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Por Carlos Dzul

El borracho llegaba tal cual, como el epíteto, al salón cada mañana. De su chaqueta sacaba una botella de tequila o de ginebra o de mezcal o de alcohol de farmacia. No era selectivo en el beber.

Para que no se le pasara la pedera le iba dando en el transcurso de la jornada pequeños tragos a la botellita. A los que estaban sentados junto a él, si le inspiraban confianza, les invitaba. Las temblorosas manos de los compañeros (bebedores asiduos de champurrado y malteadas de fresa), con tal de no contrariarlo, aceptaban la botella y le daban o fingían darle algún traguito y se la devolvían.

Su madre y su padre también eran briagos empeñosos.

En la casa del borracho solían suscitarse pleitos padre-madre-hijo por ver quién se alojaba el último trago de la última botella en el coleto. Las botellas rotas (arrojadas contra el piso, contra las paredes) eran el pan diario.

Él decía que cuando fuera grande sería dibujante. Es verdad que dibujaba todo el tiempo y sus cuadernos de la escuela estaban llenos de monitos.

Acerca de jóvenes que van borrachos a la escuela no es difícil escribir en absoluto.

Si alguno de los profes le llegaba a preguntar alguna cosa, el borracho, valeroso, ¡respondía!, las más de las veces imbecilidades (hay muchos chinos en china, p.e.). Lo que no quita que de cuando en cuando vertiera reflexiones útiles, acompañadas de un aroma etílico.

Su papá le registró las libretas un día y las halló garabateadas de dibujos pornográficos y lo puteó.

En el amor no es que fuera desdichado; sí un tanto ponderativo. A sus primeras novias las mandó a “chiflar su mauser” porque eran más borrachas que él; prefería el tipo de muchacha pulcra que se baña diario y nunca bebe, nada más que las muchachas de esta clase no volteaban pero ni a verlo.

Un poco desdichado a lo mejor sí fuera.

Los profes, para no tener que padecer sus ataques de furia borracha, de antemano le asignaban calificaciones excelentes, cosa que de todas formas le sirvió muy poco. En su historial contaba cien o más reportes, pero nunca lo expulsaron, por ser el propio director de la escuela también borrachísimo y compadre suyo.

Acerca de sus garabatos: empezó trazando elipses que al cabo fueron ojos, a los cuales añadió narices y caras. Después pasó a dibujar personitas completas; luego de años: personitas descansando en sillas o rascándose la choya.

Al salir de clases enfilaba rumbo a La Calle de las Cantinas, no tan lejos de la escuela como querría creerse, y en esta “zona de perdición”, así llamada, el borracho se encontraba la mar de bien, al punto de pasar allí lo que restara de la tarde y algo de la noche. Alrededor suyo, haciendo alharaca, iba siempre el grupúsculo de sus allegados, de sus autodenominados amigos. Lo cierto es que amigos de verdad hasta la fecha nadie le conoce.

Cuando su padre abandonó la casa, por más increíble que suene, su madre dejó de beber.

Cuando salió de la escuela (no la terminó), el borracho encontró rápido chamba de ilustrador en el periódico local más malo, en el sentido de más pinchurriento: una publicación infame, mitad nota roja mitad pornografía.

Quien desee platicar con él (nunca falta un necio) sólo tiene que buscarlo un poco en la famosa Calle. Pelo negro, denso; fornido, bajo de estatura. Suele sentarse al fondo de los locales, mero junto al baño pues la fetidez no lo perturba. Un palacio de cristal formado de botellas vacías adorna de rigor su mesa. En el patio interior del palacio puede verse una libreta de dibujo. Si le invitas una caguama le puedes tomar una foto. ¡Si le invitas una caguama le puedes cortar un brazo! Un día mientras tomaba se cagó, después lo contaremos con detalle.

Los domingos tiene la costumbre de pasarlos con su madre, mirando la tele o el atardecer, según qué esté más “chido”.