Por Gerson Gómez

Era maravillosa

El territorio ideológico es la muralla incandescente con el que los neopunks regiomontanos se protegen. Para ello se ocultan en los kilométricos usos de la ingesta descontrolada de alcohol. El tabaco es consejero itinerante. Viene y va entre las manos labradoras: dése un jalón y páselo. La mariguana risueña: el empujón necesario para alcanzar la vorágine: el gaje del oficio con derecho de picaporte en los backpacks.

En la vestimenta trabajadora existe lógica para la supervivencia. Las camisetas negras con las impresiones de los grupos o discos de culto; los pantalones de mezclilla agujereados y las botas de trabajo, con o sin casquillo, develan los secretos de la demasía cotidiana.

Puerta al Edén subvertido: las cantinas posmodernas en el primer cuadro de la ciudad. En el centro, los sitios de reunión sobrevivientes a las incontables masacres: El Beto’s, El Rockono, El Campanario, La Palapa del Rock, El Chac Mol, El Moctezuma, y el Mariscos Monterrey.

La nación neopunk resistente a las premuras del vómito, los metaleros proclives al remolino de la fuerza, los altermundistas de la desigualdad comunal y los anarquistas resignados al relajo, se alinean y se justifican en la misma barra al momento de solicitar las caguamas.

Con sus bebidas en mano, pasan a la vitrina inmutable de la rockola. En ella seleccionan la melodía justa, como prebenda necesaria para convocar al canto, tarareo o al movimiento de cabeza acompasado llamado headbanger.

Alguien siempre está al pendiente de la conservación del establishment, la buena vibrada, acceso a la realidad etílica.

El paradigma de la complejidad de Heidegger se presenta: King Diamond, Mercyful Fate, Megadeth, Los Diablitos de Colombia, Soda Stereo, Ricardo Arjona y Celso Piña, desfilan como padres putativos de la velada.

Los neopunks favorecen al culto desmedido, a los héroes esenciales de las melodías: bailan, cantan, gritan y se desgañitan, luego, como si nada hubiera pasado, van por más bebida. Ése es el círculo vital del desenfreno emotivo.

El sentido del tiempo reclama, por inspiración propia, la lírica de las canciones, aderezado por las charlas periféricas: lo frustrante en el jale (el culero de recursos humanos me tiene sentenciado), o en la búsqueda infinita del mismo (con tantos tatuajes no quieren darme chamba), las crisis generales en las situaciones de la edad (se me hace mi morra esta panzona y ni manera de pagarle el aborto), los últimos cursos y créditos académicos (ya no quiero queso sino salir de la ratonera en la prepa o en la universidad) y en la situación de riesgo fortuita (a varios compas de la colonia les dieron piso, a otros los levantaron y nada se sabe de ellos).

La lectura social en el apocalipsis cutre facilita los métodos aleatorios de selección natural del neopunk regiomontano.

Autogestores de cada una de sus tocadas, se apropian de los espacios y organizan sus propias toquines under, porque con ello, más que fama o buen nombre, alcanzan redención.

Del respetable personal

Todos los días, a la salida del jale, me dejo caer al manicomio. Así le decimos al bar. Sí, tengo casa, pero no me gusta ir, ¿para qué? Sólo a dormir. A veces me ducho, otras sólo baño vaquero y desodorante. Pero siempre traigo ropa limpia. De cajón.

Ya ves, un compa, camarada-monero, que siempre me está dibujando, jálate para acá, para que lo veas: ¿verdad que no me parezco tanto como lo pública en el periódico? Mira, ven. Ahí en el muro está mi dibujo. Wacha. El cabello largo, los ojos. Esa boca nomás no hace juego. Me veo bien trompudo. Parezco marrano. Soy el personaje central de todas sus historietas.Se le olvida cómo comenzamos en la talacha hace muchos años, picando piedra. Ilustradores de la versión mexicana de la revista Mad.

Ése ha sido el mejor tiempo en la vida, cómome divertí. Me sabía útil y bien productivo. No sólo estar entintando o coloreando. El jale era manual, nada por computadora, nada de photoshop y esas mamadas. Soy de vieja escuela; llevé dibujo artístico y en figura humana vi morras en pelotas en clase para plasmar correctamente todas las proporciones. Ahora cualquiera, con un poco de ingenio y el software correcto, saca adelante el jale.

Las morras que se rolan en este sitio se la curan de mis dibujos: ser una caricatura es chido cuando apareces como superhéroe, no como payaso de curso. Eso me friquea y me caga las pelotas.

Por eso ni mi exesposa me aguantó y me mandó a la verga. Ahora que estamos divorciados jamás me habla aunque siga viniendo al bar a empedarse. Para ella estoy muerto y enterrado tres metros bajo tierra. Ya colgué los tenis en su corazón.

Por suerte no tuvimos morros, si no la chinga: demandado en el juzgado por un putazo de lana, sangrándome con la pensión alimenticia.

Siempre he vivido en el centro, como las ratas y los tlacuaches que salen en la noche. De aquí no me largo hasta que me lleven a enterrar, la carroza pasará frente al bar. Y de ahí directo al Panteón de Dolores.

