Por David Álvarez

En el año 2003, contaba con 13 años de edad. Segundo año de secundaria. En el noroeste de la ciudad, desde Carrillo Puerto hasta Cerrito Colorado, las filas de obreros se acumulaban en la espera por tomar el micro y salir a calmar el hambre que, de forma gratuita, nos lega la vida. Sobrevivir es el sino si se nace entre banquetas.

Por aquellos años, recién ingresados al nuevo milenio que prometía el empoderamiento de máquinas y la –no pornográfica- venida de Cristo, todo marchaba casi igual. Ningún coro en el cielo fue recitado pero los claxon en el mundo terrenal aumentaron con el crecimiento insospechado de la urbe. Una promesa bíblica a medio cumplir fue el resultado.

Eran los años del pantalón deslavado, el estoperol en cinturones y pulseras, los pines y mochilas de las Chicas Superpoderosas y del primer año de gobierno del primer presidente no priísta Vicente Fox Quesada (¡Viva la democracia!), además de las diversas manifestaciones aún en boga del EZLN por todo México (¡Pinche democracia!), movimiento que impregnó de cierta conciencia política en una llamada nostalgia de fin de siglo, iniciada por el atentado a las torres gemelas (2001) y una declaratoria guerra contra Oriente.

Distintas manifestaciones culturales se introducían en los resquicios del gusto popular a través de MTV o Telehit, asideros musicales, casi todos bajo el uniforme oficial de un pantalón baggy a media nalga y tennis skate para acompañar. La batalla casi mortal entre cholos y skatos se hizo presente en calles y aulas, vertidos sobre insultos por vestir distinto al otro, conflictos sin motivo aparente o al menos no alguno que yo recuerde. La defensa de la identidad, eran los tiempos, de ser catalogados por “expertos” como tribus o grupos contraculturales, estudiados en libros y revistas como entes vagando por la ciudad.

Los barrios fueron pequeños territorios, límites fronterizos por tal o cual calle, distancias imaginarias que separaban los unos de los otros sólo por nacer/crecer en una casa cualquiera de una colonia cualquiera. Mi padre repetía con insistencia, ante una rebeldía precoz, que si no quería recibir órdenes en casa, afuera tendría que acatarlas sí o sí; algo cierto que aprendí en mi primer golpiza un sábado en la noche. Y así la ventura. Sonaba en la radio Panteón Rococó y Salón Victoria; Ska-P llegó a Querétaro en octubre del mismo año (2003), en un evento del que muchos dijeron asistir ante la credulidad de los que no fuimos, mentiras como cuando en la niñez decían que vieron a los Reyes Magos en la madrugada y Melchor los durmió con “polvitos mágicos” (saludos, Rafa).

Llegó a nosotros un Elmo postrado en mochilas, un peluche que apareció repentinamente sin que nadie supiera su origen; el elenco de Plaza Sésamo, Félix el gato o los Muppets en estampas y parches con el fondo de cuadros negros y blancos en los conciertos, haciendo acto de presencia en ritmos gozosos de los que pendía el cuerpo. En un documental titulado “Otros Nosotros”, transmitido por el Canal 22, donde se habla del panorama del ska en México, es un tema que sale a colación sin respuesta alguna; Luis Román Ibarra, o el Dr. Shenka para los compas, destaca la anécdota en la que un joven, ante las dudas del vocalista, argumentaba que era el símbolo de una infancia perdida, nunca obtenida por problemas de la vida familiar.

Veíamos por las calles carteles de los próximos eventos pegados por la ciudad. Sin Facebook aún, la oralidad hacía presencia en los actos de información y un teléfono o la reunión en calles o escuelas era el punto exacto de propagación que hacía labor diplomática en el horario para salir en busca de diversión. Sekta Core, Nana Pancha, entremezclado con reggae proveniente de Los Rastrillos o la Yaga, deleitaban los oídos escuchas de pequeños fans sintiéndose adultos, del cigarro tomado con maestría y el alcohol bebido en tragos largos y certeros, ante el espanto de treintañeros que miraban el mundo arder.

En la ex prepa Centro, el salón de trabajadores, el club rotario o en el Club de Leones, el slam era caos ordenado, movimiento transitorio y circular de pies y manos andando de frente, cabezas sobresaliendo entre la multitud girando, cual metáfora de los días y las noches. El espíritu inquebrantable arropado por la música, quebrado irónicamente en las complejidades del barrio, problemas de la vida urbana en casas de Infonavit. Nos preocupaba ser diferentes al resto, al grado de que, olvidados en banquetas, perdimos la infancia en malas decisiones. Una generación depositaria de esperanzas, quebradas con el tiempo, el mismo constante fracaso de quienes tienen fe en su propia creación sin saber que de mierda venimos, aunque de esta salgan ocasionalmente destellos de grandeza.

Y esta sarta de imágenes, ¿tienen conclusión? En definitiva no, claro está, sino el esbozo de lo que fue y se incrusta en la memoria, esa que persiste en idearios mentales quizás sesgados por el anhelo de que en una época se estuvo mejor. Vaya suplicio de viejos, recordar los tiempos buenos en la miseria rutinaria, tiempos dantescos. Pero, de ser necesaria la revelación final, concluyo:

La vida es movimiento. No cabe duda. Los átomos son los imperceptibles compuestos de la materia: el núcleo constituido por neutrones y protones son equivalentes al tamaño de una pelota de béisbol, mientras los electrones, que danzan en movimiento alrededor, son, a su vez, del tamaño de un estadio de fútbol. Todo lo que no es, está hueco, la materia sólida que nos compone es de porcentaje tan mínimo que toda la humanidad puede reunirse en un terrón de azúcar. Entonces somos movimiento perpetuo, particularidades danzando del más pequeño elemento al inmenso y, yo me pregunto, ¿por qué no ponerle ritmo?