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Por Carlos Dzul

Estaba en el departamento cenando con mi novia, Clodomira Chiquirriqui, y sus padres, que son unos tetos, cuando llamaron a la puerta bam bam bam. Molesto porque no esperaba ninguna visita, y menos en momento tan solemne, fui a ver quién era; se trataba nada menos que de un completo desconocido, un señor flaco y tembloroso que sin más preámbulo me enseñó unos billetes, dos de veinte, y tartajeó con voz ronca estas bellas palabras: quiero culo. Como yo permaneciera impertérrito, me golpeó con los billetes en el pecho, exhalando escandalosamente un tufo a trago.

¡Culo c*lo c****!

Tuve que aclararle, procurando que mi novia y sus padres que ya miraban hacia la puerta con aire de sospecha no nos oyeran, que mi hermana Enriqueta era la que había… pues…ujum… rentado aquello, por una breve temporada, hacía tiempo.

¡Ahora es decente, señor, se acaba de casar y es muy feliz!

El tipo no se resignaba y no guardaba el dinero; por su cara comenzó a escurrir el llanto. Con su permiso, le dije. Cerré la puerta y regresé a cenar sin darle a los tres mentecatos que me acompañaban ninguna explicación.

Enriqueta ahorita está de luna de miel, en Hawai, pero hace un año fue puta.

La describiré: cintura delineada, nalgas de significación, gusto enloquecido por el pop y los ritmos norteños… Ha de seguir siendo la misma. Carecía de postura política, posturas amatorias le sobraban, eructaba en público y…, poco más hay que decir de ella.

Encontró, con la suerte distintiva de las de su clase, un noviecillo de buena familia (su papá es el dueño de La Perengana, la famosa cadena de heladerías), bienbañado, culto; en realidad, un marica de esos a los que obligan a casarse por guardar las apariencias. Una joya. Lalo, de nombre.

¡Creyó que mi hermana era virgen!

Tan le creyó que le propuso matrimonio.

El estúpido se le arodilló a mitad de un restorán y le aventó una sarta de cursilerías, de esas que ya nadie dice. Al final del discurso le entregó el anillo.

¡Me vooooy a caaaasaarrr!, llegó después Enriqueta pegando de gritos (yo estaba masturbándome frente a la tele).

Ahora bien, el salto que dio mi hermana de la mediocridad a la opulencia pudo ser más amable y menos accidentado, de no ser porque la familia de Lalín, entre muchas otras tradiciones, conserva esá de la virginidad. O sea, mi hermana tenía que ser pura o no podía casarse. Así estaba la cosa. La noche de bodas, desde el balcón nupcial, era de rigor que el marica del novio exhibiera una sábana con sangre y todo eso.

Los ricos.

Mi hermana, ni qué decir, tenía de pura lo que yo de mago financiero (me arruiné vendiendo comics pornográficos, pero esa es otra historia). El día que le dieron el anillo me pidió prestados no sé cuántos miles de dólares (cargaba yo tres pesos en la bolsa), para comprarse nada menos que una virginidad nuevecita.

Tras los diez minutos que pasé en silencio, digiriendo el asunto, le dije:

-¿En serio piensas que tengo dinero?, ¿no ves cómo vivo? Por lo demás, la virginidad no es un zapato, hermana, que se quita y se pone. Si ya la perdiste…

-Fíjate que estás imbécil (brincó, y con ella sus nalgotas carnudas, y me empezó a palmear la cara con varios folletos de clínicas gringas dedicadas justamente a restaurar virginidades: virginity to go, 100% guarantee).

-Caramba- dije y no dije más.

Enriqueta, como no le presté ni un clavo, se fastidió conmigo y desde allí fue cuando empezó a rentar aquello, de puro coraje. Ahora bien, como de todas maneras vivíamos juntos y no pensaba ella andar por las esquinas publicitándose, de favor me pidió que al menos le echara la mano siendo su padrote, consiguiéndole clientes y llevándole las cuentas porque eso de los números no se le daba. Algunos van a decir que como hermano soy un fraude, pero si Enriqueta ya lo había decidido… Bajo protesta, me di a regentearla.

En su cuarto recibía de quince a veinte tipos, por día.

Al principio yo le buscaba sólo clientes distinguidos: doctores, ingenieros, abogados, directores de esto y de aquello… los agarraba cuando iban saliendo de los bares. Nada más les mostraba una foto de ‘ella’ y con eso bastaba. Se vendía sola.

A cada uno le dedicaba Enriqueta hasta treinta minutos y siempre había tres o cuatro esperando en la sala. Yo les prendía la tele y les hacía conversación, para que no se me aburrieran. Así fue al principio. Después, con la urgencia de juntar sus chorro mil billetes, acabó por decirme: no le hace, tráete lo que sea. Y le empecé a llevar burócratas, taqueros, albañiles y poetas, una sarta de tipejos impresentables que apenas le alcanzaban a pagar cuarenta pesos por “tropiezo” y a los cuales Enriqueta si les dedicaba tres minutos era mucho.

¡Next, next!, gritoneaba desde el cuarto.

Clientes nunca le hicieron falta y todos, al marcharse, relumbraban de placer. Cuando se iban lo hacían suspirando, tarareando una canción, chiflándola.

Lalín, por su parte, peinado de raya en medio, llegaba los domingos al depa, trepado en su carro del año y la llevaba de paseo, no sin antes dirigirse a mí, muy diplomático él, pidiéndome permiso de sacarla: caballero, le suplico, yo… es decir, su hermana…

-Sí, te la puedes coger, no hay pedo.

