Por Diana Moncada Vargas

 “La izquierda es la voz de los muertos”.

Tomás Segovia

Comenzaré mi texto con la siguiente afirmación: la contracultura y la izquierda comparten ideas fundamentales que en la práctica política pueden fungir como contrapeso frente a la hegemonía del poder constituido, es decir, a este continuo intento del Estado y sus instituciones por marcar una pauta sobre los modos de ser y hacer de los jóvenes. Pero hago una aclaración desde ahora, ser integrante de una expresión considerada contracultural no significa de antemano compartir las ideas de izquierda, como tampoco ser de izquierda implica participar en una expresión cultural alternativa o contracultural.

Pues bien, podemos decir a grandes rasgos que la contracultura engloba todos aquellos movimientos o expresiones juveniles que rechazan y confrontan  a la cultura dominante. Sin embargo, esta confrontación ha sido interpretada de distintas maneras. Veamos algunos autores:

Ken Goffman plantea que las prácticas o actitudes rebeldes podemos encontrarlas a lo largo de toda la historia: desde las acciones de oposición y lucha de poetas y filósofos contra las normas del Estado griego hace más de 2,300 años, hasta las vanguardias artísticas como el futurismo, Dadá, surrealismo y generación beat, por mencionar algunos. En su libro La contracultura a través de los tiempos (2004)[1], el autor señala que la contracultura puede encontrarse en alianzas con grupos radicales e incluso revolucionarios y con fuerzas insurreccionales, o también pueden encontrarse  contraculturas tan contemplativas y de renuncia como las taoístas, las budistas zen y las trascendentalistas, que producen héroes que algunas veces alcanzan hasta el nivel del mito. Sin embargo, rechaza la definición de contracultura como simplemente cualquier estilo de vida que difiera de la cultura dominante, ya que el objetivo de la contracultura “es el poder de las ideas, de las imágenes y de la creación artística, de la exploración y la innovación constante”[2].

Por su parte, José Agustín en su libro La contracultura en México (1996),  señala que la contracultura que más significado tuvo, fue la de los años sesenta, ya que fue el primer movimiento contracultural que llamó la atención en todo el mundo y abarcó a miles de personas. Esta surge cuando aumenta la rigidez de la sociedad, tiempo en que el país entra en un proceso de modernización e industrialización; la influencia de Estados Unidos creció aceleradamente, pero a la vez, cambió los modos de vida de los mexicanos, pues ante una desigual distribución de la riqueza, la clase media creció en las grandes ciudades, así también la intolerancia y represión a los inconformes.

Es en este contexto, que surgen “manifestaciones culturales que en su esencia rechazan, trascienden, se oponen o se marginan de la cultura dominante, del sistema”[3]. Según José Agustín, la contracultura abarca toda una serie de movimientos y expresiones culturales, usualmente juveniles, que se enfrentan a la cultura institucional, refiriéndose a esta última a la cultura dominante, heredada, muchas veces irracional y deshumanizante que impide las posibilidades de expresión de las y los jóvenes. Este rechazo, sin embargo, no se da a través de militancia política, ni de doctrinas ideológicas, sino que muchas veces de manera inconsciente se muestra una profunda insatisfacción. La contracultura genera así, “sus propios medios y señas de identidad que contiene actitudes, conductas, lenguajes propios, modos de ser y de vestir, y en general una mentalidad y una sensibilidad alternativas a las del sistema”[4].

Estos rasgos contraculturales han ido evolucionando y/o adaptándose en los diversos años. Algunos pensadores mexicanos contemporáneos como Alfredo Nateras y Roberto Brito, aseguran que la contracultura -como todo concepto- hay que analizarlo en el contexto que surge, por lo que ahora es limitado cuando se pretenden analizar las culturas juveniles. Para Alfredo Nateras, el concepto de contracultura ya no puede ser utilizado para caracterizar las culturas juveniles alternativas, puesto que éstas ya no tratan de ir en contra o de destruir la cultura hegemónica, sino de incluirse en esa cultura, pero desde la diferencia. En el caso de Roberto Brito, el elemento contracultural puede formar parte de la práctica divergente de los jóvenes, el cual hace referencia a la situación de los jóvenes de reclamar el derecho a su propia existencia. Por otra parte, existen radicales que dudan de la existencia de la contracultura, pues piensan que ésta ha sido absorbida por el consumo y la moda, como es el caso de Joseph Heath y Andrew Potter, quienes en su libro  Rebelarse vende, El negocio de la contracultura, defienden que las décadas de rebelión contracultural no sólo no han servido para nada, sino que han resultado contraproducentes para los fines que pretendían alcanzar. El sistema asimila la resistencia apropiándose de sus símbolos y eliminando su contenido revolucionario, mediante la comercialización del producto resultante.

