Por Nothingman

Mi primera borrachera fue a la edad de seis años con una botella de sidra. Fue un veinticuatro de diciembre. Mi padre con su compadre Samuel se estaban pisteando una de Hornitos Sauza y mi madre platicaba con Samuel’s guaif con Modelo Especial en mano. No sé si fue desde ahí que le agarré el gusto al alcohol. Supongo que es muy guirli decir que me empedé con sidra, pero a esa edad hasta una Caribe Cooler te embrutece.

A los quince años fue mi primera borrachera formal. Como no tenía trabajo y me gustaba vagar por las calles de la ciudad volándome las clases en mi último año de la secundaria, me emborrachaba con pura caguama. No me preocupaban las calificaciones ni los problemas en casa. Por mí, mis padres se podían matar si querían. Pero mi primera borrachera fue en la vulcanizadora del jefe de mi compa el Callo. Nos reunimos ahí y su jefe nos compró tres guamas a cada uno. Apestaba a puro méndigo mecánico. Supe, entonces, que mi destino era tomar.

Mis amigos solían fumar mota sentados en los arenales del lecho seco del río Nazas. Yo jamás le entré a quemarle las patitas a San Judas, me conformaba con los cigarros más baratos que podía comprar en esos tiempos. Cigarros Alacrán sin filtro. Lo que más me cagaba de comprar cigarros (aparte de no tener dinero para comprar unos Marlboro) era ver la cantidad humanamente insuperable de las diferentes marcas de pitillos. Me recordaba el estante de toallas sanitarias en los centros comerciales. Pero tenía una ventaja, no tenía dinero. Así que con mis diez pesos me compraba mis Alacrán. Yo veía a los teens de mis amigos con la boca reseca mirando el otro extremo del río. No sé si estaban alucinando o si solo estaban como Morrison en el desierto buscando algún chamán.

Yo solamente los miraba. Bajo los cuarenta grados de la Comarca Lagunera en un mayo insoportable. Cuando mis amigos se bajaban del avión, caminábamos de regreso a las tardeadas que se realizaban en mi secundaria. Antes de entrar llegábamos a la vinatería del Chore, un Don que vendía botellas adulteradas a menores de edad. Nos hacíamos de una dotación de pisto barato. Una vez adentro de la escuela nos íbamos al último salón del edificio B que estaba cerca de la barda perimetral de la secundaria federal número nueve. El Callo y El Mico esperaban afuera y desde ahí aventaban al interior de la secundaria las botellas que habíamos comprado. Así, entre música de los Chicos de Barrio y Tropicalísimo Apache nosotros nos emborrachábamos.

Yo, como de costumbre, me compraba un ocho de Modelos, me las tomaba solo y me ponía a pensar. Los tipos más osados empezaban con el faje a sus respectivas morritas. Entre manos en chichis y dedos en vaginas virginales, mi adolescencia me hizo darme cuenta que sería un completo fracasado en un futuro cercano. Además Martha, mi amor platónico en la junior escul, le metía su rosada lengua al Mico en su boca. Yo, mientras los veía, disfrutaba la fría sensación de la cerveza recorrer mi garganta. En esas tardeadas contemple en el escritorio de un salón, donde me impartían la clase de biología, como Martha perdía la virginidad con El Mico. La eyaculación precoz de Víctor logró preñarla tres meses después. Pero aquel día, bajo una falda negra y unos calzones blancos amarillentos, sobre un escritorio propiedad del SNTE, Mico le rompía el himen a Martha.

Qué envidia daba ver a Víctor desflorar a mi amor platónico. Yo no tenía novia y una manuela jamás podrá sustituir el placer de una penetración. Supongo que el motivo de que esa libertad se diera en la secundaria radicaba en que los maestros se encerraban en las oficinas a tener su propia fiesta. Sus propias orgías. Yo no soporté ver a Mico y a Martha coger. Me terminé mi cuarta cerveza y fui al baño. La orina es el peor enemigo de un pene. Bajé las escaleras del edificio B de la secundaria Josefa Ortiz de Domínguez. Todos los baños se encontraban cerrados. Tuve que dirigirme a los baños del edificio de Dirección. Cuando entré al baño escuché unos gemidos, similares, pero más profundos, a los de Martha. No me pude contener y tuve que mirar. La trabajadora social, Petronila, estaba abierta de piernas sobre un retrete y la calva brillosa del director Eusebio se movía mientras le realizaba un cunnilingus.

Más allá de sentir asco sentí indiferencia. Cerré la puerta del baño en silencio y me salí. Tuve que orinar detrás del edificio. Regresé al último salón del segundo piso del edificio B. Martha, mi amor de verano, le estaba ofreciendo sexo oral a todos mis amigos. Los tenía en fila india, al parecer la habían drogado cuando le dieron una cuba de Jack Daniel’s. Encendí un cigarro y tomé mi lugar en la fila. Para cuando llegó mi turno, la ceniza de mi Alacrán sin filtro caía sobre el cabello rizado de Martha que se movía al ritmo de Apache con la canción Pa’lla y Pa’ca mientras ella me realizaba la mejor blowjob ever.