Mi tosquedad (no acabé la preparatoria) debió de tomarla Lalín como “sinceridad fraterna”. En vez de sentirse agraviado, reía (jo jo jo) y elogiaba mi sentido del humor. Y cuando cinco horas más tarde, jamás después de las once de la noche, regresaban, le ordenaba a mi bendita (en el sentido de tremenda y sorprendente) hermana que nos preparara un té de manzanilla, tras lo cual, con su voz monótona y soberbia, le indicaba: ya vete a dormir. Palabras que Enriqueta (quién la hubiera visto) obedecía en silencio y rápido.

En lo que sorbíamos nuestro té, Lalín hablaba de la boda, ya cercana, y también, y sobre todo, de sí mismo.

“Creo en Dios, querido. En su nombre deberíamos fusilar a los indígenas, ¿no te parece?, a los homosexuales y a los perros vagabundos, ¡a los huérfanos! No, gracias, no bebo cerveza, ni ningún tipo de licor, ni escucho música, excepto la clásica. Chopin, Haydn. ¿Tú?”.

“Pinches putos”, era mi respuesta para todo.

Con el tiempo nos fuimos haciendo amigos; mis palabras, todas ellas, le causaban gracia. Yo, por mi parte, lo trataba bien porque, aunque fuera como fuera… tenía billete.  Y punto.

Un domingo, en lo que mi hermana se arreglaba y Lalín y yo la esperábamos viendo en la tele un programa cultural (Grandes Escritores Neozelandeses), tocaron la puerta de manera intempestiva. Pum pum pum. Fui a ver. Se trataba de uno de los clientes más extravagantes de Enriqueta, un tal Casimiro Churrasco, autor de sonetos de medio pelo. ¡Quiero ver a la zorrilla!, gritó, enseñándome con gran petulancia un billete de cincuenta, manchoteado y pegado con cinta. Era un tipo grande y fornido. Por suerte, como venía borracho, sin grandes trabajos lo mandé a tomar por culo, escupiéndolo y pateándolo allí mismo, en la entrada del departamento. Mi futuro cuñado, al ver el numerito, lo aplaudió con entusiasmo.

El tonto de la cuadra, dije.

La Noche Del Triunfo estuvo así.

Eran la una pasadas. Ella estaba en el cuarto, dando cuenta de un pelapollos mientras en la sala esperaban su turno dos tipos, un matacochinos y un vendechicles. Por pasar el tiempo yo me puse a contar las ganancias del día.

Pa-tín pa-tán pa-tín pu-tún…

Carajo, lo había conseguido.

Allí estaba la chingada cantidad, ni un dólar más ni un dólar menos.

El pelapollos emergió de la recámara, cantando un son jarocho y si yo hubiera querido ser mala onda en ese momento les hubiera dicho a los otros dos que ya no había servicio y que se fueran, que chingaran a su puta madre. Por caridad, porque cargaban cara de hambrientos, no lo hice, sino que dejé que pasaran al cuarto, eso sí, les pedí de favor que de una vez lo hicieran juntos, para más rápido, porque ya íbamos a cerrar. A los cuatro minutos, tal cual, salieron ambos, tarareando una balada al alimón.

Dejé pasar un rato, antes de entrar.

Allí estaba Enriqueta, tendida en la cama, desnuda y roncando, iluminada por la luna, tal un diabólico botín dejado a la intemperie.

No pensé que me escuchara, de todas maneras le dije: -Ya juntaste para tu virginidad, hermana. Yo… Te felicito.

Poing, pegó el brinco, me besó la frente y fum salió corriendo al aeropuerto, no sin antes, claro, ponerse algo de ropa.

Dos días más tarde regresó de Houston, “pura”.

En la fiesta de la boda sólo había gente bien, de esa encopetada y perfumada, lo que me sumió en ensoñaciones melancólicas. Pensé con dolor en nuestra madre, en que ella hubiera llorado de felicidad si nos hubiera visto allí, entre tanta dignidad, pero la habíamos matado, Enriqueta y yo, hacía tanto tiempo a punta de desilusiones.

Me emborraché con vino francés.

Casi vomito, o vomité un poco, sobre una señora (que por cierto iba recubierta de peluches), lo que me granjeó la simpatía de varios.

Yo pensaba que encajar entre los ricos era más difícil.

Recuerdo la toalla sangrienta, en el balcón; los aplausos de la concurrencia.

Recuerdo los “qué bonita pareja”, los “qué romántico”.

Mi hermana y Lalín, ya lo dije, están ahorita en Europa, de luna de miel y no sé cuándo regresen, ojalá que nunca.

He llegado a ser, a fuerza de repetir “pinches putos” (ha causado sensación mi frase) una figura prominente dentro del mundillo de las paletas congeladas y las aguas de sabor; dirijo cuatro sucursales y me voy a casar con Chabelita Chiquirriqui.

El único escollo en medio del mar de plenitud que me rodea, es que, si bien de forma esporádica, no deja de repetirse la escena que describí al mero principio de mi relato: los antiguos clientes de mi hermana, esos putófilos desesperados, vienen a tocar la puerta del departamento suplicando por un cacho de c*l*, de ese **** al que se hicieron tan adictos… ¡Qué me resta sino conservar la calma (dentro de poco habré de mudarme) y tratar de hacerlos entrar en razón, a punta de patadas de ser necesario, mientras gritan sus majaderías!