Pues bien, desde mi postura, la contracultura representa una categoría de análisis más que un dato empírico que aún puede utilizarse para el estudio de las culturas juveniles, porque nos permite diferenciar en éstas, dos tendencias: 1) los jóvenes que desean incluirse en la cultura de tendencia hegemónica a través de su diferencia, y 2) los que quieren mantenerse al margen, rechazándola y confrontándola permanentemente. Considero muy limitada la postura de los que plantean la inexistencia de la contracultura, puesto que no podemos reducir las expresiones juveniles a sus consumos y a la industria cultural y, descalificar así, su carácter contracultural, ya que no sólo se trata de lo que consumen los jóvenes, sino el comprender cómo re-significan y reapropian esos objetos de consumo. “El consumo genera identidades, intercambiamos productos para satisfacer necesidades que nos hemos fijado culturalmente, para integrarnos con otros y para distinguirnos de ellos”[5].  Además, como ya mencionamos, las prácticas de los jóvenes involucran otros aspectos como el lenguaje, la música, el cuerpo, la vestimenta, sus producciones artísticas, sus experiencias cotidianas y colectivas, que sirven como medio de expresión, de protesta, de comunicación y de propuesta, de transformación cultural de la sociedad.

La contracultura, es verdad, no les significa mucho para los jóvenes de este tiempo, pero muchos de ellos la practican, le otorgan un sentido y una realidad; la contracultura no se congeló en un momento histórico, porque puede ser una experiencia cotidiana; a través de sus prácticas los jóvenes demandan una sociedad más tolerante, equitativa, incluyente, justa y democrática, a la vez que rompen y transgreden los valores culturales impuestos por la sociedad. “La contracultura no está contra la cultura, sino contra lo que se nos impone”.

Ahora pasemos al pensamiento de izquierda. La izquierda como posición política y fenómeno ideológico y social posee ciertas características. Para el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, no se es de izquierda sólo por pertenecer a un partido político o grupo específico, pues se trata de una práctica diaria y cotidiana, y un hacer constante que busca la transformación de la realidad en la que vivimos. Ser de izquierda es estar a favor de un modelo de desarrollo que responda a los intereses y necesidades de las mayorías, lo que implica ir en contra de un sistema que favorezca el egoísmo de una minoría y a los intereses ajenos (ya sea de extranjeros o empresas trasnacionales). Ser de izquierda es combatir toda forma de discriminación, asumir y luchar por los derechos de todas las personas sin importar su género, creencias, orientación sexual, etc. Requiere la búsqueda por construir una sociedad basada en la justicia social, incorporando los grupos sociales históricamente excluidos y marginados. Ser de izquierda es ser críticos y autocríticos, conocer la realidad social y tener claras las posibilidades, las condiciones necesarias y los medios adecuados para transformarla. Y finalmente, tener voluntad para realizar el proyecto de una sociedad más justa, solidaria, equitativa y libre.

