Por Jaime Garba

III

La tía de Enrique sentía que libró a su sobrino de la tierra del olvido. La miseria con que se crió hasta los seis años se consideraba parte natural de todos los que habitaban El Corralito, pero aun así les era inevitable levantar la mirada al cielo de vez en cuando y darse cuenta de que a aquello no podía llamársele vida. El Kiko era el menor de cinco hermanos, el que llegó para presenciar el desgaste total de una familia miserable, a él ya no le tocó nada de cariño porque desde que sus papás eran novios la infelicidad era caldo cotidiano. Rubén, su padre, se había criado con la ley del palo: madrazos para las mujeres que no podían entender de otra manera, así le dijo su bisabuelo a su abuelo y su abuelo a su papá, así golpeó a cuanta novia tuvo desde los doce años, sin diálogo alguno ni intención de ello, hasta que Mariana le dio el sí en un baile de la Banda Huaracha un dieciséis de septiembre; desde ese momento cada golpe, cada insulto y vejación sería exclusivamente para ella, así se lo había jurado a dios en el altar. Vivían en una casa de adobe con un pequeño local que fungía como carnicería, único sustento que de no ser porque Rubén malgastaba casi todas las ganancias en vino les habría alcanzado para tener un estilo de vida menos jodido. Pero no se podía esperar más, como una maldición, todos los habitantes de El Corralito estaban sujetos a un destino colectivo, una especie de efecto mariposa que los iba destruyendo poco a poco, generación a generación, lapidando cada milímetro de sus cuerpos y espíritus.

El hermano mayor de Enrique, Josué, se marchó sin mayores razones cuando cumplió diecisiete, nada se supo de él durante meses, hasta que el cadáver descompuesto de un joven apareció desenterrado en una de las parcelas de las casas más lejanas. Nadie hizo algo por tratar de descubrir la identidad del cuerpo. Se especularon muchas cosas, pero al final Mariana y Rubén optaron por seguir creyendo que su hijo se había lanzado por el sueño americano y que algún día regresaría, aunque reconocían la vestimenta roída del muerto que decidieron volver a cubrir en el mismo lugar para olvidar ese rostro amorfo lleno de tierra que inevitablemente les traía recuerdos. María —Mimi, como le decía su mamá de cariño— a los trece años anunció un embarazo del novio sin nombre del que jamás se supo nada, y su silencio conventual impidió que su padre le arrebatara la vida al que había osado engatusarla para satisfacer la carne. José e Iván eran gemelos, quienes desde su nacimiento fueron vistos como monstruos, fenómenos. En cualquier ciudad del mundo tener dos hijos al mismo tiempo se considera una bendición, el cliché de dos humanos iguales, dos voces iguales, dos corazones iguales, es para muchos algo místico, pero donde habita la pobreza, esa duplicidad es más un castigo de un dios que no teme odiar y manifestar su desprecio por los hombres. La aventura de Enrique se desató el día en que llegó Rubén tan embriagado como para no soportar la imagen de los dos pequeños jugando con su botella de tequila —detalle de su compadre en una noche de cartas—, vaciándola sobre el piso de tierra que, lodosa, servía como rampa para que sus carritos de juguete saltaran de un lado a otro entre ram-rams. El cerebro del inmisericorde padre se desconectó, y sacando de su cintura un afilado cuchillo, con certero movimiento cortó la mano de Iván. José, instintivo, tomó el brazo de su igual y se lo metió a la boca succionando la sangre sin parar, brotándole por la nariz hasta ahogarse. Enrique entró junto a su madre en el momento en que los dos hermanos tirados sobre la roja tierra se retorcían, uno por el dolor del miembro amputado y el otro atragantado. Un grito de horror sacó del trance al padre asesino, que ya consciente de su actuar empuñó el arma con ambas manos y pasó a aplicar una especie de harakiri que le abrió desde la grotesca y velluda panza hasta la entrepierna, cayendo boca arriba, a un costado de los inocentes cuerpos. La madre del Kiko se desmayó y él se mantuvo durante varios minutos observando la escena con parsimonia. ¿Cuántas veces la muerte se postraría frente a él, con el guiño coqueto del adiós?