Tengo dos jales: uno de impresor, pero ya está joteando porque se ha puesto bastante floja la clientela. Mucha competencia en todos lados. Cualquier cabrón te hace las playeras, volantes o tarjetas de presentación. Prefieren regalar el trabajo a estar parados mosqueándose. Yo digo: es arte, debe pagarse, bien cobrado, no andar dando las nalgas como cualquier mariquita.

Otra de las buenas épocas con madre: el apogeo de los teibols. Un camarada del barrio, el Quiquillo, trabajaba con la compañía. Se cotorreaba bien machín: los afters de las morras en mi cantón.

El bato me hablaba: voy con unas amigas. Llegaba con una, dos o tres hieleras con cheve y un putazo de vino. También con soda para alivianarnos en la loquera. Teníamos una clave secreta, al tocar decía: desde el cielo una hermosa caguama.

Entonces ya les abría la puerta y que role la diversión. No dormíamos con tal de seguir pisteando. Hasta echaba un palito cariñoso con las morras, porque me lo daban de cortesía. Retesolidarias y querendonas de a madres. Comenzaron a agarrarme cariño del bueno. Y yo a ellas. Por eso pude olvidarme pronto de la cabrona de mi ex.

Luego el compa se perdió un buen rato, sin noticia en ninguna parte ni en el reporte nocturno donde dan las noticias de los difuntos. Como dos años en fuga, dice que se largó al gabacho. Bien arriba, hasta North Dakota. Llegó la contra con la barredora: si no me voy, me dan piso.

Ya me había quedado enganchado con ese ritmo de vida. Sólo se conseguía puro veneno: cigarros adobados con raticida. Bien clavado con la merca de la compañía, ni modo de hacer fila con los de la contra.

En la escasez, a buscar nuevas oportunidades de ocupación mental. Solo me curé de la soda. No necesité de ninguna clínica de desintoxicación. Para que me estuvieran dando de chingazos y baños con agua fría. Ni madres.

Aproveche como terapia ocupacional un jale de velador nocturno. Voy a cuidar una casa deshabitada de un camarada del barrio. Evito que se metan los chavos mariguanos del rumbo. Ya ves mi percha de malandro que asusta a cualquiera que me tope de frente.

Como quiera me doy mis habilidades y me escapo para venirme al manicomio. Cuando cierra don Chac me voy a curar al jale. Apenas sale el sol, a jalar a la imprenta. Camellar todo el santo día. ¿Quién es el cabrón que se atreve a decirnos que en Monterrey hay puros huevones?

Solidarios primitivos

La tocada es a beneficio del hijo de un compa que tiene cáncer. La cooperación es voluntaria. En el destartalado gimnasio de la experiencia comunal: el Factores mutuos. Aparecen en el cartel Madriza salvaje, Cabezas podridas y Disolución social.

La reunión vislumbra expresiones nómadas en los rostros. La felicidad al salir de la fila de la venta de cerveza con el vaso en mano; el sentido de la aglomeración desencadenado. La conciencia es emoción desde la manera del saludo: chingos de tiempo de no verte, se dicen. Inspirados, en medio de la selva de asfalto, los grupos participantes y los devotos asistentes, se colocan a la par.

La embriaguez también congela los músculos y las neuronas. Las reglas de juego en las canciones son reformadas. Evocan las clases bajas, la marginación, la permanente desigualdad, la corrupción política y los convencionalismos medievales. “Hey nena por qué tenemos ante el padre que jurar. Hey nena por qué tenemos frente al juez que firmar”. Cabezas podridas, anárquicos y comprometidos.

La siguiente etapa fantasmagórica de la tocada. Las experiencias de los músicos transitadas en los camiones ruteros. Reconocerse en la mentalidad de las ordenanzas: las letras de las canciones. Van de lo irracional a lo sistemático. Madriza salvaje despacha “La furia de un ranchero”.

Con extravagancia y exotismo, el slam es la ola rebotante; el convencimiento del discurso en ciernes va en ascenso como la espuma. La turbulencia circunda cada uno de los empellones. Si caes te reincorporas al instante. El codazo, empujón, caballazo y manotazo son muestras de compañerismo.

El rumor es la sombra borrosa, ahí viene la Disolución social. Habitantes del toquín se acercan al escenario. Nadie se queda en sus lugares.

Los pasados días de colectividad en el ETEC forman parte del denso pasado. Todos ellos supervivientes de tragedia del Monterrey de la violencia.

Los integrantes sincronizando melódicos los pies con los furibundos acordes. Power beat a minuto y medio con precisión de alquimista, rapidez en el riff de la guitarra. Ironía incorruptible en la voz y el bajo. La nostalgia precipita el grito y la victoria: “el policía es buen amigo, el policía es muy amable, la juventud es represora, el policía te asesora”.

Al llevar a cabo el inventario cinegético del entusiasmo a la salida del evento, la distancia abrumadora de las aficiones punketas y hardcoreras con claros tintes metaleros, toman el transporte público o regresan como transeúntes inermes a pesar de lo estrafalario del peinado y la vestimenta.

Divertidos en la llamarada de desesperación beatífica de alcohol y música. Los integrantes de las agrupaciones y los asistentes están mimetizados.

El principal tesoro incógnito en la metrópoli es el interés social de las letras inconformes y su amplia resistencia artística al underground.


*Esta crónica forma parte del libro Montehell, editado por la Universidad Autónoma de Coahuila (2016). Agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.