Por su parte, Gilberto López menciona que en México es más preciso hablar de izquierdas y no de una sola izquierda, toda vez que refiere a una heterogeneidad de posiciones, adhesiones, momentos, formaciones y contingencias irreductibles dentro de una proposición singular. Distingue por lo menos, cuatro tipos de izquierda:

  1. La que se organiza a través de partidos y forma parte del sistema político institucional. (PRD, PT, Movimiento ciudadano).
  2. La izquierda organizada a partir del surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994, centrado en la reivindicación de los pueblos indígenas y que a la fecha ha logrado reunir y articular un movimiento social que se expresa en la llamada otra campaña, en el que diversas voces y luchas han encontrado un espacio.
  3. Una izquierda marxista que propugna la lucha armada como vía para conquistar el poder político. Aunque se mencionan más de una docena de grupos armados, destacan entre ellos el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y un desprendimiento del mismo, el Partido Democrático Popular Revolucionario. Su programa político insiste en la soberanía nacional frente al imperialismo estadounidense[], así como el desconocimiento de la deuda externa. En el programa social se destaca la especial atención a las comunidades campesinas y los pueblos indígenas de México. Para lograr estos objetivos, el PDPR se declara explícitamente por la “autodefensa armada” en respuesta a la “guerra de baja intensidad” de las autoridades corruptas.
  4. Una izquierda con mucha presencia en la sociedad civil y en el gremio de intelectuales. Algunos forman parte de organismos no gubernamentales vinculados a la promoción y defensa de los derechos humanos, los temas ecológicos, de género, entre otros.

Digamos que en estas distintas izquierdas, la participación de jóvenes identificados con movimientos alternativos o contraculturales ha sido significativa, en ellas podemos encontrar punks, hiphoperos, darks, rastas, graffiteros, góticos, metaleros, etc. Hay jóvenes que comparten la ideología de izquierda a partir de su militancia o simpatía por cierto partido político, pero también hay quienes lo hacen desde otras trincheras, desde la movilización o desde su misma presencia: a través de su vestimenta o performatividad (apariencia o estilo), tatuajes, perforaciones, connotan una multiplicidad de sentido y significación, sus creaciones o expresiones artísticas (letras, la música, la pintura, sus bailes) conforman una lucha o protesta constante. Claro, hay quienes lo hacen conscientemente y hay quienes sólo lo hacen por moda, a quienes se les denomina pousers. Finalmente, como bien señala Rossana Reguillo, las prácticas de los jóvenes también pueden reflejar nuevos sentidos de lo político, nuevos modelos organizativos, más allá de un simple carácter lúdico, funcional o marginal.

“La performatividad de las culturas juveniles no puede ser contenida en la univocidad de una interpretación, sus múltiples repercusiones se despliegan y se expanden en un mundo cada vez más agotado y más perplejo. Instalarse ahí, en el territorio de sus prácticas, afinar la escucha y doblegar el impulso a la respuesta y explicación anticipada, puede ayudar, tal vez, a ubicar por qué, pese a sí mismos, los jóvenes operan como signos de lo político y, a veces, de la política”[6].

Referencias bibliográficas

Goffman, Ken, (2004), La contracultura a través de los tiempos. España: Anagrama.

José Agustín, (1996), La contracultura en México, México: Grijalbo.

López y Rivas, G. La izquierda en México: problemas y perspectivas. Consultado en http://www.nodo50.org/americalibre/eventos/rivas0903.htm

Sánchez Vázquez, Después del derrumbe, estar o no a la izquierda. http://148.206.53.230/revistasuam/dialectica/include/getdoc.php?id=410&article=432&mode

http://pdpr-epr.blogspot.mx/

[1]Goffman, Ken (2004), La contracultura a través de los tiempos, Anagrama, España.

[2] Ibid., p. 10

[3] José Agustín (1996), La contracultura en México, Grijalbo, México, p.16.

[4] Ibid., p.130.

[5] García Canclini, N. en Consumidores y Ciudadanos, conflictos multiculturales de la globalización, Ed. Grijalbo, México, 1995, p. 43

[6] “La performatividad de las culturas juveniles” en  De las tribus urbanas a las culturas juveniles. Revista de Estudios de Juventud, No. 64, Madrid, Marzo de 2004, p. 56. El coordinador de este número, Carles Feixa, incluso resalta en la Introducción que el cambio terminológico de Tribus Urbanas a Culturas Juveniles, implica también un cambio en la “manera de mirar” el problema, que transfiere el énfasis de la marginación a la identidad, de las apariencias a las estrategias, de lo espectacular a la vida cotidiana, de la delincuencia al ocio, de las imágenes a los actores.