y esto sólo lo pongo por cuestión numérica: tu estatura física era de 1,74, Dylan mide 1,71. Hasta en esto hay paralelismo entre ustedes. Agradezco haberme encontrado con tu obra y poesía, ambas magníficas, en mi opinión. Para mí, dejaste en ellas tu espíritu.

Quería referir otro aspecto sobre ti que me hace recordarte, además de lo escrito, como un ser humano de una gran calidez. Por lo que percibo en tus conciertos que he visto, entre una canción y otra, es el hecho de que te dabas tiempo para escuchar con gran respeto, a los músicos que te acompañaban, mientras disfrutabas lo que hacías.

Por ejemplo, a fines de los años 60 te decepcionaste de tu “falta de éxito” como escritor. Llegaste a Estados Unidos para la gestación de tu mito influido por tus influencias de Yeats, Layton, Whitman y Miller, a quienes hiciste tus amigos desde tu etapa universitaria en Montreal. Fraguaste con fuego y magia profunda tus álbums y libros publicados.

Mencionaré algunos de tus discos, que disfruto bastante –clásicos, imperdibles y sí, los más populares por qué no decirlo–: Songs of Leonard Cohen, Songs of Love and Hate, Various Positions, Famous Blue Raincoat, I’m Your Man, The Future, Popular Problems y el más recienteYou Want It Darker.

También te leí, en una biblioteca pública encontré Comparemos mitologías y Memorias de unmujeriego, los dos me volaron la cabeza porque no había leído algo parecido hasta entonces. Las afinidades y el romance que sostuviste con la poesía, alimentado con tus propias vivencias, fue más allá de tus canciones y poemas, tu hija se llamó Lorca, como botón de muestra.

Casi termino el primer texto que me atreví a escribir sobre ti y tu obra. Un homenaje humilde y sincero que quise hacer, para desearte una eternidad mitad hedonista, mitad monástica, muy a tu manera. Ahora te reunirás otra vez con Marianne, tu musa inmortalizada en So Long, Marianne, de quien te despediste apenas en agosto de 2016.

Quiero imaginar que Marianne y tú, vivirán ese romance que comenzó en Hidra, en el mar Egeo y que recorrió Montreal y Nueva York. Por ahora me retiro para disfrutar de tu música. Añado, cómo no, mi gratitud eterna y una sonrisa melancólica. So long, Leonard.


*Texto publicado originalmente en Avenida Digital 3.0.