Por Perro Loco Feliz

Estaba recargado en la puerta de mi escuela preparatoria. Perdiendo el tiempo. Por esos días casi nunca ingresaba al salón de clases (tiempo después me arrepentiría). Esa ocasión vi como lentamente se acercaba mi amigo “El Brujo” fumándose un cigarro; vestía con pantalones muy holgados y camisas que le cubrían su escuálido culo y aparte de eso, él era cholo. ¿Se imaginan en el año 2003 y aun siendo cholo? Mi amigo “El Brujo” lo era, y no cualquier cholo, éste era uno de esos pesados que si lo veías venir de lejos a veces mejor te cambiabas de calle para no cruzarte en su camino. Aun así en ese tiempo se trataba de uno de mis mejores amigos. De esos a los cuales vas muy temprano a su casa a desayunar y misteriosamente él siempre tenía lechitas de sabor fresa y chocolate en su refrigerador.

Sí, en efecto, él era de esa clase de cholos malos como la mierda pero con lechitas de sabor en su refri. Me saludó con una mirada e inmediatamente se agregó a la plática mi amigo “El Cota”. Nos comentó que tenía ganas de “tumbar a alguien”, a lo cual yo estúpidamente dije que sí. Dimos la vuelta hacia la escuela y con nuestras mochilas rotas y sin libretas, ni lapiceros, esperamos tranquilamente sentados afuera de una cafetería.

—Ahí viene ese que se ve bien pendejo, mira nada más como camina el joeputa, mencionó “El Cota”.

—No, we, a ese no hay que tumbarlo, el vato está más alto que tú y te puede romper tu madre bien fácil, le contestó “El Brujo”.

—O mira a ese otro, mírale nada más su cara de pendejo, que provoca darle de patadas en el culo, les dije yo.

—Ve pues puto, tú solo, a ver si sí es cierto, dijeron ambos.

Baje la mirada y no fui a ninguna puta parte.

Después de eso ya solo me dedicaba a ver hacia distintos lados sin decir casi nada, mientras ellos dos decidían quien iba a ser la víctima.

—Mira a ese maricón de mierda, trae un buen celular y va pendejeando, a ese sí lo tumbo perros, me cae de verga que sí lo tumbo, dijo “El Cota”.

Discretamente cruzó la calle, tal cual Pedro Navajas, hizo una pausa en su camino, me volteó a ver y  me hizo señas de que lo acompañara. Yo asentí con la cabeza y a la vez dije “simon” y “arre”. Ya casi me iba a cruzar cuando mi amigo “El Brujo” me dijo: “Aguanta Perro, no vayas”, lo escuché y me regresé a mi lugar. Con voz muy seria me dijo:

—Perro, no vayas con ese wey, la vas a cagar, ese wey está bien pendejo para tumbar, mira, ya vez, al wey se le ocurre asaltarlo antes de que el chavo se suba a la combi y con un verguero de gente, ¿ya viste que al lado ya se le quedaron viendo esas doñas gorditas?, eso le va a traer pedos, además esos cumbieros son bien rifados para un tiro y siempre traen algo en la ranfla con que darte una verguiza… que te dije wey, ya se bajó el chofer.

Y en efecto, se había bajado el chofer de la combi, quien desenfundó un “fierro” más grande y filoso que el que mi amigo “El Cota” traía encima.

—No que muy huevudo hijo de perra, ven para acá para darte unos vergazos en el hocico, deja al morro en paz vato, o ¿qué vergas te debe?, le dijo el cumbiero.

El vato se veía fortachón, con un gran abdomen, pero alto, moreno y con los dientes rebajados por su saliva acida. De seguro se metía piedra, los ojos se le desbordaban de sus cuencas con gran ira.

Mi amigo “El Cota” se echó a correr con el celular de la víctima en mano y el chofer de la combi se quedó blasfemando a mi amigo.

“El Brujo” entonces me miró y me dijo:

—Perro, como vez, a ese wey casi se lo lleva la verga por pendejo, por eso yo la neta ya no tumbo a nadie we, y tú tampoco deberías hacerlo, eres mi amigo we, y no me latería verte en ese tipo de pedos, por eso we, ¿por qué no mejor vendes grapitas de coca conmigo?

Y así fue como en vez de andar asaltando gente, empecé a vender coca, porque asaltar gente es malo, y lo dice un sabio cholo amigo mío, venderles droga no lo es.