Claudia, la hermana de Mariana, recogió al Kiko a las afueras de la extensión de la Policía Municipal en El Corralito, estaba sentado sobre la acera con las manos en la mandíbula, pateando el aire oscuro de la madrugada. Su tía, con un dejo de buena voluntad, le anunció una propuesta, la palabra esperanza era escuchada por primera vez.

Su madre no quiso despedirlo, Enrique desde la sala escuchó cuando le pidió a su hermana que simplemente se lo llevara. El corazón confundido del pequeño jamás entendió aquella decisión, pero no anidó rencor alguno y se aferró a la posibilidad de algún día volverla a tomar de la mano. Mujer y niño salieron temprano caminando por las calles sin mirar a los costados, donde los rostros curiosos de los vecinos se asomaban por las ventanas, elucubrando chismes sobre el destino del Kiko.

El trayecto fue de una hora, contando las paradas en los poblados de paso: San Simón, San Juan Palmira, San Agustín; donde subían más y más personas hasta llenar cada hueco del autobús; gente que iba a Jixtlán a surtir sus tiendas de abarrotes, a las dependencias de gobierno a realizar trámites burocráticos, a la clínica del imss a tratarse alguna enfermedad que los centros de salud de los pequeños pueblos son incapaces de tratar, de compras; entre tantas otras posibilidades que provee cualquier lugar que supera en infraestructura y modernidad a los nimios pueblecillos que, a diferencia del progreso de las ciudades, día a día parecen extinguirse.

Arribaron a la central vieja, la que se encontraba a un costado del mercado de abastos, lejos del centro y de la nueva terminal de autobuses que había sido inaugurada apenas un par de años atrás por el señor gobernador, cuyo discurso acentuó que ese nuevo espacio serviría para potenciar el turismo de la ciudad. Así, al llegar por la puerta de atrás a Jixtlán, se signaba en la frente de los viajeros el sello del desprecio. Sin taxis o alguna ruta de microbuses que los trasladara a su destino, Claudia y Enrique tuvieron que caminar veinte minutos hasta llegar a calles de concreto. La tía se había gastado la voz en pláticas burdas para detener las intenciones de su sobrino de saber su futuro inmediato, pero al caminar y abrirse paso entre las edificaciones tan distintas a El Corralito, la curiosidad del Kiko brotó y comenzó a lanzar preguntas sin cesar que superaron cualquier razón o buenas intenciones.

A quien sacan del infierno para llevarlo al paraíso no pueden quitarle así como así la nostalgia de la maldad a la que se acostumbró, la cotidianidad gris de los días y las noches tortuosas que se impregnan muy dentro de uno. Así, aquel cuerpo infantil sintió de pronto pánico, los recuerdos le salieron por la boca en soliloquios, comenzó a desear estar en la sala de su casa, ver el cadáver de sus hermanos y de su padre, quedarse allí para siempre y no mover sus piernas ni un instante, pasar la vida con la lanza atravesándole el pecho; prefería, mientras la gente de la ciudad pasaba a sus costados, regresar a la única vida que conocía.

Tras largo andar debajo de la canícula, llegaron a una calzada que parecía no tener fin y que albergaba grandes y frondosos árboles de jacaranda rojos y amarillos a intermitencias sobre cada costado. Las ramas hacían un arco entre ellos hasta tocarse, brindando una sombra que les obsequió brisa fresca. Si le hubiesen dicho al Kiko que la última vez que transitaría aquel camino sería huyendo a toda velocidad sin poder admirar la sensual naturaleza, no lo hubiera creído pues, niño, autoproclamaba el camino como lo más bello jamás visto. El paradisíaco lugar sirvió para calmar las preguntas incómodas, qué iba a saber su tía sobre lo que pasaría si lo que estaba haciendo era una salida de emergencia; por más tragedias que El Corralito albergó en su historia, la situación de la familia González Ramírez era un caso inaudito. Claudia no era nadie, y no sería nadie al dejar en la puerta de entrada de Nuevo Amanecer al Kiko, que con una sonrisa se despidió de la mujer que suponía que lo salvaba. Ojalá hubiera tenido el beneficio de descifrar que el rostro sereno de la hermana de su madre apelaba más a quitarse un peso de encima que a la tranquilidad que provee el saber que se ha hecho un bien.


*Fragmento de la novela ¿Qué tanto es morir?, recientemente publicado por Ediciones Arlequín. Agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.